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lunes, 29 de septiembre de 2025

¿25 años no son nada?

Hace 25 años... el emigrante...un par de maletas llenas y el corazón lleno y acompañado. Muchas ilusiones por un nuevo país, un nuevo horizonte, quizás no se veía muy complicado porque había caras conocidas, mismo idioma, costumbres diferentes, pero no todo sale como se desea, pero de todo se aprende.

Años 2000. Buscar trabajo o aceptar lo que van ofreciendo para coger el ritmo. Ensobrar volantes publicitarios (Amena, tu libertad) por un pago (que no salario) ínfimo, sin contrato, sin prestaciones, sin seguridad social. Recoger basuras en un hospital pionero en prevención de epidemias (sin las debidas medidas de protección). Fregar platos en un centro público de la tercera edad (sin contrato, sin prestaciones, sin seguridad social (más de lo mismo). Y sin embargo, con ilusión, con alegría en la cara y en el corazón, bien acompañado.

La hospitalidad pasó a ser una invitación sutil a abandonar la casa. -Buenas tardes, llamaba a preguntar por el apartamento que alquila. -¿Usted de qué color es? Pero siempre alguien más te recibe, temporalmente eso sí.  Y otra vez a mudar las maletas en el metro a compartir vivienda, a sentirse esta vez como arrinconado, y otra vez invitado a irse. Porque sí, porque el también extranjero titular del alquiler no pagaba. Menos mal estaba muy bien acompañado, con alguien vital, tenaz, trabajador y lleno de buenas energías. Menos mal siempre hay alguna voz que te invita a cambiar de ciudad, de panorama. Una ciudad que en menos de una semana te permite tener una vivienda en alquiler y un puesto de trabajo (este sí con contrato, con  prestaciones, con seguridad social).

Viene la temporada de la hostelería, trabajando más horas que un reloj, la clientela para la que no tienes nombre y basta llamarte con un fastidioso psst y también la gente amable, que saluda y se despide y que agradece el servicio. Los jefes que dicen pagar las horas extras a lo que les da la gana, el jefe que no paga la nómina durante cuatro meses, el compañero que descarga su trabajo en el nuevo, el encargado que se satisface poniéndote a fregar casi de rodillas la barra del bar. 

Aparece el "empresario" que ofrece un trabajo en tu profesión. Una supuesta agencia de publicidad que resultó ser un engaño para él mismo y para los empleados que se encontraron un día la puerta cerrada y la empresa clausurada. Otro zasca más.

Y años y años de trabajo en locutorios. Estos más legales, cumplidos con la norma. Atender  gente de muchos países africanos y americanos. Aprender costumbres, conocer caracteres, acercarse a otras realidades, penas y sacrificios, que, comparados con los propios, son mucho más graves y dolorosos. Recibir la sonrisa agradecida de quien se consoló con una sola frase, la satisfacción de saber que alguien prefiere que lo atienda uno y no otro compañero. 

Y aprender de los maestros negativos (del que desprecia, del xenófobo, del homófobo) ¡a no ser como ellos! 

Y los duelos, qué decir de las pérdidas humanas. La ruptura con el compañero de viaje y asumir la depresión. Apartar su presencia, pero no su memoria positiva y llorarlo, una vez más cuando me informaron de su fallecimiento en esta misma ciudad. El corazón roto por la abuela/mamá grande que no volví a ver. Despedirse por última vez de la la madre por teléfono. Perder familia y ganar familia...

En el corazón, el amor, no ha estado ausente. Eso ha merecido todo. Hay compañeros de viajes cortos y largos. El primero, el co-emigrante, un apoyo incondicional, una alegría constante... falló, como fallamos todos. Dolió, como nunca nadie me ha dolido, pero me hizo inmensamente feliz mientras duró su compañía. Y con eso me quedo. Hubo otros compañeros, que cambiamos la relación  y adquirieron otra sensibilidad (fallé, como fallamos todos) y se convirtió en amistad luego de cicatrizar los errores. Hubo intentos, pruebas, ensayo y error, amores desequilibrados en la balanza, preocupaciones y angustias, cierres indeseados y finales fatales que siguen doliendo. Y hay amores imprevistos, inesperados, que llegan despacio, como de puntillas, sin asustar y se quedan y permanecen y respetan y acompañan en total tranquilidad. 

