El tema gay con 65 años de diferencia


Un adolescente y un hombre mayor, con 65 años de diferencia, mantienen una emotiva conversación sobre lo que significa ser homosexual.


Mensaje navideño IKEA 2018

¿Y si apagaras el móvil? ¿Y si desconectaras la tablet? ¿Y si escucharas más los gritos silenciosos de los solitarios? ¿Y si te interesaras por las historias de tu padre o de tu abuelo, aunque te las haya contado mil veces? ¿Y si contaras tus cosas a los de casa? ¿Y si recordaras que tienes dos oídos y solo una boca? ¿Y si miraras al frente, a las personas, y no a las pantallas? ¿Y si...?

Tenemos que vernos más





Piensa una cosa. Si hoy te dijeran que, en lo que te queda de vida, tan solo pasarás 55 días con tu mejor amigo, ¿qué harías? Probablemente no te lo creyeras y te resultara un cálculo de lo más impreciso. Sin embargo, párate a pensar en las veces que has visto a tus seres queridos en los últimos meses.

El estrés diario, las redes sociales y un ritmo de vida del todo acelerado han ido apoderándose, silenciosamente, con el tiempo que antes dedicábamos a nuestras relaciones personales. El «ya te llamaré» es hoy de lo más real y se acentúa a medida que nos hacemos mayores. ¿Con qué frecuencia ves hoy a ese colega con el que antes salías todos los viernes? ¿Y a aquel primo que siempre fue tu confidente?

La marca de licores Ruavieja ha elaborado una impactante campaña publicitaria  que trata de averiguar cuánto tiempo pasarás con tus seres queridos desde hoy hasta el día de tu muerte. El test, que puedes probar en la página web de la marca, pretende concienciarnos de la necesidad de dedicar más minutos a aquellos que de verdad importan, recordándonos para ello que un día no estarán.

Fuente: ABC

El regreso de la historia


Opina William Ospina en el diario El Espectador, 
el pasado 3 de noviembre:


¿Qué creyeron? ¿Que íbamos a intercomunicar el planeta entero, que íbamos a obrar la revolución de las comunicaciones, la revolución del transporte, la uniformización de las costumbres, sólo para que los grandes capitales se apoderaran de todo y las fronteras estuvieran abiertas para todas las marcas y los ricos del mundo se desplazaran por los reinos bebiendo champaña y tomando fotografías?

He aquí que se ha cumplido plenamente el proceso de globalización que todos alaban, el aprovechamiento de la naturaleza, la generalización del consumo. Ahora pasamos a las consecuencias.

Se dice que ya no hay naciones, ni fronteras, ni patrias. ¿Por qué de repente hay que movilizar los ejércitos, por qué hay que alzar muros en las fronteras, por qué hay que detener esos barcos cargados de gente?

Creyeron que la gente se iba a quedar quieta, confinada, ya sin tierra, sin trabajo, sin hogar, sin futuro, viendo cómo las grandes corporaciones se apoderan del mundo, viendo cómo el uno por ciento de la humanidad se hace dueño de la mitad de la riqueza planetaria. ¿Y qué hacen las corporaciones? Arrasar las selvas para devorar sus maderas, sembrar para hoy cultivos artificiales y para mañana irrescatables desiertos, arrebatar el carbono a las entrañas de la tierra y devolvérselo a la atmósfera, recalentar el planeta, cambiar el petróleo en plástico, el plástico en basura, llenar de partículas microscópicas de plástico los ríos, los océanos, el intestino humano, el torrente sanguíneo.

Podemos admirar nuestro talento: nunca estuvo la basura mejor diseñada, nunca nos comunicamos más, nunca más inútilmente. Cuando éramos aldeanos podíamos cuidar la aldea, ahora somos planetarios, pero no sabemos cómo cuidar nuestra casa. Porque una cosa es proteger el pequeño bosque y otra es cuidarse de males que no sabemos quién produce y quién alimenta.

Al parecer, ya nada depende de los pequeños lugares y ya nada depende de los individuos. Kafka lo supo: el emperador está demasiado lejos y su carta no llegará jamás al hombre común.

Y si antes los alimentos eran las medicinas, ahora los alimentos nos enferman y las medicinas nos enferman todavía más. Podría llegar el día en que la vida y la enfermedad sean la misma cosa.

Es verdad que nunca supimos tanto del mundo, pero nunca estuvo el mundo más en peligro. Antes podían decir que era alarmismo, y se tranquilizaban no mirando la realidad sino las estadísticas. Ahí estaban los titulares de los medios para ofrecer un panorama tranquilizador. Ahora los titulares son alarmantes y las estadísticas son escalofriantes.

Hasta las noticias aparentemente bellas tienen un hemisferio oscuro. Si nos dicen que están floreciendo los cerezos en invierno, si nos dicen que hay bellísimos témpanos de hielo derivando hacia el sur, si nos dicen que hay garzas en las ciudades, si nos dicen que ya los ruiseñores cantan de día. Ahora de noche en París en verano vuelan graznando los cuervos. ¿Cómo pintar un cuadro romántico en México o en Pekín, si la gente anda con mascarillas entre el smog? Este ya no es el mundo de Leonardo, sino el mundo de Banksy.

La edad del optimismo nos vendió la ilusión de que un montón de males habían quedado atrás. Los éxodos, las guerras, las torturas, los déspotas ignorantes y prepotentes eran cosa del pasado. Atrás habíamos dejado a Calígula, atrás habíamos dejado las diásporas, el racismo de los Reyes Católicos, los potros de la Santa Inquisición.

Y nos acostumbramos a encontrar una explicación local para los males que inventaba el presente. Pero tal vez es Borges el que tiene razón, tal vez el tiempo es cíclico, y tal vez “en edades futuras”, “cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita noche de su palacio fétido el Minotauro”. Tal vez todavía nos espera todo lo que ya hemos vivido. Tal vez sólo hemos vivido el prólogo, y apenas está a punto de ocurrir la historia universal.

Para nadie sería grata la posibilidad de que Hitler o Stalin estén agazapados en el porvenir. Pero es que el futuro es algo que tenemos que merecer por nuestros actos, no algo que debamos abandonar a las inercias de la historia.

