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miércoles, 29 de julio de 2026

Compañías invisibles

Hoy amaneció lloviendo. La casa todavía estaba envuelta en ese silencio suave, que sólo conocen las mañanas de lluvia. La cafetera comenzó a cantar en la cocina. Las plantas del jardín brillaban cubiertas de pequeñas gotas como si alguien hubiera pasado la noche colgándoles diminutos espejos.

Y yo, con la taza tibia entre las manos, sentí que estaba entrando en uno de esos días que no tienen prisa por llegar a ninguna parte…

Fue entonces cuando aparecieron. No los vi. Pero allí estaban. Los reconocí por la forma en que el alma se acomoda cuando ciertas compañías llegan.

García Márquez se sentó junto a las bugambilias y convirtió la niebla de la mañana, en algo parecido a un hechizo. Benedetti caminó despacio por la cocina, dejando palabras sencillas sobre la mesa, como quien deja pan recién horneado. Cortázar abrió una ventana invisible y permitió que entraran todos los mundos posibles. Y Sabines… Sabines se quedó observando la lluvia. Sin decir nada. Porque hay silencios que también escriben poesía.

Más tarde llegaron los pintores. Monet se entretuvo contemplando el jardín mojado. Parecía feliz viendo cómo la luz cambiaba de color sobre los pétalos empapados. Van Gogh se robó un pedazo de cielo gris y lo llenó de movimiento. Hasta las nubes parecían respirar. Frida apareció entre las macetas. Firme. Hermosa. Indomable. Como esas flores que siguen creciendo, aunque el viento intente doblarlas.

Y mientras el día avanzaba, la música comenzó a recorrer los pasillos. Serrat acomodó recuerdos sobre las repisas. Silvio llenó los rincones de preguntas. Y Sabina… Sabina convirtió la lluvia en una vieja historia, que daba gusto escuchar otra vez.

Entonces comprendí algo, que tal vez la riqueza de una vida no se mide por lo que poseemos. Tal vez se mide por todas las bellezas que hemos permitido entrar. Los libros que nos cambiaron. Las canciones que nos rescataron. Los cuadros que nos enseñaron a mirar. Las palabras que llegaron justo cuando más las necesitábamos. Porque después de tantos años, todos ellos viven aquí. En mis gestos. En mi forma de contemplar una flor. En la manera en que observo el cielo. En la costumbre de emocionarme todavía, cuando la lluvia toca las ventanas.

Y mientras terminaba mi café, entendí que nunca he estado solo. Llevo una pequeña biblioteca en el alma. Un museo entero en la memoria. Y una colección de canciones, haciendo guardia junto al corazón.

¡Qué maravilla, llegar a cierta edad y descubrir que la vida, además de años, también nos regala compañías invisibles! Esa que aparece en las mañanas lluviosas, se sienta a nuestro lado, y nos recuerda, sin decir una sola palabra, todo lo hermoso que hemos vivido…


Milka Magtorre

lunes, 27 de julio de 2026

Los caminos del tiempo

Por: José Luis Ricchetti. Escritor brasileño. 


Hay un silencio que llega con los años, y no es sólo la ausencia de ruido, sino la suave transición entre lo que éramos y lo que nos hemos convertido. A los 65 años, empiezas a sentir la sutileza del desapego. La sala que alguna vez palpitó con tus ideas ahora parece llena de voces que ya no piden tu opinión. No es un rechazo, es el ritmo de vida. Es entonces cuando aprendemos que nuestra contribución no está en el presente inmediato, sino en las huellas que dejamos en los corazones y las mentes a lo largo del camino, te das cuenta de que el mundo empresarial, que alguna vez fue tan vital, está en constante cambio. Él te sigue, indiferente a lo que hiciste o no hiciste. No es una derrota, es una liberación. Este es el momento de mirarte a ti mismo, despojarte de tu ego y revestirte de serenidad. Ya no se trata de demostrar, sino de enseñar, compartir, vivir. El verdadero logro no es lo que presumes, sino lo que inspiras.