¡25 años no son nada! En un cuarto de siglo y en la vida entera se ama, se cree, se espera y se aprende. A disfrutar las primaveras reventando las flores de los almendros, los veranos de calurosos días largos, los otoños rojizos, marrones, los inviernos silenciosos, fríos y sosegados. A disfrutar los viajes, las carreteras, los trenes, los paisajes. A sentirse honrado y orgulloso de recibir nueva nacionalidad y de homologar el título profesional  A conocer gente buena y generosa. A reencontrarse con amigos que estaban guardados en otro cuarto de siglo anterior. A saber que todo nos hace sentir vivos, los bueno y que parecía malo que nos ha pasado. A reiterarnos que aquel vuelo, tomado hoy hace 25 años, valió la pena la dicha.

jueves, 4 de junio de 2020

Un amor del tamaño del mar



Por  Jaime Bayly
Artículo publicado en 2017, pero que no pierde sensibilidad ni actualidad.


La señora que viene los fines de semana a limpiar la casa se llama Lorenza Pastora. Es paraguaya. Habla como paraguaya. Es una delicia escucharla. Tiene un acento musical. No ha cumplido cuarenta años. Tiene apenas treinta y ocho. Lleva diez años viviendo en este país.

Lorenza Pastora dejó a sus dos hijos en Asunción antes de venir a los Estados Unidos. Entonces tenían cinco y tres años. Ahora el muchacho, Isidro Daniel, tiene quince años y la chica, Paula Edith, trece. Lorenza Pastora no los ha visto crecer. Hace diez años que no los ve. No puede verlos porque si regresa a Paraguay, pierde la posibilidad de entrar de nuevo a los Estados Unidos. Hablan por teléfono todos los días. Se ven por Skype. Son chicos buenos, responsables. Sacan buenas notas en el colegio. Su madre está orgullosa de ellos.

Con el dinero que ha podido ahorrar estos últimos diez años trabajando como limpiadora de casas, Lorenza Pastora se ha comprado una casa en el campo, en las afueras de Asunción, con muchos árboles de aguacates. Allí viven su madre y sus dos hijos. Ella todavía no ha conocido esa casa. Su sueño es retirarse en unos años, regresar a Asunción y vivir en esa casa en el campo con su mamá y sus hijos. No está lejos de lograrlo. Va por buen camino.

Cuando le pregunto por sus hijos, se emociona, se le corta la voz, se le humedecen los ojos. Diez años sin verlos es mucho tiempo, demasiado. Está loca por verlos. No sabe qué hacer. Está tramitando su residencia. Mientras no se la concedan, no puede salir de los Estados Unidos. Si viaja al extranjero, no la admitirán de regreso. A veces se entristece, se llena de melancolía, decide que volverá a Paraguay de una buena vez y para siempre. Pero luego hace acopio de valor y perseverancia y se promete trabajar unos años más, hasta que tenga un dinero ahorrado que le permita abrir un negocio allá. No quiere volver a su tierra a pedir trabajo como empleada. Su sueño es abrir un negocio, ser la dueña, la jefa, y no obedecer órdenes de nadie. Yo la animo a que no desmaye y cumpla su sueño. Ella piensa en abrir un negocio simple, una tienda de abarrotes, una bodega, una ferretería. Le pregunto si una peluquería sería una buena idea y me dice que no. Le pregunto si una licorería sería rentable y me dice que seguramente sí, pero ella es una mujer seria, honorable, de convicciones religiosas y valores morales, y no quiere hacer dinero vendiendo cosas que hacen daño, que intoxican, que sacan lo peor de la gente. Admiro su sabiduría. No lee libros de alta literatura, pero me parece que sabe de la vida mucho más que yo. Y su ética de trabajo es, en verdad, asombrosa. Nunca se queja, nunca pide vacaciones, nunca se enferma o indispone, y cuando viene los fines de semana, está siempre atareada, limpiando algo, inventándose un quehacer, una faena, no descansando ni mirando la televisión. Yo no trabajo ni la décima parte de lo que ella trabaja. Yo voy a la televisión, me pintan la cara y hablo. Me pagan por hablar. Eso no es trabajar. También escribo cosas raras, ficciones que no lo parecen. Eso tampoco califica como trabajar. No a mis ojos ni a los de mi madre.