Si algo nos está diciendo el presente, es que la humanidad nunca alcanzó sus grandes conquistas para siempre, que cada generación tiene que defender lo que hicieron sus padres, que se requiere solidaridad entre las generaciones humanas y que vivimos en una edad ingrata y estúpida donde no valoramos los esfuerzos del pasado, sus grandes gestas y sus grandes sueños, y estamos embelesados de maquinitas y de espectáculos mientras el milagro de la civilización, de las civilizaciones, es despreciado y arrojado como un fardo inútil. Una humanidad incapaz de aprender de su historia la repetirá miles de veces; en ausencia de los dioses reinan los fantasmas.

¿Qué pasa con esos miles y miles de africanos que se lanzan en sus pateras suicidas a buscar el sueño de la Europa del bienestar y de los Derechos Humanos? ¿Esos que se arriesgan a convertir el Mediterráneo en un cementerio y que están conservatizando a Europa? ¿Qué pasa con esos cientos de miles de venezolanos que están haciendo entre incontables penalidades el viaje a pie por las naciones vecinas? ¿Y qué significan esos miles de centroamericanos que avanzan a pie hacia las ciudades del sueño americano? ¿Tendrán sólo una explicación local estas cosas, o serán las crecientes señales de un mundo que ya no es patria para sus hijos, de una época que produce opulencia para unos pocos y miseria para millones y millones?

Creímos que estábamos en la época de los transbordadores espaciales y de los trenes de altísima velocidad, pero las muchedumbres que huyen viajan a pie. Creímos que íbamos entrando en el Apocalipsis, pero apenas estamos llegando al Éxodo.

Brindis por nuestros santos difuntos


Rescatando el sentido de este día de entre las insulsas calabazas y falsas telarañas, propongo un brindis por lo que ya no están. Por los abuelos, padres, tíos, primos, hermanos... Por los amores que se fueron tan de mañana. Ya son polvo de estrellas pero mantienen sus lares en nuestro corazón. A todos y cada uno de ellos, un cálido recuerdo y tres palabras: Gracias, Perdón y Os Quiero


Por los que no están con nosotros. Por los que faltan y dejaron su ausencia escrita en recuerdos. Por aquellos que dejaron de ver nuestros ojos y nosotros los suyos, por aquellos que el corazón les falló y dejaron de escribir notas en la partitura de nuestra vida. Por aquellos que prometieron ser felices y murieron luchando por conseguirlo, por aquellos que no llegaron a serlo y por aquellos que murieron con una sonrisa en la cara tras años y miles de recuerdos vividos. 


Acordémonos verdaderamente de ellos, los Santos de nuestras vidas.

Mi alma tiene prisa

"Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora.

Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces: los primeros los comió con agrado pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades. No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados. No tolero a manipuladores y oportunistas. Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.

Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos. Mi tiempo es escaso como para discutir títulos. Quiero la esencia, mi alma tiene prisa.

Sin muchos dulces en el paquete.Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana. Que sepa reír de sus errores. Que no se envanezca con sus triunfos. Que no se considere electa, antes de la hora. Que no huya de sus responsabilidades. Que defienda la dignidad humana. Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena. Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas. Gente a quienes los golpes duros de la vida, le enseñaron a crecer con toques suaves en el alma.

Sí, tengo prisa por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar. Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan... Estoy seguro que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia. Tenemos dos vidas y, la segunda comienza cuando te das cuenta que sólo tienes una."


LA HORA DE DESAPRENDER

En la vida todos tenemos un secreto inconfesable, 
un arrepentimiento irreversible, 
un sueño inalcanzable 
y un amor inolvidable.


Harold Schlumberg,
 ingeniero químico.
Las mujeres y hombres maduros de ahora hemos llegado a una edad maravillosa en que emprendemos el camino del desaprendizaje. 

Fuimos criados con la creencia de que debíamos ser los mejores en todo: mejores estudiantes, mejores esposas, mejores esposos, mejores profesionales, mejores madres y padres, etc.

Fuimos educados con la creencia de que todo es pecado. 

Ha llegado la hora del desaprendizaje o lo que mi hija llama graciosamente el importaculismo ("Todo me importa un culo"). Ha llegado la hora de decir NO en muchas ocasiones, de mandar al carajo los compromisos y las obligaciones. 

Pasó la hora de las responsabilidades desvelantes. 

Ahora nos gusta estar solos, disfrutar de buenas conversaciones con gente que no nos insulta y que cree lo mismo que nosotros o no le importa que opinemos diferente.

El la hora de hablar de todo sin necesidad de sostenerlo como medio de defensa.

Es hora de ver películas, de estar en una finca, de ir a pescar (...) durante la semana, de leer, de escuchar, de sonreír y de burlarse de la mayoría de los mortales que viven pendientes de pendejadas.

Nosotros ya demostramos que las responsabilidades fueron bien atendidas por nosotros, que hicimos las cosas lo mejor posible, que dejamos huellas, que somos buenas personas.

Lo que nos queda de vida es para nosotros, para disfrutar, para cumplir el mandamiento divino de amarnos a nosotros mismos. Por eso vamos a hacer lo que nos da la gana. 

Viajar al máximo, tomando café con amigas y amigos, conversando con todo el que nos encontremos.

Ya pasó la época de los roles. Lo que fuimos, fuimos; ahora somos para nosotros mismos sin tener que rendir cuentas a nadie. 

Los demás seguirán su camino de responsabilidades y afanes, de preocupaciones y nerviosismos. Nosotros ahora estamos por encima del bien y del mal.

Vamos a museos, asistimos a conferencias y si no nos gusta nos salimos sin que nos importe, redescubrimos al Quijote y a Fernando González.

Ahora asistimos con mayor frecuencia a entierros y nos damos cuenta de que se aproxima el nuestro, pero estamos preparados pues al fin y al cabo vivir es mortal.

La vida es para nosotros una profunda experiencia interior, lejos de mitos, ritos, limosnas y pecados sin fin.

Es la hora de empezar a relajarnos y de conversar largas horas con uno mismo, que es el único que permanece siempre, ahora y después de que abandonemos la nave del cuerpo.

Nos rodean pocos seres a quienes amamos profundamente y que seguirán viviendo sus propias experiencias, estemos nosotros o no.  

Mandaremos para donde sabemos a la gente que nos molesta, la tóxica.