A los 70 la sociedad parece olvidarte, pero lo que ocurre es que llegaste a otro estado del ser. Quizás sea sólo una invitación a reevaluar lo que realmente importa. Los jóvenes no te reconocerán por lo que eras, y eso es una bendición disfrazada: ahora puedes ser quien eres. Sin máscaras, sin títulos, sólo la esencia. Los viejos amigos, aquellos que no preguntan “quién eras” sino “cómo estás”, se convierten en joyas preciosas, diamantes que brillan en el ocaso de la vida.

Y luego, a los 80 ó 90 años, es la familia la que, en las prisas, se aleja un poco más. Pero ahí es donde la sabiduría nos abraza con fuerza. Entendemos que el amor no es posesión: es libertad. Tus hijos, tus nietos, siguen sus vidas, como tú seguiste la tuya. La distancia física no disminuye el afecto, pero enseña que el verdadero amor es generoso, no exigente.

Cuando la Tierra finalmente nos llame, no hay motivo para temer. Es el último baile de un ciclo natural, el cierre de un capítulo escrito con sudor, lágrimas, risas y recuerdos. Pero lo que queda, lo que nunca será realmente eliminado, son las marcas que dejamos en las almas que tocamos.

Por eso, mientras haya aliento, energía, mientras el corazón lata constantemente, vivamos intensamente. Abraza los encuentros, ríe a carcajadas, disfruta de los placeres simples y complejos de la vida; simplemente, ama. Cultiva tus amistades como quien cuida un jardín. Porque, al final, lo que queda no son los logros, ni los títulos, ni los aplausos. Lo que queda son los vínculos, los momentos compartidos, la luz que difundimos.

Sé luz, sé presencia y tendrás eternidad.

lunes, 18 de mayo de 2026

¿Cremación o entierro?

El Confidencial, 14 de mayo, 2026


El debate entre inhumación y cremación en España está más dividido que nunca. Según la Asociación Nacional de Servicios Funerarios (Panasef), el 2024 fue el primer año en el que las cremaciones superaron a los entierros, con un 50,11% del total. Una tendencia que también se manifiesta en Estados Unidos y que ha llevado a Neil deGrasse Tyson a dar su opinión y su preferencia personal. Como siempre, desde un punto de vista científico, curioso y divulgativo. El astrofísico estadounidense, conocido por su capacidad para convertir conceptos complejos en ideas accesibles, abordó esta cuestión en su programa StarTalk. Su planteamiento no parte de una creencia espiritual, sino de una lectura física del cuerpo humano tras la muerte y del destino de la energía contenida en sus moléculas.

Neil deGrasse Tyson explicó que, una vez fallecida una persona, la sociedad moderna suele ofrecer dos opciones principales: ser enterrado o ser incinerado. A partir de ahí, defendió su preferencia personal por la inhumación, al considerar que permite devolver al entorno parte de lo que el cuerpo acumuló durante la vida.

La energía del cuerpo

“Al morir tienes básicamente dos opciones en la sociedad moderna”, señaló Neil deGrasse Tyson. “Puedes ser enterrado. Esa es mi elección para que el contenido energético de mi cuerpo, es decir, las moléculas que se construyeron durante toda mi vida comiendo, haciendo ejercicio y formando órganos, músculos y otros tejidos, vuelva a la Tierra.
Al morir, esas moléculas todavía contienen energía”.

Desde esa perspectiva, el entierro no se presenta solo como un rito funerario, sino como un proceso biológico. "Si me entierran y me descompongo, toda esa energía es absorbida por microbios. Por la flora y la fauna que se alimentan de mi cuerpo, igual que yo me he alimentado de flora y fauna durante toda mi vida. De esa manera, devuelvo algo a la Tierra", añadió.

La idea conecta con una visión muy material de la muerte: el organismo deja de funcionar, pero sus componentes no desaparecen. La descomposición permite que bacterias, hongos y otros seres vivos intervengan en la transformación del cuerpo, aunque el ritmo puede variar mucho si antes se han aplicado técnicas funerarias como el embalsamamiento.

Viajar a Alfa Centauri

La cremación, en cambio, ofrece para deGrasse Tyson una imagen cósmica. "Si te incineran, el contenido energético de esas moléculas no desaparece, sino que se transfiere al calor", afirmó. Esa energía, explicó, se emite después como radiación infrarroja y avanza por el espacio a la velocidad de la luz.