Le digo a Lorenza Pastora que, si ella no puede viajar a Asunción a abrazarse con sus hijos, hay que traerlos a Miami. Me dice que es imposible, que no les darán la visa. Le digo que haré mi mejor esfuerzo y usaré mis contactos e influencias para que les den la visa de turistas. Hablo con un amigo que trabaja en la Casa Blanca. Me sugiere que mande cartas de invitación al consulado de los Estados Unidos en Asunción. Me promete que le enviará un correo al embajador, pidiéndole que nos ayude. Le agradezco de corazón. Escribo una carta, invitando a los hijos de Lorenza Pastora, diciendo que Isidro Daniel y Paula Edith son artistas, escriben música, cantan canciones muy lindas y quieren venir a promocionar el disco que pronto lanzarán al mercado. Todo es mentira. Pero es una mentira piadosa, necesaria para que les den la visa. Digo en la carta que voy a entrevistarlos en mi programa, que voy a pagarles el pasaje aéreo y el hotel, que me hago responsable de que, cumplida la entrevista, no se queden a vivir en los Estados Unidos, excediendo el tiempo límite que les fijen como visitantes. Unas semanas después, los jóvenes llaman a Lorenza Pastora y le cuentan, eufóricos, que les han dado la visa. Lorenza Pastora está emocionada, me abraza, llora, lloramos. Yo soy muy sentimental, muy fácil de llorar. Una madre que no ve a sus hijos hace diez años porque se sacrifica trabajando como una leona para que ellos tengan una mejor futuro, una casa propia, una profesión, es a mis ojos una heroína, una santa, una persona que enriquece al mundo con su contribución generosa, altruista. Necesitamos gente como Lorenza Pastora. Estoy con ella hasta el final. Por eso, apenas nos confirman que les han dado la visa a sus hijos, compro los pasajes. No hay vuelo directo entre Asunción y Miami. Deberán hacer escala en Lima. Volarán en Avianca. Decido comprar los boletos en clase ejecutiva, así los chicos tendrán un viaje de ensueño. Se lo merecen. Lorenza Pastora se lo merece. Y yo tengo la plata para darles ese pequeño gusto. Son los pobres, los desamparados, los desheredados de este mundo quienes deberían viajar en primera clase. Los ricos llevan ya vidas demasiado confortables, no estaría mal que viajasen de vez en cuando en clase turista para recordar que otros viven más apretados e incómodos que ellos.

Le digo a Lorenza Pastora que iremos juntos al aeropuerto de Miami a recibir a sus hijos. Ella no ha dormido en la víspera, no puede creerlo, todo le parece un sueño. El vuelo debe de llegar poco antes de las cuatro de la tarde. Lorenza Pastora viene a mi casa, comemos algo ligero, pasamos por una florería y compramos rosas y orquídeas, luego compro chocolates y vamos al aeropuerto. Mientras los esperamos en el tercer piso, Lorenza Pastora me cuenta que el papá de sus hijos la dejó embarazada dos veces y luego desapareció. No está en la foto, nunca lo estuvo, no colaboró económica ni afectivamente en la crianza ni en la educación de los chicos. Es una historia tantas veces repetida en nuestros países. Le digo que ella es, a un tiempo, una madre y un padre, un gran ejemplo para sus hijos, y que son personas de bien gracias a ella, a su esfuerzo, su tenacidad, su espíritu de lucha. Cuando habla del papá de sus hijos, no siento rencor en sus palabras ni en su mirada. Lorenza Pastora es una mujer hecha de madera noble. No conoce el odio, el resentimiento, el rencor. No piensa que hubiese merecido una vida mejor. Está agradecida por la vida que le ha tocado. Se siente una mujer con suerte, y más aún ahora, a pocos minutos de abrazar a sus hijos, tras diez años sin verlos.