Quienes nos buscan sin egoísmos van a encontrar una sonrisa, una mirada tierna y comprensiva, un consejo acertado o no, afecto. 

Somos, ahora sí, libres de ataduras, de prejuicios, de creencias. 

Somos libres si no le tememos ni a la vida ni a la muerte.

Harold Schlumberg

Hoy, como hace nueve años...

Hoy, como hace nueve años, como todos los años y como casi todos los días, me acuerdo de él. De la primera vez que me miré en sus ojos azules, de la sonrisa y las lágrimas que puso en mi cara, de su andar sin prisas, de sus penas ocultas, de sus forzadas alegrías, de los dolores de su alma.

Reíamos sin censuras por las calles frías de Zaragoza,  bailábamos como si nadie nos estuviese viendo, y sus amigos, sus ex y su pareja actual girábamos alrededor suyo, obnubilados por su magnetismo hechizante.

Luego de nueve  años de su partida, no puedo dejar de pensar en todo lo que me regaló, como ese Amor que me revivió, me resucitó, por el que él pasaba de puntillas, sin precipitarse, y yo con intensidad, precipitándome... es que "uno no elige de quien se enamora, como tampoco puede elegir la velocidad" (como escribió el jurado de las gafas de sol en los talent shows de la tele). Tampoco me puedo olvidar de su honestidad, de su saber decir la verdad, aunque doliera, aunque quemara, aunque dejara marcas en la piel del alma. 

No me olvido de sus charlas ni de sus silencios. De su sentido de la fiesta y sus remordimientos dominicales. De sus ganas de beberse toda la vida de un trago y el dolor que le causaba esa misma vida. 

Y no olvido que un día como hoy tomó la decisión de irse, de dejarnos sin su presencia física. Pero cada uno de los que le quisimos bien, tenemos un espacio en el alma, a donde entramos con mucha frecuencia a reencontrarnos con sus ojos azules y con su espíritu trascendido, para convencernos de que valió la pena dicha haber caminado a su lado, sin importar ni la distancia ni el tiempo.

El móvil de Hansel y Gretel

Sirve para pedir la comida, comprar la ropa o conseguir un rato de (¿mal?) sexo. El mundo moderno no sabe vivir sin el móvil, suena en el cine o en misa. No lo apartamos de la cara ni cuando estamos en el concierto ¡en vivo! del cantante favorito. Nos ha convertido en "héroes perezosos", como dice Casciari, que no nos preocupamos de la conquista, de la seducción, porque hay cientos de aplicaciones del mercado de la carne que a golpe de clic enseñan genitales más que rostros y nunca personalidades porque para eso no hay photoshop (ni traductores). 



Ya no hay ligues de parque, miradas interminables en el metro, encuentros de biblioteca, salidas a la playa, ni coincidencias en el gimnasio. No importa si cantas bien, si lees mucho, si eres buen deportista. Tu personalidad no importa, porque es mejor la inmediatez; si no cumples sus escasos requisitos (como el rol en la cama o el tamaño de algún trozo del cuerpo), se pasa a otro perfil (este no, este no, este tal vez, este sí)  y "ciao que no te vi". 

Ahora es anticuado pensar en qué te vas a poner, porque ya no hay que salir. Como todo es a la carta y a domicilio, basta el clic. Para qué leer un periódico, ni qué decir un libro entero, o enterarse de lo que pasa en el mundo, si para intercambiar fluidos corporales eso no es necesario. En el universo de los zombies de las pantallas de doble cámara no hay más comunicación que los mensajes de texto, sin romance, sin aventura, sin misterio, sin esfuerzo. 


¿Qué tal acercarte y hablarle a quien te guste, rozarle la mano, mirarle a los ojos, invitarle a un café o a una copa... a ver qué pasa?. Dejar algo para la sorpresa. Como cuando se flirteaba con personas. Sí, entonces también se ligaba, también había sexo exprés, pero no se preguntaban tus medidas sino una buena charla iniciada con "¿estudias o trabajas?".

(Gracias Javee, por Lo Imprescindible, por inspirar este post)

Se Busca

Se busca gente que saque a pasear a sus niños con el mismo entusiasmo con que saca a pasear a su perros. Gente que le hable a sus vecinos, como le habla a sus plantas diariamente. Gente que le sonría a los demás, como le sonríe todas las noches al televisor. Gente que presta atención a los que le rodean, de la misma manera que lo hace a su celular.
Gente que deje salir una sonrisa cuando pueda mirar lo bello de la vida., Gente que salude cuando alguien se aproxime. Gente que escuche la naturaleza, como si intentara escucharse a sí mismo. Gente que adore y mime a su familia como adora, mima y cuida a su auto.
Gente que esté dispuesta a colaborar, como siempre està dispuesta a contestar sus llamadas del celular. Gente que cuando se mira en el espejo, mira más allá y se mira el alma, no el armario que lleva encima. Gente que mire hacia las alturas y dé gracias a Dios. Gente que cuando hable, proponga, no disponga ni sea conflictiva. Gente que comprenda, sonría y ame. En fin, gente que huela a Ser Humano.

"¿Acaso yo era el único marica en el universo?"



Aunque este artículo tiene varios años de publicado en la Revista Arcadia, no deja de tener vigencia y actualidad.   

"¿Acaso yo era el único marica en el universo?"

¿Cómo se construye el amor propio cuando la conciencia que se tiene de uno mismo –la que le han enseñado, la que le han recalcado, la que ha interiorizado- es la conciencia de lo malo? El escritor Alonso Sánchez Baute habla de su adolescencia en Valledupar, de aceptar su homosexualidad y del poder la cultura.
Alonso Sánchez Baute en Mykonos, 1986. Foto archivo particular.
Alonso Sánchez Baute en Mykonos, 1986. Archivo particular.
Tomada de Revista Arcadia
No soy bueno para hablar en público, se me olvidan las frases, las ideas, los nombres, las palabras. Se me olvida todo y tartamudeo, me vuelvo inseguro y la inseguridad me lleva al silencio. No significa que no tenga una voz que lucha por salir y una rabia por la manera como la sociedad pretende pisotear mis derechos. Por eso escribo. No me interesan ni la política ni el activismo. Solo quiero contar historias.