De ahí surge su reflexión más llamativa: “Después de que alguien haya sido incinerado, es posible hacer una cronología. ¿Hasta dónde ha llegado ya su energía radiante? Si fue incinerado hace cuatro años, habría llegado al sistema estelar más cercano, Alfa Centauri. Así que, de alguna manera, sigues formando parte del universo, solo que de otra forma”.

viernes, 15 de mayo de 2026

Y usted, ¿Cuál banc@ necesita?

Conste que me agreden visualmente los grafitis en el mobiliario urbano. Que no me gustan los carteles sobre más carteles en postes, cajones de sistemas de semaforización o en las esculturas. Ni los que tienen que dejar su nombre en cada centímetro de las paredes, demostrando sus carencias de identidad o aceptación. Pero estas frases que he ido descubriendo en los bancos del Canal y del Parque Grande de Zaragoza son otra historia. Un poco de filosofía espontánea que invita a sentarse ahí mismo y pensar, reflexionar, conversar o... rascarse los h... 














martes, 21 de abril de 2026

La cultura del odio

Este texto del colombiano Mario Mendoza es todo un señalamiento a nuestra sociedad actual. Cabría decir: "El que esté libre de culpa, que tire la primera piedra".  Merece tomarse un respiro para escuchar este post y reflexionar... ¡Y actuar!

miércoles, 25 de marzo de 2026

Refugio Antiaéreo


Manuel Vicent. 

El País, 22 de marzo, 20026


El primer recuerdo que guardo de mi llegada a este mundo es el del sonido denso y profundo de un bombardeo, unido al de una plegaria que salía de la oscuridad de aquel refugio antiaéreo implorando piedad al Dios de los Ejércitos. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, líbranos, Señor, de todo mal, rezaba una voz dolorida de mujer. Era hacia el final de la Guerra Civil. Tenía yo poco más de dos años e imagino que en algún bulbo del cerebro esos sonidos de las bombas y las plegarias quedaron para siempre unidos con el rumor del oleaje del mar y del sol radiante de una incipiente primavera, sensaciones que llevo siempre aparejadas. Puede que este hecho haya dañado mi subconsciente, de forma que ahora cuando contemplo las imágenes de tanta crueldad y miseria en los telediarios me parece todo tan natural como inexorable. 

Desde entonces pienso que van siempre unidos la muerte y la vida, el bien y el mal, la naturaleza y la historia, el heroísmo y la villanía, los hombres matándose y los pájaros cantando, los niños muriendo y las flores perfumando el aire, las ratas felices saliendo de las alcantarillas a tomar el sol entre los escombros y la brisa moviendo los álamos, el mundo a punto de partirse en cuatro pedazos y los amantes besándose, la gente llenando los bares y los profetas son saber nada del mañana. 

Pero en medio de tanta confusión nadie ha podido impedir que llegara la primavera a este hemisferio donde un ser diabólico de orejas puntiagudas ha enamorado al errático amo del imperio que se divierte soltando hierros por todas partes. Se equivoca quien piense que hasta aquí nunca llegarán los misiles; de hecho, aunque caigan muy lejos, los misiles estallan en el cerebro de cada ciudadano con esa carga de odio y miedo que destruye los pilares en que se sustentaban los viejos ideales y certezas, de modo que si alguien quiere estar a salvo deberá buscarse su propio refugio antiaéreo. Por mi parte me voy a refugiar bajo la primavera recién llegada. 

martes, 24 de marzo de 2026

No se te rompió el WhatsApp

Descubrí a este filósofo-poeta por casualidad. Y es para no parar de ver sus cortas reflexiones sobre la vida, pero lo mejor es verlas racionadas, para meditar, pensar y actuar. Para la muestra este excelente comentario sobre el moderno y esclavizante WhatsApp. Puedes encontrarlo en Instagram (no tengo) y en Youtube. ¡Recomendado!

martes, 17 de marzo de 2026

Cartas sobre la vida

 