Equipajes
Los chicos aparecen a lo lejos, empujando unos carritos metálicos con maletas abultadas. Isidro Daniel y Paula Edith corren extasiados a abrazar a su madre. Lloran con ella. Le dicen cosas dictadas por el amor más profundo, un amor que nace en esa zona del espíritu que no perecerá, que es inmortal. Se parecen muchísimo a ella. Son gorditos y pecosos como ella. Son buenos, bonachones, querendones, su mirada los delata. Ambos la han sobrepasado en altura, sobre todo él, que es ya un hombre, un muchachón. Los abrazo, les doy las flores. Les digo que su madre es una campeona, que tengo tanta suerte de haberla conocido, que todos quienes la conocemos, la respetamos y admiramos profundamente. Entramos en la camioneta, las grandes maletas apretujadas atrás. Comemos chocolates. Ellos hablan en su lengua pintoresca, musical. Cuentan cómo fue el viaje. Nunca habían viajado en avión. No se dieron cuenta de que iban en clase ejecutiva. Lorenza Pastora y yo nos reímos.

Al llegar a casa de Lorenza Pastora, nos despedimos con un gran abrazo y les dejo a los chicos unos sobres con dólares para que puedan costear sus gastos y comprar regalitos a su madre. Qué lindos chicos, qué humildes, qué tiernos, qué agradecidos con la vida. Le digo a Lorenza Pastora que venga con ellos a la casa el fin de semana. Quiero que mi hija los conozca, los escuche, aprenda a quererlos. Les recuerdo que deben traer traje de baño para meternos en la piscina.

El fin de semana los chicos vienen con Lorenza Pastora a mi casa. Dormirán con su madre, en el cuarto de huéspedes. Hemos puesto dos camas plegables, y es un cuarto grande, de espacios generosos. Han traído ropa de baño. No saben nadar. Por suerte la piscina no es tan honda y tienen piso en una parte de ella. Lorenza Pastora y su hija Paula Edith no se animan a meterse en el agua. Solo el joven Isidro Daniel se da un chapuzón rápido. Luego nos echamos en las tumbonas y hablamos de fútbol, sobre todo de fútbol argentino, del partido increíble que Lanús le volteó a River, mientras Lorenza Pastora y su hija hablan con mi esposa y nuestra hija. Ellos, los visitantes paraguayos, son muy comedidos y solo aceptan agua y helados, no toman vino ni cerveza. Mi mujer toma cerveza, yo, vino helado canadiense.

Más tarde entramos en la casa y, cuando ven el cuarto de música de nuestra hija, los hijos de Lorenza Pastora parecen especialmente felices, sus ojos refulgen de ilusión. De pronto descubro que sienten pasión por la música. Cuando dije que vendrían al programa a cantar y hablar de su nuevo disco, pensé que estaba mintiendo en toda la línea. Pero ahora los chicos me preguntan si pueden cantar dos o tres canciones. Les digo que sí, por supuesto. Paula Edith toca el piano, Isidro Daniel, la guitarra, ambos cantan y Lorenza Pastora, embriagada de amor y ternura y gratitud, me mira y llora y lloramos, y en ese momento somos eternos, inmortales, y todo el amor que ella siente por sus hijos es del tamaño del mar.

jueves, 23 de agosto de 2018

Carta de un cura a Jesús Cintora sobre los católicos racistas y clasistas

Por: Joaquín Sánchez, "el cura de la PAH".

En primer lugar, mandarte un saludo cordial y agradecerte muchas cosas, entre ellas tu libro La hora de la verdad que nos ayuda a entender cómo hemos llegado a esta España de la desigualdad, a esa España rota por la precariedad, los desahucios, los trabajos en condiciones inhumanas, los salarios de miseria, los recortes sociales y de libertades.

En segundo lugar, te vi en el programa MVT de La Sexta hablando del drama de los refugiados y criticabas a aquellos políticos que se autoproclaman cristianos y que tienen una actitud de rechazo hacia ellos. Hacías la pregunta de cómo era posible dejar que estas personas se ahoguen en mar y después ir a misa a darse golpes de pecho, haciendo alusión a algunas situaciones que se han dado esta Semana Santa. Yo ampliaría esta interpelación a muchas personas que se declaran católicas -sacerdotes y obispos- que también muestran un rechazo, unas veces abierto y, en otras ocasiones, silencioso.