Todo empezó en mi adolescencia, mucho tiempo después de descubrir que crecía dentro de mí ese otro yo que para el resto del mundo no era más que un súcubo, un pecado, una aberración. Valledupar en ese entonces no alcanzaba los sesenta mil habitantes y todos nos conocíamos o al menos bastaba con conocer los dos primeros apellidos para saber de quién era hijo, quiénes eran sus abuelos, qué historias ocultaba su familia, cuáles eran sus taras, sus lunares negros, sus ovejas rosas.

En mi familia no había ovejas rosas, lo que me hacía aún más solitario, más inseguro y, por supuesto, más necesitado de mis propias verdades. Siempre he sido una especie de ardilla que curiosea por todas partes. Y, desde niño, lo que más recuerdo haber buscado fue a otros que, como yo, llevaran por dentro esa pulsión “malsana” que crecía en mí y cada vez adquiría mayor poder. Ahora que lo pienso, más de 40 años después, me parece increíble que alguien pueda crecer con tantas voces alrededor repitiendo tantos adjetivos negativos. ¿Cómo se construye el amor propio cuando la conciencia que se tiene de uno mismo –la que le han enseñado, la que le han recalcado, la que ha interiorizado- es la conciencia de lo malo?

Es fácil decirlo ahora que he cruzado a salvo el puente. Sin embargo, mi adolescencia estuvo plagada de pesadillas y sueños con la muerte. Intenté el suicidio y -como pueden ver- fracasé; padecí acné severo; me encerré en mí mismo para que todos me olvidaran. No fue la mía, jamás, una niñez feliz, ni tampoco una niñez inocente. ¿Cómo ser inocente si mi alma no estaba exenta de culpa? Sólo que no era una culpa propia: hasta me preguntaba de qué era culpable. ¿Podía seguir siendo cuando pretendían convencerme que no podía ser? Y la eterna pregunta: ¿por qué debo ser como los demás, si no soy como los demás?

Más que machista, Valledupar es un pueblo sospechosamente misógino. La misoginia, como la entiendo, no es odio a la mujer sino un miedo profundo a feminizarse. Lo opuesto a ese macho duro y arbitrario que grita, golpea e impone es lo sensible. Y esa misoginia, como tantos otros prejuicios, la heredé. “Todo, menos femenino”. Me decía. Los contados homosexuales a mí alrededor en ese entonces eran afeminados: justo lo que me negaba a ser. Pero había un personaje “extravagante” que se tomaba libertades inauditas en un pueblo de vaqueros, como salir a la calle con un sombrero floreado o vestir de mujer durante los carnavales. Me encantaba su espíritu de libertad.

Se llamaba Víctor Cohen y fue el hombre que llevó el mundo a Valledupar. Montó la primera heladería, que no era una heladería sino un cream helado, “Cream Helado Wellcome”, pues ya para entonces el lenguaje era importante para descrestar y si se quiere presumir de cosmopolitismo hay que valerse de palabras en otro idioma. Víctor Cohen se hizo amigo de Gabo cuando todavía no era García Márquez y algunos dicen que fue quien le inspiró a Pietro Crespi. Una vez se lo pregunté, a García Márquez, y no me lo confirmó, pero tampoco me lo negó. En todo caso, sólo tuvo palabras de cariño para Víctor Cohen, a quien le dedicó varios párrafos en Vivir para contarla.

Yo era ya un niño solitario cuando mis padres se mudaron a una casa, en ese entonces, a las afueras de la ciudad. Tenía seis años y a partir de ese momento mi mundo eran mis dos hermanas y las cuatro hermanas que vivían en la casa vecina, las dos únicas casas en quinientos metros a la redonda: sólo mujeres que jugaban a las barbies y a la casita. Era enfermizo y mal deportista, lo que comenzó a generar sospechas en mis compañeros, que pronto comenzaron a hacerme a un lado y a gritarme mariquita. Fue justo en ese momento cuando encontré mi primer gran refugio: el cine. Mis abuelos maternos habían fundado en 1952 el primero que tuvo Valledupar, y ahora eran cuatro. Uno de ellos quedaba tras cruzar una pequeña puerta en el patio de su casa. Me acostumbré todos los días a ver la película de cartelera. Era cine mexicano, western, Kung Fu y esas cosas, pero eran historias que me llevaban a imaginar otras. El cine fue para mí lo que el hielo para José Arcadio. Fue también mi primer acercamiento con el mundo exterior, con el arte y la creación y con la narración.

De tantas cintas que vi en aquellos años solo recuerdo tres que aludían lo gay: La gata sobre el tejado de zinc, El zoológico de cristal y Reflejos en un ojo dorado. El tema se abordaba con culpa y tragedia. Necesitaba encontrar referencias positivas con urgencia y en mi afán por encontrarme a mí mismo encontré la literatura. No había librerías en Valledupar –todavía no las hay- pero papá encargaba mensualmente libros al vendedor del Círculo de Lectores. Camus, Faulkner, Steinbeck, Hemingway eran los nombres más repetidos en la biblioteca. Ni siquiera en Capote encontré lo que buscaba. ¿Acaso era el único marica sobre el universo?

Comencé a escribir en la adolescencia cuentos y novelas cargados de terror. Era lo que sentía en ese momento: terror ante la vida, terror a que cualquiera supiera que habitaba en mí un monstruo que luchaba cada vez con más fuerzas por hacer añicos los barrotes. Durante los años que estudié para ser oficial del ejército cometí poesía (que por fortuna rompí) y escribí las cartas de amor del comandante de mi pelotón a su esposa, Diana. Un compañero me dijo que eso que yo hacía ya estaba contado en la literatura. Mencionó La ciudad y los perros. Ese fin de semana me fui a comprarla. Morí fascinado. “¿Así que uno puede tomar elementos de su vida privada y ficcionarlos hasta crear una historia?”. Tres días antes del ascenso a oficial estaba en el hospital cuando este mismo amigo me llevó de regalo un libro recién salido del horno. Crónica de una muerte anunciada. “¿Acaso esta no es la historia de Valledupar?” Lo que siguió fue la lectura de todo lo que se había publicado de Vargas Llosa y García Márquez al tiempo que, mentalmente, absolvía interrogantes literarios. Es decir, no leía: deconstruía.