"La vida, con el paso de los años, te enseña qué es realmente importante: tenerte a ti mismo y rodearte de personas que te quieran, te valoren y te respeten. Porque de nada sirve la riqueza si no tienes con quién compartirla. Tenerse a uno mismo significa mantener los pies sobre la tierra; estar orgulloso de tus logros, ya sean grandes o pequeños; no compararte con nadie y sentir satisfacción cada vez que te miras al espejo. Significa ser dueño de tus propias decisiones y no dejar espacio a influencias que te alejen de quien realmente eres. En cuanto a las personas, lo verdaderamente valioso es tener cerca a quienes se alegran de tus logros; a quienes son felices al ver tu felicidad y la sienten como si fuera propia. Porque en la vida no todo amigo es amigo, ni toda familia es familia. Tener a esas pocas personas que sabes que lo darían todo por ti es una bendición. Saber que, pase lo que pase, nunca caminarás solo; que alguien estará contigo en la tristeza, en las caídas y en la enfermedad. Eso es lo realmente importante: el verdadero lujo de la vida. No todo lo superficial, que, tantas veces, nos aleja de la verdadera esencia del ser humano."


Ikeli O´Farrell, el escritor.

lunes, 16 de febrero de 2026

Un poco de felicidad


Manuel Vicent

El País, España


La primera regla para ser feliz consiste en no desear  ser el primero en nada.

A esta edad todavía aspiro a conseguir ciertas cosas, que a mi juicio se parecen mucho a la felicidad; por ejemplo, que me siga sentando bien lo que como cada día, que mi fisiología funcione correctamente en el cuarto de baño y aprovechando que estoy allí mirarme al espejo sin despreciarme; dormir con la seguridad de que mañana ningún acreedor llamará al timbre de mi puerta; llenar los insomnios con mis aventuras de niño o de chaval como aquella vez que en la escuela gané el primer premio en un concurso de cazadores de moscas al vuelo por lo que recibí los primeros aplausos de mi vida que todavía resuenan en mis oídos; también intento alcanzar un momento de felicidad cuando, despierto al amanecer, alargo la pierna hacia ese lado fresco de la cama y luego cambio el dial de la radio, dejo que la actualidad se vaya por el sumidero de la historia y que una sonata de Scarlatti me permita seguir soñando.

A estas alturas todavía aspiro a ponerme los calcetines sin gemir, a levantarme del sillón de golpe sin tener que acompañarlo con una blasfemia o una jaculatoria. He leído en alguna parte que un caballo muy sano vive más o menos alrededor de 30 años y que la vida de una persona longeva se compone de los tres caballos que uno lleva dentro; con el primero se va al galope, con el segundo se avanza al trote, con el tercero, que es mi caso, uno camina al paso. La primera regla de la felicidad consiste en no desear ser el primero en nada. Tarde o temprano con pasos cortos todo el mundo llega a su propia meta, pero hay que mirar dónde pones los pies para no pisar ningún charco.

La felicidad es un ideal de la imaginación”, dice Kant. Desde los presocráticos todos los filósofos y moralistas han tratado de dar respuesta a esta aspiración humana de ser feliz. A mi juicio, Schopenhauer ha dado tajantemente en el clavo. Dijo: “La felicidad consiste en no tener envidia”. Que ese vicio cruel e implacable no me ataque es la plegaria que elevo a los dioses todos los días.

martes, 10 de febrero de 2026

Momentos de eternidad

Muchas veces, en la vida terrena sentimos momentos de eternidad. Escuché el concepto esta semana de boca de una entrañable amiga de la adolescencia. Momento de eternidad es encontrarse y revivir historias de hace 50 años. Como lo es también ese concierto de música cubana al piano que te hace sentir a tu madre bailando cerquita, aunque ella ya esté en su eternidad definitiva.

Quizás no somos conscientes de esos momentos de eternidad que vivimos con frecuencia. Una cena entre amigos, la tertulia en el bar después de una sesión de cine.  Aquel beso robado -disimulado con las cervezas- en la ventana de una licorera de barrio. La escapada de casa para una clandestina celebración amorosa. Salir a ligar bailar con los colegas. Leer las viejas cartas de alumnos agradecidos por lo que aprendieron de uno. Una noche de eclipse lunar y de estrellas fugaces a la orilla de una playa virgen del Caribe. Un amanecer en cualquier parte. La sorpresa del cielo rabiosamente azul de Zaragoza. El verde de los Andes colombianos, las montañas de Medellín asomándose a la ventana. La canción que alguien te canta sólo para ti. 