Antes de contestar, decirte, que acabamos de llegar un grupo de personas de los campos de refugiados en Grecia. Llevamos varios años yendo a compartir un trozo de vida con ellos y ellas. Nos hemos encontrados con mucha gente provenientes de Siria, Afganistán, Iraq, Nigeria, Sudán, Camerún, Sierra Leona, Somalia y Yemen, entre otros. Y siempre nos hemos encontrado gente que nos ha abierto su corazón. También su tienda de campaña o isobox y que te reciben con una sonrisa y la palabra welcome sin conocerte de nada. Y te invitan a un té, un café y si es próxima la hora de comer, te piden que compartas la mesa con ellos, en este caso, el suelo.

Esta gente te cuenta el motivo por el cual decidieron salir de su tierra, una tierra que nunca desearon abandonar -te dicen muchas veces con lágrimas que quieren morir en la tierra que les vio nacer-. Esos motivos no son otros que una guerra y una violencia donde la crueldad y lo despiadado no tiene límites: obligan a los padres a ver cómo violan a sus hijas y después las degüellan, le obligan a matarse entre ellos, los torturan sin piedad, los queman vivos, los fusilan con sus hijos pequeños y así un sinfín de atrocidades.

No se trata de ser morboso: es parte de la realidad de una guerra por intereses económicos y por obtener sus recursos naturales. Cuando alguien me discute que no tienen que venir, le digo que haría él si supiera que viene gente que va a matarle y violar a las mujeres y la respuesta, casi inmediata, es: “Salir corriendo”, de modo que le contesto: “Eso es lo que hacen”. ¡Qué cínico somos! Les despojamos de sus bienes, los explotamos, los matamos y les decimos que se queden allí, que no se les ocurra salir y que acepten la muerte y el dolor.

Perdona que te cuente estas experiencias, pero es que para mí muchas familias refugiadas son amigos y compañeros de vida. Los quiero y ellos nos quieren, tenemos el corazón roto y conmovido de ver gente con mucha dignidad que buscan como ellos mismo dicen una vida normal -"¿Es pedir mucho?”-. Son unos miserables los que provocan las guerras por intereses económicos. Todas las guerras son por riquezas: los que venden armas, entre ellos, España; los que niegan corredores humanitarios y los abocan a las mafias, mafias cuyos mandamases son gente adinerada -el mafioso no es que lleva la lancha motora, o el camión o el autobús con la gente hacinada-.

Cuestionabas en el programa MVT la actitud de partidos que dicen tener raíces cristianas. A raíz de la pregunta criticabas a esos partidos, a esos cristianos, a esos católicos que no fueran solidarios con el prójimo y cantaron el novio de la muerte ante el Cristo Crucificado.

Permíteme que conteste a esa pregunta y la respuesta es que, en efecto, prefieren que desaparezcan, que acepten su destino de muerte y sufrimiento, que no vengan a molestar o a incordiar, ya que cuando necesitemos su mano de obra, ya la cogeremos.

Claro que quieren que no lleguen y, en ese no llegar, está el morir en el camino. Ellos nos decían que mueren miles en los desiertos, en la tierra, muchos más que en el Mediterráneo, que se ha convertido en un mar de vida y muerte, de disfrute y de sufrimiento.

Esto no lo van a reconocer nunca y no dicen la verdad cuando dicen que el Aquarius ha provocado el efecto llamada porque, entre otras cosas, estos viajes duran como mínimo seis meses y ellos lo saben. Van a seguir viniendo porque la guerra por las riquezas va a continuar. China, por ejemplo, está comprando producción agrícola africana por 25 años.

No son cristianos, ni siquiera católicos. Yo no creo en ese Dios de la muerte que proclaman. Compran muchas voluntades clericales y episcopales. Por cierto, están muy enfadados con el Papa Francisco y quieren a Juan Pablo II quien, entre otras cosas, apoyó a los neoliberales y encubrió la pederastia en la Iglesia.

No creen en Dios, creen en el dinero. Han creado su becerro de oro. Los nuevos templos están en las bolsas, como Wall Street. Sólo creen en el dinero y utilizan a los refugiados, a los inmigrantes, a los empobrecidos para poner el foco de los problemas de Europa cuando las raíces de los verdaderos problemas sociales son la corrupción económica, financiera y política.