De mis años en el ejército también recuerdo a un par de compañeros, hoy ya muertos, que cada domingo al regreso de la franquicia del fin de semana armaban corrillo a su alrededor para contar anécdotas de burdel y noches largas. Con frecuencia esas historias eran protagonizadas por travestis a los que seducían en la Caracas y luego abandonaban en cualquier paraje tras golpearlos y torturarlos. Se ufanaban al hablar de aquello como quien necesita exhibir su masculinidad. Los veía tan cobardes… pero escuchaba en silencio, muerto del susto.

De mi paso por la universidad recuerdo el violento asesinato del tío de un compañero. Era un pintor reconocido que había recogido a un hombre en la calle y este lo mató con tanta sevicia como la de la prensa al mostrar las fotos de lo sucedido. Lo que más recuerdo de esa carnicería son los testículos del tío de mi amigo reposando en un cenicero. En ese entonces no se llamaba crimen de odio sino crimen pasional, lo que daba cierta licencia para no investigar. Uno de esos días salí del cine Almirante, en la calle 85 con 15, absolutamente horrorizado luego de haber visto Cruising, la película en la que Al Pacino hace de policía infiltrado en el mundo gay de NYC en la búsqueda de un asesino de odio. Para colmo, justo en ese momento apareció el SIDA.

“Mierda –pensé entonces- ¿todo esto es lo que me espera?”

Dejé de escribir cuando me gradué de abogado. Y no hubiera pensado en volver a hacerlo si no se me hubiera atravesado una novela que, de alguna manera, me cambió la vida. Se llama En el Camino, de Jack Kerouac, y con ella no sólo descubrí que podía escribir sobre la marginalidad, sino que también me convenció que no tenía que esconder mi homosexualidad. Sólo que en ese momento no se me ocurrió escribir absolutamente nada, ni al día siguiente, ni al otro mes, ni siquiera en los dos o tres años que pasaron después. Pero la creación opera de maneras misteriosas y escribir no es un asunto tan simple como teclear frente a un computador. La creación obedece a un proceso, que a algunos les toma más y a otros menos tiempo. Yo soy de los lentos. No me afano y permito que mi mente haga su trabajo mientras me dedico a cualquier otra cosa. Esto lo aprendí una mañana de sábado cuando caminaba las cuatro cuadras entre mi apartamento y el gimnasio y de repente se me vino de chorro una historia inesperada. Regresé a casa y los siguientes tres meses escribí la novela de Edwin Rodríguez Buelvas, un ser amargado, resentido, sin amor propio que, valiéndose de su inteligencia y su vasta cultura, se hace pasar por banal mientras construye su identidad a partir del daño que hace a los demás. Eso que otros llaman una “loca brava”. Para entonces ya había encontrado en la literatura lo que desde niño tanto busqué.

La primera novela de contenido homosexual que leí fue Maurice, de E.M. Forster. Ya vivía en Bogotá cuando la descubrí, en los ochenta. Es la historia de amor entre dos muchachos en la Inglaterra eduardiana. Leerla fue importante no sólo porque me confirmó que no estaba solo en el mundo, sino porque es una novela escrita desde una perspectiva no condenatoria. El gay no es la diana de las burlas, sino alguien capaz de desarrollarse como ser humano. “Ah, entonces sí se puede”, me dije a mí mismo. Para entonces tenía un par de amigos gais con quienes me iba de juerga. Las discotecas me divertían un rato pero no resolvían mis preguntas. Me hacían creer que me aceptaba como gay –que sentía eso que llaman con pompa “orgullo”-, mientras por dentro seguía negándomelo. En el empeño por otros libros que hablaran de mis dilemas conocí a Withman, a Kavafis, a Mishima, a Yourcenar (amé tanto Alexis que la repetí de corrido tres o cuatro veces), a Isherwood, a Mccullers, a … Encontré entre estas páginas las mismas dudas, los mismos problemas sin resolver. “La literatura no trae respuestas, pero te ayuda a encontrarlas”, leí también por entonces.

En ese camino encontré también a Corto Maltés, que no es gay pero es como si lo fuera. Es elegante, narcisista, clasudo, bonito, cosmopolita, pero sobre todo es libre. Libre como un gato. Es decir, como un gay. Y entonces quise ser como Corto Maltés: ni justiciero ni moralista. Tan solo un aventurero que recorre el mundo sin tener que explicarle a nadie por qué es cómo es. Corto Maltés me enseñó a soñar con la libertad. La libertad, lo entendí entonces, no es más que ser uno mismo y era solo cuando escribía cuando me permitía ser yo mismo.

Si la literatura me ayudó a reflexionar sobre mi orientación, el cine y la televisión apelaron a la “normalización” a través de la cotidianeidad. Sucedió con Steven Carrington, el hijo menor del poderosísimo Blake Carrington, quien nunca aceptó la homosexualidad de su hijo. La serie se llamaba Dinastía y la pasaban todos los domingos a las diez de la noche. A Steven le debemos el primer beso entre dos hombres en la televisión. Aquello fue tremendo escándalo. ¡Y eso que no fue un beso apasionado sino apenas insinuado!, lo que llevó a que Matt, el gay de Melrose Place, jamás se besara. Hubo que esperar hasta el 2000 para que Jack McPhee, un personaje secundario de Dawson Creek, diera el primer beso “con lengua” a otro hombre en la TV.

Hoy, los homosexuales abundan en la pantalla chica. En Colombia, la mayoría son personajes construidos desde el imaginario estereotipado y/o superficial heterosexual. Sé de libretistas que podrían escribir sobre la herida todavía abierta de los homosexuales, pero les es más fácil hablar del chico que va de la vida entre placeres y jajajá, y se cuidan de no escribir el drama de la culpa, del rechazo, de la negación constante, de esa soledad infinita que en muchos casos no es soledad sino vacío. Los libretistas prefieren aquello a esto aun sabiendo del rechazo que conlleva el estereotipo. El dolor, en cambio, no se cuenta, porque el dolor conmueve, genera acercamientos, ayuda a ponerse en los zapatos del otro: para el poder es mejor que los maricas sigan careciendo de amor propio y no puedan construir una identidad positiva.