Momentos de eternidad: una canción, una pintura, una fotografía o una escultura que te hacen asomar sonrisas o saltar las lágrimas. Una llamada inesperada. Una cara que habías olvidado y te la vuelves a encontrar. Que te den las diez y las once y las doce... Un te quiero a cualquier hora, sin saber por qué razón. Una copa de vino maridada con palabras dulces, sencillas y tiernas. Dos en una nochebuena. Un abrazo que te estruja el corazón. Una mirada azul o verde o marrón que brilla como su alma y te calienta el espíritu. 

Puede que no sean muchos minutos. Pero son eternos. Algo así como adelantos al concepto tradicional de la eternidad. Mientras llega la definitiva, la intangible, la desconocida, aprovechemos los que tenemos aquí y ahora. 

Gracias,
Vicky, por esta lección.
 

viernes, 30 de enero de 2026

Caliche


Años sin saber de él.

Pero en este mundo hipercomunicado no falta quien te informe novedades de personas de nuestro pasado, a las que casi no recordabas. -Te tengo una triste noticia, decía el mensaje de whatsapp. Pensé en cualquier otra persona, pero no, adjuntan esta fotografía de su esquela. Y uno se queda sin palabras, con emociones congeladas, con el cerebro en colapso.

Lo conocí a mediados de nuestras segundas décadas de vida.  Caliche era  un hombre muy luchador, un valiente que trabajaba más de la cuenta en una oficina bancaria y compaginaba el trabajo con sus estudios de derecho. Antes de las 6 de la mañana estaba en el aula y después de la jornada laboral empataba con más clases hasta las 10 de la noche. Sus fines de semana no se permitía más de dos horas de "ocio", porque se dedicaba a estudiar y estudiar. 

Pasamos algunos años juntos, compartimos amigos, risas, lecturas, emociones, migrañas, psicóloga y un fallido negocio de copas. Por razones que no viene al caso mencionar ni recordar, nuestros caminos se separaron. Solo una vez coincidimos por azar en una calle y no pasamos de un frio y educado "¿Cómo le va?", sin detener nuestros pasos. Sin rencores, sólo que la ruta en común la habíamos dado por finalizada. Pero siempre lamenté que se hubiera sentido herido por mi, aunque no fuese mi intención.

Por el maldito bendito internet, supe de sus logros, de sus ascensos en la carrera, de sus cátedras como docente y de su ejercicio de la abogacía. Y me alegró mucho. Por mi manía de guardar recuerdos escritos en papeles, aún tengo en una carpeta una de las cartas que me escribió. Alguna vez la he ojeado, disfrutando su letra, la intensidad de sus emociones y me pone una sonrisa tímida en la cara.

Aún no se ha demostrado aquello de que quienes han sido parte de nuestras vidas se despiden de alguna manera de nosotros. Pero no hace muchos días lo percibí hablándome de su abuela y de su tía y nos reíamos. Y ayer me cuentan de su partida al Cielo y sentí que debía escribir este post en su memoria. 

Descansa en paz, Caliche. En mi memoria y en la de todos aquellos que compartieron tu senda queda lo enseñaste y sembraste en el alma.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Aburrimiento, rutina y pequeñas frustaciones

Transcribo unos párrafos del discurso de graduación pronunciado por David Foster Wallace en la Universidad de Kenyon en 2005. Se ha publicado y reeditado muchas veces, bajo el título Esto es agua.



"Resulta que hay partes enormes de la vida adulta americana de las que nadie habla en los discursos de las ceremonias de graduación. Y una de esas partes incluye el aburrimiento, la rutina y las pequeñas frustraciones. (...) Por poner un ejemplo, digamos que hoy es un día normal de tu vida adulta, y que tú te levantas por la mañana y te vas a tu nada fácil trabajo de oficina de persona con estudios universitarios, y allí trabajas duro durante nueve o diez horas, y estás estresado, y lo único que quieres es irte a casa y cenar bien y tal vez relajarte un par de horas y después irte a la cama temprano porque al día siguiente hay que levantarse y volver a hacerlo todo otra vez.