Cada vez estamos más cerca de que el 1% de la población concentre el 99% de las riquezas. El problema es que mucha gente cae en este discurso, lleno de falsedades, mentiras, manipulaciones y de odio. Ellos saben que la política del miedo, unida a la mentira da resultados. Por eso dicen esas falsedades de que nos invaden, de que hay millones preparados para venir, de que no tenemos capacidad para acoger, cuando todo indica lo contrario de lo que afirman.

Cantaban el novio de la muerte ante el Cristo Crucificado, como muy bien dices, y comparto tu crítica y le añado indignación porque, en efecto, son novios de la muerte: de la muerte de miles de personas que huyen de la guerra, personas que huyen porque no quieren que las bombas los maten, ni sufrir la violencia y la tortura, porque no quieren que tener que pedir a alguien que asfixie a su hijo para evitar el dolor y los gritos por estar herido sin atención médica y el único alivio es adelantar la muerte.

Son novios de la muerte porque participan en complicidad con las multinacionales  en desposeerles, insisto, de sus recursos, entre ellos, sus alimentos. Son novios de la muerte porque venden armas, porque apoyan la barbarie del Estado Islámico, que ha sido propiciado por Arabia Saudí, Estados Unidos e Israel.

Son novios de la muerte porque no quieren una sociedad justa y humana, sólo quieren ahogarse en riquezas. Son novios de la muerte porque están creando el odio, el rechazo y la intolerancia. Son novios de la muerte porque ha encerrado a miles de refugiados en campos -yo los llamo de concentración- en condiciones inhumanas. Son novios de la muerte porque ya hay niños en estos campos entre 4 y 6 años que han querido suicidarse. Son novios de la muerte porque como decía un refugiado: “Nos tratan como animales”. Habría que cambiar el ser novio de la muerte por el ser novio de la vida y de la dignidad.

Bueno, me despido ya. Aunque te conozco a través de los medios de comunicación, creo que compartimos “humanidad” con nuestras incoherencias y contradicciones. Son tiempos difíciles para la gente, para los Derechos Humanos, pero creo que hay que seguir por las sendas y los caminos de un horizonte de todos y todas, para todos y todas, con todos y todas.

Y antes de despedirme, decirte que antes de abandonar el campo de refugiados de Ritsona, dialogando con una familia musulmana, nos dijimos que cada uno desde su fe pediría por el otro y nos dijimos: “Habibi, my friend” (te quiero, mi amigo). Compartimos la fe y la vida. No es una guerra de religiones. Es una guerra, como todas, por la avaricia y la codicia.

Nunca es tarde para amar, luchar y soñar.

Un abrazo.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Carta a la madre por Navidades, desde el extranjero.

El siguiente texto es de una venezolana emigrante. Desconozco su nombre o cualquier otro dato suyo. Es una vivencia común a muchos que salieron de su país de origen en busca de mejores opciones de vida. Actual. Emotivo. Ajustado a muchos, venezolanos, colombianos, nicaragüenses...Y me sacó llanto y sollozos a raudales, pero no suficientes para tantas ausencias.

Mamá: Si las ganas de verte fuesen la moneda con la que pudiese pagar un viaje a mi país, hoy estuviese a tu lado, créeme. Pero estos son tiempos duros. Salí de Venezuela en busca de un mejor futuro para mí, para ti, para todos los que amo pero, aunque aquí vislumbro la esperanza que perdí en mi tierra, el camino es áspero, especialmente en estas fechas.Te extraño.  

En una nación en la que me señalan de robarles el trabajo a sus ciudadanos, en la cual a veces temo hablar y que se note mi acento, en la cual mi vida depende de los “permisos para…” y no tengo ningún “derecho a…”, me siento flotando, como si yo fuese un avión planeando en el cielo en espera por un permiso para aterrizar que no llega, aún cuando estoy cargada de toneladas de ganas de trabajar. Todos los espacios en este país están ocupados y extraño pertenecer; extraño mi hogar, y mi hogar eres tú.