Colombia se reserva la misma misoginia de mi niñez en Valledupar. En parte es culpa nuestra, de los LGBT. Hemos crecido en derechos, pero no en amor propio. Y seguirá siendo así mientras busquemos nuestros referentes en las discotecas y no en nuestra propia esencia. Conozco a muchos gais que viajan cada año a NYC, a México, a Madrid para participar en el Orgullo Gay, pero que a la de nuestras ciudades se niegan a asistir. Se dicen a sí mismos que son “regios”, suben fotos a sus redes para presumir de su “regiedad” y sus amigos y seguidores las comentan con envidia, despreciando lo que aquí se hace. En realidad no son más que cobardes incapaces de dar la cara a los suyos; cobardes que siguen creyendo que lo nuestro no vale y, en consecuencia, que ellos mismos no valen: hay tantos que nunca terminan de aceptarse y quererse; tantos, incluso, que presumen de “autoconfianza” en público mientras por dentro los carcome el odio hacia sí mismos.

Necesitamos tanto del activismo político que da la cara y lucha por nuestros derechos como de la construcción de personajes literarios, del cine y la televisión que nos permitan seguir construyendo una identidad fuerte y, como dicen ahora, empoderada; necesitamos saber que hay muchos otros que en algún momento se han sentido solitarios por no encontrar a su alrededor a alguien con sus mismos miedos y preocupaciones; necesitamos leer más historias que cuenten nuestros problemas, nuestra versión del mundo, que hablen de nuestra manera de sentir el amor, de afrontar la familia o la amistad; que nos ayuden a entender nuestra sexualidad.

En mi caso personal, la literatura me llevó a aceptar mi carácter, a templar mi identidad, a confirmarme lo que ya había dicho Szymborska: “Y al final dejé de saber qué era lo que tanto buscaba” y a entender que no somos como los demás porque nuestra orientación sexual nos haga diferentes. No. Lo somos porque el dolor y la soledad nos han hecho más sensibles, nos han hecho diferentes. Y son ese dolor y esa soledad –precisamente y al mismo tiempo-, lo que nos hace igual que los demás.

Ser gay es una verdad que debe solucionar cada gay. No se puede exigir ese cambio primero a la sociedad. Es dando la cara como se consigue el respeto. No ocultando, ni negando, ni alimentando el odio y el miedo, ni siendo una “loca” regia o brava, esos personajes a quienes la amargura solo les permite destilar veneno. Hay que leer. En cada novela hay una pregunta. Al final, la respuesta es que no hay respuesta, la respuesta es la misma pregunta. Esa pregunta, quizás, nos ayuda a ser felices. Y, como dice Edwin Rodríguez en Al diablo la maldita primavera, “en el juego de la vida gana el que es más feliz”.

Texto leído  en Medellín, en el marco del evento Periodismo para la diversidad/Historias no contadas.

Carta de un cura a Jesús Cintora sobre los católicos racistas y clasistas

Por: Joaquín Sánchez, "el cura de la PAH".

En primer lugar, mandarte un saludo cordial y agradecerte muchas cosas, entre ellas tu libro La hora de la verdad que nos ayuda a entender cómo hemos llegado a esta España de la desigualdad, a esa España rota por la precariedad, los desahucios, los trabajos en condiciones inhumanas, los salarios de miseria, los recortes sociales y de libertades.

En segundo lugar, te vi en el programa MVT de La Sexta hablando del drama de los refugiados y criticabas a aquellos políticos que se autoproclaman cristianos y que tienen una actitud de rechazo hacia ellos. Hacías la pregunta de cómo era posible dejar que estas personas se ahoguen en mar y después ir a misa a darse golpes de pecho, haciendo alusión a algunas situaciones que se han dado esta Semana Santa. Yo ampliaría esta interpelación a muchas personas que se declaran católicas -sacerdotes y obispos- que también muestran un rechazo, unas veces abierto y, en otras ocasiones, silencioso.

Antes de contestar, decirte, que acabamos de llegar un grupo de personas de los campos de refugiados en Grecia. Llevamos varios años yendo a compartir un trozo de vida con ellos y ellas. Nos hemos encontrados con mucha gente provenientes de Siria, Afganistán, Iraq, Nigeria, Sudán, Camerún, Sierra Leona, Somalia y Yemen, entre otros. Y siempre nos hemos encontrado gente que nos ha abierto su corazón. También su tienda de campaña o isobox y que te reciben con una sonrisa y la palabra welcome sin conocerte de nada. Y te invitan a un té, un café y si es próxima la hora de comer, te piden que compartas la mesa con ellos, en este caso, el suelo.

Esta gente te cuenta el motivo por el cual decidieron salir de su tierra, una tierra que nunca desearon abandonar -te dicen muchas veces con lágrimas que quieren morir en la tierra que les vio nacer-. Esos motivos no son otros que una guerra y una violencia donde la crueldad y lo despiadado no tiene límites: obligan a los padres a ver cómo violan a sus hijas y después las degüellan, le obligan a matarse entre ellos, los torturan sin piedad, los queman vivos, los fusilan con sus hijos pequeños y así un sinfín de atrocidades.

No se trata de ser morboso: es parte de la realidad de una guerra por intereses económicos y por obtener sus recursos naturales. Cuando alguien me discute que no tienen que venir, le digo que haría él si supiera que viene gente que va a matarle y violar a las mujeres y la respuesta, casi inmediata, es: “Salir corriendo”, de modo que le contesto: “Eso es lo que hacen”. ¡Qué cínico somos! Les despojamos de sus bienes, los explotamos, los matamos y les decimos que se queden allí, que no se les ocurra salir y que acepten la muerte y el dolor.

Perdona que te cuente estas experiencias, pero es que para mí muchas familias refugiadas son amigos y compañeros de vida. Los quiero y ellos nos quieren, tenemos el corazón roto y conmovido de ver gente con mucha dignidad que buscan como ellos mismo dicen una vida normal -"¿Es pedir mucho?”-. Son unos miserables los que provocan las guerras por intereses económicos. Todas las guerras son por riquezas: los que venden armas, entre ellos, España; los que niegan corredores humanitarios y los abocan a las mafias, mafias cuyos mandamases son gente adinerada -el mafioso no es que lleva la lancha motora, o el camión o el autobús con la gente hacinada-.