Pero entonces te acuerdas de que en casa no hay comida, de que esta semana no has tenido tiempo de hacer la compra por culpa de ese trabajo nada fácil, así que después del trabajo tienes que meterte en el coche e ir al supermercado. Es la hora en que la gente vuelve del trabajo y hay mucho tráfico, así que tardas mucho más de lo que deberías en llegar al supermercado, y cuando por fin llegas, te encuentras el supermercado lleno de gente, ya que, por supuesto, es esa hora del día en que toda la demás gente que trabaja también intenta encontrar un momento para hacer la compra, y la tienda está iluminada con una luz fluorescente y repulsiva, y bañada con ese hilo musical que te mata el alma o  en música corporativa, y viene a ser el último lugar donde de apetece estar, pero te resulta imposible entrar y salir de prisa.

Te ves obligado a pasearte por todos y cada uno de los pasillos alborotados de esa tienda enorme e inundada de luz para encontrar las cosas que quieres, y tienes que maniobrar con un destartalado carro de la compra para esquivar a toda la demás gente cansada y apresurada que también empuja carros de la compra, y por supuesto están también los ancianos glaciarmente lentos y la gente que está en Babia y los niños con déficit de atención que obstruyen el pasillo, y tú tienes que aguantarte y tratar de ser educado cuando les pides que te dejen pasar, y por fin, de una santa vez, consigues todo lo que necesitas para la cena, pero ahora resulta que no hay suficientes cajas registradoras abiertas pese al hecho de que es la hora punta final del día, así que la cola para pagar es increíblemente larga. Lo cual es estúpido y exasperante, y sin embargo uno no puede desahogar su furia con la señora que está trabajando frenéticamente en la caja registradora, que ya está trabajando más que lo que debe en un puesto cuyo tedio diario y cuya falta de sentido sobrepasan la imaginación (...) Pero bueno, llega tu turno en la cola de la caja registradora y pagas tu comida, y esperas a que una máquina compruebe la autenticidad de tu tarjeta y a que te deseen "que tenga un buen día" con una voz que es sin lugar a dudas la misma voz de la muerte.

Y después tienes que meter esas repulsivas y endebles bolsas de la compra llenas de comida en ese carro con una rueda descoyuntada que no pasa de desviarse hacia la izquierda, cruzar todo el aparcamiento abarrotado, lleno de baches y de basura tirada por el suelo, y tratar de cargar las bolsas en el coche de manera que no se caiga todo de las bolsas y ruede por el maletero camino a casa, y luego hay que hacer todo el trayecto en coche hasta casa en pleno tráfico de hora punta, lento, tortuoso y lleno de monovolúmenes, etcétera, etcétera.

(...)

David Foster Wallace
La cuestión es que es precisamente en esas chorradas nimias y frustrantes como la que os acabo de contar donde entra en juego la tarea de elegir. 

Porque los atascos de tráfico y los pasillos abarrotados y las largas colas para llegar a la caja registradora me dan tiempo para pensar, y si no llevo a cabo una decisión consciente de cómo debo pensar y a qué debo prestar atención, voy a estar triste y cabreado cada vez que tenga que ir a comprar comida, porque mi configuración natural por defecto me dice que en esa clase de situaciones lo importante soy yo, mi hambre y mi cansancio y mis ganas de llegar de una vez a casa, y me va a dar toda la impresión de que todos los demás me estorban, ¿y quién coño es toda esa gente que me estorba?

(...)

En medio de todo ese tráfico, de todos esos vehículos atascados y marchando al ralentí que obstruyen mi avance: no es imposible que alguna que alguna de esa gente que va en los monovolúmenes haya sufrido accidentes espantosos en el pasado y ahora conducir les resulte tan traumático que su psiquiatra prácticamente les ha ordenado que se compren un monovolumen bien enorme y pesado para que puedan sentirse seguros conduciendo; o bien que el cuatro por cuatro que me acaba de cortar el paso tal vez tenga al volante a un padre cuyo hijito va herido o enfermo en el asiento de al lado, y que ahora está intentando llegar cuanto antes al hospital, y tenga una prisa muchísimo mayor y más legítima que la mía: que en realidad sea yo quien le está obstruyendo el avance a él

O bien puedo elegir obligarme a tener en cuenta que lo más probable es que toda la gente que hay conmigo en la cola para pagar en el supermercado se encuentre igual de aburrida y frustrada que yo, y que alguna de esa gente en realidad tenga unas vidas que en conjunto sean mucho más duras, más tediosas o más dolorosas que la mía.