Cuando te vas a otro país no sólo dejas lo que te ha pertenecido durante toda la vida, también dejas atrás todos los hábitos, los olores, las texturas, las voces que te han hecho la persona que eres. Por eso, por mucho que intenté, no me cupo en la maleta el olor que deja tu cabello ceniza en la almohada, y tres veces al día me doy cuenta de que la medida perfecta de sal y pimienta está entre las yemas de tus dedos, onduladas por las arrugas. El olor a mango maduro me evapora y me transporta de golpe a nuestro patio. 

Cuando llego a una casa en la que no me espera nadie, extraño el sonido lejano del televisor aireando tus novelas, señalándole a Dios a toda hora que no se olvide de nosotros: mi país lo necesita. Esos pequeños detalles me arrugan el alma…Mamá, cuando algo ha ido mal, me pregunto si todo no hubiese estado mejor si tú me hubieses lanzado esa mañana la dulce señal de la cruz que derramabas sobre mí todos los días desde el marco de la puerta. “Vaya con Dios, hija…”, decías. Y yo voy con Dios, mamá, pero también me hace falta ir contigo…Todos los días duelen, pero navidad duele aún más. 

Cuando te llamo, trato de que no se note demasiado lo mucho que los extraño. Anhelo escuchar a través del teléfono el tintineo de las bambalinas, y qué no diera por vivir la premura de todos en la casa por estar listos antes de las doce. Intento incansablemente experimentar a través de las fotos el contrastante sabor de la aceituna y la pasita en el pan de jamón, e imaginar que abro la nevera y la encuentro repleta de los tupperwares de los vecinos, llenos de arroz con leche y majarete. Mirando la pantalla del celular como un portal hacia mi país, hacia mi gente, rezo por que tu voz traspase la pantalla y me haga sentir que estoy allí, contigo, meneando el guiso de las hallacas, cambiando las bombillas de las luces de navidad que prenden hasta la mitad, y viendo el cielo cruzarse de estrellas fugaces que explotan y se revientan en colores cuando llega la medianoche en Venezuela.

Trato de ser fuerte porque más fuerte eres tú cuando te das cuenta de que por pura costumbre serviste un plato más y yo no estoy. Yo no llego. Más fuerte eres tú, mamá, cuando me prefieres lejos, aunque te duela. Me dices que tenga fuerzas, que esto es por mi futuro…pero, ¿y mi presente?, ¿y el abrazo que me perdí?, ¿no lo puedes envolver en papel periódico y enviarlo hasta aquí?, ¿no pueden aparecer aquí, todos, aunque sea sólo por un momento?.¿Cómo hago para que la llamada del 31 me haga sentir en casa, me acorte la distancia, me haga escuchar las gaitas de fondo, los cohetes del vecino, el bullicio de la gente?, ¿cuánta distancia debo recorrer arrastrando una maleta a las doce de la noche, para que se me cumpla el deseo de poder trasladar a mi gente, a mi hogar, hasta aquí?. Créeme, mamá, le daría la vuelta entera a este país arrastrando esa maleta si eso fuese posible…Pero éste es el destino que me tocó vivir. La época que nos tocó atestiguar. La circunstancia que a millones de venezolanos nos tocó superar. 

Si todos los venezolanos que estamos hoy fuera de nuestro país pudiésemos volver para comenzar el 2018 en nuestros hogares, estoy segura que el Cruz-Diez de Maiquetía se abarrotaría de más gente feliz que el Times Square de NY cuando desciende la bola de cristal y toca darse el beso de medianoche. Y, aunque claramente hay culpables, ya no hay alivio en señalarlos. No sirve de nada: sus rostros se hunden y se pierden en el dolor mayor que le han causado a millones de venezolanos. Y sé que, para los que no estamos allá, extrañar es un precio bajo… Perder, enterrar, ver morir en la cama de un hospital a alguien que amas, sí que es un precio alto…hasta lo indecible. 