Cuestionabas en el programa MVT la actitud de partidos que dicen tener raíces cristianas. A raíz de la pregunta criticabas a esos partidos, a esos cristianos, a esos católicos que no fueran solidarios con el prójimo y cantaron el novio de la muerte ante el Cristo Crucificado.

Permíteme que conteste a esa pregunta y la respuesta es que, en efecto, prefieren que desaparezcan, que acepten su destino de muerte y sufrimiento, que no vengan a molestar o a incordiar, ya que cuando necesitemos su mano de obra, ya la cogeremos.

Claro que quieren que no lleguen y, en ese no llegar, está el morir en el camino. Ellos nos decían que mueren miles en los desiertos, en la tierra, muchos más que en el Mediterráneo, que se ha convertido en un mar de vida y muerte, de disfrute y de sufrimiento.

Esto no lo van a reconocer nunca y no dicen la verdad cuando dicen que el Aquarius ha provocado el efecto llamada porque, entre otras cosas, estos viajes duran como mínimo seis meses y ellos lo saben. Van a seguir viniendo porque la guerra por las riquezas va a continuar. China, por ejemplo, está comprando producción agrícola africana por 25 años.

No son cristianos, ni siquiera católicos. Yo no creo en ese Dios de la muerte que proclaman. Compran muchas voluntades clericales y episcopales. Por cierto, están muy enfadados con el Papa Francisco y quieren a Juan Pablo II quien, entre otras cosas, apoyó a los neoliberales y encubrió la pederastia en la Iglesia.

No creen en Dios, creen en el dinero. Han creado su becerro de oro. Los nuevos templos están en las bolsas, como Wall Street. Sólo creen en el dinero y utilizan a los refugiados, a los inmigrantes, a los empobrecidos para poner el foco de los problemas de Europa cuando las raíces de los verdaderos problemas sociales son la corrupción económica, financiera y política.

Cada vez estamos más cerca de que el 1% de la población concentre el 99% de las riquezas. El problema es que mucha gente cae en este discurso, lleno de falsedades, mentiras, manipulaciones y de odio. Ellos saben que la política del miedo, unida a la mentira da resultados. Por eso dicen esas falsedades de que nos invaden, de que hay millones preparados para venir, de que no tenemos capacidad para acoger, cuando todo indica lo contrario de lo que afirman.

Cantaban el novio de la muerte ante el Cristo Crucificado, como muy bien dices, y comparto tu crítica y le añado indignación porque, en efecto, son novios de la muerte: de la muerte de miles de personas que huyen de la guerra, personas que huyen porque no quieren que las bombas los maten, ni sufrir la violencia y la tortura, porque no quieren que tener que pedir a alguien que asfixie a su hijo para evitar el dolor y los gritos por estar herido sin atención médica y el único alivio es adelantar la muerte.

Son novios de la muerte porque participan en complicidad con las multinacionales  en desposeerles, insisto, de sus recursos, entre ellos, sus alimentos. Son novios de la muerte porque venden armas, porque apoyan la barbarie del Estado Islámico, que ha sido propiciado por Arabia Saudí, Estados Unidos e Israel.

Son novios de la muerte porque no quieren una sociedad justa y humana, sólo quieren ahogarse en riquezas. Son novios de la muerte porque están creando el odio, el rechazo y la intolerancia. Son novios de la muerte porque ha encerrado a miles de refugiados en campos -yo los llamo de concentración- en condiciones inhumanas. Son novios de la muerte porque ya hay niños en estos campos entre 4 y 6 años que han querido suicidarse. Son novios de la muerte porque como decía un refugiado: “Nos tratan como animales”. Habría que cambiar el ser novio de la muerte por el ser novio de la vida y de la dignidad.

Bueno, me despido ya. Aunque te conozco a través de los medios de comunicación, creo que compartimos “humanidad” con nuestras incoherencias y contradicciones. Son tiempos difíciles para la gente, para los Derechos Humanos, pero creo que hay que seguir por las sendas y los caminos de un horizonte de todos y todas, para todos y todas, con todos y todas.

Y antes de despedirme, decirte que antes de abandonar el campo de refugiados de Ritsona, dialogando con una familia musulmana, nos dijimos que cada uno desde su fe pediría por el otro y nos dijimos: “Habibi, my friend” (te quiero, mi amigo). Compartimos la fe y la vida. No es una guerra de religiones. Es una guerra, como todas, por la avaricia y la codicia.

Nunca es tarde para amar, luchar y soñar.

Un abrazo.

¡O se salva una vida o se calla una muerte!



¡Once años ya!



Este blog cumple hoy once años de haber publicado su primera entrada. No pensé que durara tanto tiempo. He hablado de muchos temas, de muchas vivencias. Siempre he dicho que es una excelente manera de hacer catarsis. Y también es cierto que ha superado con creces la media de vida de los blogs, aunque ya no publico con la asiduidad del principio. También he pensado algunas veces en cerrarlo, ya no hay tantos seguidores o lectores nuevos, pero como los blogs se hacen para uno mismo y para los que lea quien quiera... aquí seguimos.

Gracias a quien me enseñó a crearlo, a los seguidores, a los inspiradores, a los comentaristas... Buen camino a todos.

Por la Dignidad, el Orgullo, la Lucha...

Este año se cumplen 40 años de la primera manifestación de liberación sexual en la capital de España. Por ello, el Ayuntamiento de Madrid ha publicado un vídeo para celebrar y reivindicar estos 40 años de Orgullo madrileño.

En el spot, una pareja de abuelas recuerdan y comentan cómo ha cambiado la ciudad en estas cuatro décadas. Dos chicas liándose frente a un bar, semáforos LGTB, parejas de ancianos bailando juntos sin complejos, una niña visitando museos con sus dos mamás, dos chicos cruzando miradas en el metro, parejas de sexos opuestos disfrutando en el parque o un joven que se para frente a un escaparate para ver cómo sería llevar un vestido por el que se ha visto atraído, son algunas de las bellas escenas que aparecen en los dos minutos y medio de spot.


“Los jóvenes de hoy no tienen miedo a quererse ni a ser ellos mismos”, dice una de las protagonistas. “Son valientes. Es que si no luchamos por lo que queremos, ¿qué nos queda?”, responde su compañera. Con estas emocionantes palabras, el Ayuntamiento ha conseguido exponer en su spot una total equidad de sexos, mostrando el mismo número de escenas protagonizadas por mujeres que por hombres. Además, apuesta también por personas de todas las razas y edades, dando una mayor pluralidad y representación real de la sociedad, y promoviendo una clara igualdad y reivindicación que va más allá de la sexualidad.

Bajo el lema “Ames a quien ames, Madrid te quiere”, concluye este vídeo en el que se ha querido dar visibilidad a todas las letras del colectivo.

Fuente: Shangay

¡Más marica el que no ama!

Redd’s fue la marca capaz de gritarle al mundo: ¡Más marica el que no ama!

Con su tono irreverente y contestatario,
la cerveza Redd’s establece su posición ante el mes del Orgullo Gay.


El pasado 5 de junio en Bogotá y Medellín, apareció un primer mensaje:

“El primer matrimonio legal entre una negra y un blanco fue en 1967”, con referencia al famoso caso Loving contra Virginia. Una noticia que hoy puede sonar muy extraña, pero que hace 50 años evidenciaba una discriminación que era real.

Al siguiente día el mensaje anterior se reemplazó por uno nuevo:

“Hasta hace 28 años la homosexualidad era considerada una enfermedad mental”. Una situación mucho más cercana a nuestra época pero de un nivel de discriminación aún mayor. Con base en esto, la marca se preparó para su contundente golpe final.

El 7 de junio se lanzó el último mensaje: “Más marica el que no ama”, tomando un término despectivo nunca antes utilizado en publicidad y volteándolo para dar un mensaje de inclusión: "dejemos a un lado los prejuicios que no nos dejan avanzar. No importa tu raza, estrato social ni preferencia sexual, todos tenemos derecho a amar y ser respetados, perderse esa oportunidad es una verdadera maricada".

Que nadie te ame como yo

Espero que a las personas que yo amo nadie las ame como yo. Ojalá las amen más y mejor, con más recursos y menos carencias, y más abrazos y más conciertos y más "Te traigo agua?" por las noches.

Ojalá las amen muchos y muchas, y las lleven a teatros y parques y camas con brazos de "Yo te cuido esta noche". Porque yo las amo tanto, y quiero que otras y otros aprendan a amarlas también. Porque el amor suma, no resta. No, el amor nunca resta. La principal característica del amor es que se extiende, que busca propagarse, retroalimentarse, nunca quedarse estático.

El amor es terrible cuando se nos encharca en la herida, cuando no fluye, cuando no crece.

Pero qué maravilla cuando la madrugada nos encuentra medio cómplices, medio amantes, medio amigxs, y con gestos dulces nos besamos la mitad de las heridas que intuimos en la/el otrx.

Esa es mi visión, no la de mis catorce años donde la noche me descubría medio rota, medio enferma, medio llena.
Hay que dar, y dar mucho, que el amor, cuando es amor, cuando está sano, cuando aún hambriento no padece, no se acaba, no se seca.

Y ojalá las y los amen con todo eso aparte de lo mío, de lo que nunca seré porque no busco ser, con palabras que en la vida se me ocurrirán, con chistes y carismas que serán el sello personal de cada quién, con otros ojos que las y les ayuden a ver hasta dónde mis miras se quedan cortas, y que si yo construyo una ventana otrx plante un balcón y otrx una pista para aviones y otrx les junte plumas para que sus alas sean más bonitas y vuelen más alto.

Acqua Toffana

Sugerencias para vivir sin estrés


El Instituto Francés de la Ansiedad y el Stress, en París, definió veinte reglas de vida que -dicen los expertos- si uno consigue asimilar diez, puede tener una buena calidad de vida.


1. Haga una pausa mínima de 5 a 10 minutos por cada 2 horas de trabajo, a lo máximo. Repita estas pausas en su vida diaria y piense en usted, analizando sus actitudes.

2. Aprenda a decir NO, sin sentirse culpable o creer que lastima a alguien. Querer agradar a todos es un desgaste enorme.

3. Planee su día, pero deje siempre un buen espacio para cualquier imprevisto, consciente de que no todo depende de usted.

4. Concéntrese en una tarea a la vez. Por muy ágil que sean sus cuadros mentales, usted se cansa.

5. Olvídese de una vez por todas de que usted es indispensable en su trabajo, su casa o su grupo habitual. Por más que eso le desagrade, todo camina sin su actuación, salvo usted mismo.

6. Deje de sentirse responsable por el placer de los otros. Usted no es la fuente de los deseos, ni el eterno maestro de ceremonia.

7. Pida ayuda siempre que sea necesario, teniendo el buen sentido de pedírsela a las personas correctas.

8. Separe los problemas imaginarios de los reales. Los imaginarios elimínelos porque son pérdida de tiempo y ocupan un espacio mental precioso para cosas más importantes.

9. Intente descubrir el placer de cosas cotidianas como dormir, comer y pasear, sin creer que es lo máximo que puede conseguir en la vida.

10. Evite envolverse en ansiedades y tensiones ajenas. Espere un poco y después retorne al diálogo y la acción.

11. Su familia no es usted, está junto a usted, compone su mundo, pero no es su propia identidad.

12. Guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo, son las tres cosas más difíciles de esta vida.

13. Es necesario tener siempre a alguien a quien le pueda confiar y hablar abiertamente. No sirve de nada si está lejos. 

14. Conozca la hora acertada de salir de una cena, levantarse del palco y dejar una reunión. Nunca pierda el sentido de la importancia que supone salir a la hora correcta.

15. No quiera saber si hablaron mal de usted, ni se atormente con esa basura mental. Escuche lo que hablaron bien de usted, con reserva analítica, sin creérselo todo.

16. Competir en momentos de diversión, trabajo y vida entre pareja, es ideal para quien quiere quedar cansado o perder la mejor parte.

17. La rigidez es buena en las piedras pero no en los seres humanos.

18. Una hora de inmenso placer sustituye, con tranquilidad, tres horas de sueño perdido. El placer recompensa más que el sueño. Por eso, no deje pasar una buena oportunidad de divertirse.

19. No abandone sus tres grandes e invaluables amigas: Intuición, Inocencia y Fe.

20. Entienda de una vez por todas, definitivamente y en conclusión: Usted es lo que usted haga de sí mismo.