Y con eso en mente intento decirme a mí misma que he perdido poco, que soy una de las afortunadas…pero, aún así, duele. Las madres siempre hablan de lo valioso que es presenciar los primeros años de vida de sus hijos, porque ellos hacen por primera vez todo. Como hija, tiemblo de miedo pidiéndole a Dios que, por ir en busca de un futuro mejor, yo no me esté perdiendo de disfrutar tus últimos años, tus últimas navidades, mamá. Es un pensamiento horrible, lo sé, pero en mi soledad toma fuerza. Sólo le pido a Dios y a la Chinita que me acompañen. Que Dios te haga fuerte, que me haga fuerte…que éste sea un mejor año para todos y que, aunque esté muy lejos, a las doce de la noche cuando suenen las campanas y mires al cielo, pienses en mí. Yo haré lo mismo, mamá. Cerraré los ojos y de golpe estaré frente a ti, correré a tus brazos para llenarte de besos y gritarte “Feliz Año, Mami. ¿Ya te he dicho que te amo?”.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Acercando orillas: De emigrantes y de Arcángeles


San Miguel Arcángel: 


Líbranos de aquellos
que vagan por la tierra
buscando la ruina
de nuestras almas.


(Oración medieval)
Santoral del día 29 de septiembre: Arcángeles Miguel (el defensor y protector), Gabriel (el anunciador) y Rafael (el acompañante). La tradición católica habla de ángeles y arcángeles (sí, parece que en el cielo también hay categorías y estratos), como unos seres mediadores entre la Divinidad y la Humanidad. Mensajeros y protectores de los mortales. Y muchas veces decimos que hay personas que son como ángeles, porque se aparecen de repente en nuestro camino, y nos libran de peligros, nos acompañan en el camino y nos anuncian buenas nuevas.

Tal día como hoy, hace exactamente 16 años, aterricé en Madrid-Barajas, desde la puta mierda la otra orilla del Atlántico, cargado de ilusiones, sueños, propósitos y metas. Mucho ha llovido desde entonces y mucho se me ha mojado el rostro y el alma. Muchas cargas se quedaron por el camino y distintos rumbos ha tomado el camino. Y siempre, siempre, he tenido al lado a esos ángeles de carne y hueso que con sus palabras, con su aliento, con su crítica, con su cariño, me han ayudado a sortear tantos precipicios y han compartido tantas alegrías. 

A veces hay que creer en las coincidencias, o en el karma, o en el destino. Uno emigra un día, aparentemente como otro cualquiera, porque había cupo en un avión o porque era viernes, y resulta que ese viaje no es como uno quiere, sino como debía ser. Y coincide con seres vivos y reales, con nombre de Arcángel y ojos azules; y también con un angelito de ojos verdes; con Amigos, humanos, simplemente humanos, leales, generosos; con angustias, tropiezos, desfallecimientos... que esos mismos humanos/divinos se encargan de ayudar a desaparecer e indicarte el camino. 

Y por eso no me arrepiento de haber emigrado, porque estoy seguro de que era (y es) el camino de mi aprendizaje vital, al menos hasta ahora. Porque había que acercar esas dos orillas para conocerlos, para sentir, amar y aprender. Y porque sé que a ambos lados del océano y arriba en la esfera celestial, cuento con los suficientes seres alados y humanos para andar seguro por el mundo.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Un Salón Erótico en un país hipócrita

Spot del Salón Erótico de Barcelona Apricots que se celebra del 6 al 9 de octubre. 
Pavelló Olímpic Vall d'Hebrón.
Video by http://www.vimema.com



Contando con la colaboración de la mediática actriz Amarna Miller, el spot del Salón Erótico de Barcelona para su edición 2016 ilustra con varios cuadros meticulosamente trabajados a nivel visual y conceptual las muchas caras de la hipocresía en este país, las contradicciones en las que vivimos inmersos sin ni siquiera darnos cuenta (o sí...). La doble moral y la falta de escrúpulos campan a sus anchas en el suelo PATRIO.

Idea original y producción: VIMEMA.com
Dirección: Carles Valdés
Copywrite: Alba Sastre
Locución y protagonista: Amarna Miller
DoP: Sergi Canyellas
Foquista: Lluís Ferrer
Concept Art: Joëlle Carreño
Producción y guión: Alba Sastre, Julio Luque, Pere Gimenez, Nona Codina, Jesús Pece, Albert Grabuleda
Arte: Judit Ferrer
Eléctricos: Boris Favereau, Pablo Aybar
Maquillaje: Victor Aragón, Eva Gutierrez
Vestuario: Carlos Olivares
Animación: Berberecho Productions
Agradecimiento: Família Carreño Andreu, Adrián Fernandez

miércoles, 29 de junio de 2016