Etcétera."

jueves, 4 de diciembre de 2025

La columna de David Uclés antes de su intervención de corazón: ‘Entiérrenme en una cuneta’

Publico este artículo (El País, 26 de noviembre de 2025) a las puertas del quirófano y, aunque no espero morirme, aprovecho la tensión para elaborar unos últimos deseos




Ahora mismo me están rajando el corazón. He publicado este artículo hace un par de minutos, a las puertas del quirófano. Después de varios años despertándome de madrugada con el corazón fibrilando, mis cardiólogos decidieron por mí y me están quemando las venas pulmonares. Al parecer, en tres horas me habrán dejado el corazón bien niquelado, humeante y firme. ¡Qué cosas!

Aprovecharé ese estadio entre la vida y la muerte para reunirme con algunos de los personajes literarios que maté inmisericordiosamente: Emilio, Octubre, Odisto… Y abrazaré el aire buscando a Martina mientras el narrador nos pone de fondo Iris, de Wim Mertens. No tendré tiempo de ver a nadie más, salvo a alguno de mis abuelos y a Saramago. Le comunicaré que quiero ir a Lisboa a tatuarme su perfil en el costado derecho, y que espero que Pilar me acompañe y me dé la mano, pues no me gustan mucho las agujas —y eso que ahora mismo, según intuyo, una muy larga está atravesándome el septo: la pared central y poética del corazón—.

A decir verdad, no tengo previsto morirme, y es casi imposible que esto suceda hoy. Soy muy dramático. Pero como espero no tener que verme en otro quirófano a corto plazo, tengo que aprovechar esta tensión y elaborar unos últimos deseos, no vaya a ser que, de tanto horadarme las paredes del corazón, los alambres me liberen la vida. Os desgajo el testamento:

  • Deseo que envuelvan mi ataúd con la bandera de España que Sonia Monroy utilizó de vestido para ir a la gala de los Oscar hace 10 años.  
  • Deseo que Juan Cruz escriba mi obituario. Me cae demasiado bien.
  • Deseo que mis libros sean distribuidos en pueblos de la España vaciada. Mis camisas, que se las den a Jordi Évole. Y el espejo que uso para quitarme el entrecejo, que lo envuelvan en un paño de terciopelo y se lo entreguen a Santiago Abascal; a ver si, con suerte, logra verse en el reflejo y reconoce, de forma nítida y contundente, como siempre señala Ian Gibson, que sus rasgos son árabes.
  • Deseo que el funeral se celebre en la catedral de la Almudena y que acudan más invitados que a la boda de la hija de Aznar. Pero que no venga la hija de Aznar. Ni Aznar, porfi.
  • Deseo que con mis ahorros construyan una maqueta de la ciudad de Madrid con fruta y se la entreguen a Ayuso veinte días después, cuando la putrefacción sea tal que no quede ni una sola pieza habitable por ningún insecto. Deduzco cuál será la solución de la presidenta: contratará unos buitres hambrientos, sin fondo, para que la devoren.
  • Deseo que le entreguéis mi acordeón a Silvia Abril.
  • Por último, la única voluntad firme y seria de todas: si muero, no quiero que me entierren en un cementerio. Quiero que lo hagan en cualquier cuneta del país, y a medianoche, para que nadie sepa en cuál “descanso”.

Ya que, como pueblo, no hemos conseguido que los cuerpos de nuestros familiares acaben con dignidad en un cementerio, lo mismo es más fácil sacralizar todas las cunetas del país. Despojarlas de deshonra y vergüenza. Y llenarlas de flores, tal como hace la propia tierra desde el siglo pasado. ¿Acaso nunca os preguntasteis por qué nacen jaramagos y retamas en el cemento duro e inorgánico de los bordes de las carreteras? La propia naturaleza hace el trabajo que nosotros no queremos hacer. Y honra, y se muestra así más humana que nosotros.

Que conste en acta.

¡Ah! Y no hace falta que recéis por mí. Ya lo hace Rosalía por todos.

Os quiero.

D.


David U

miércoles, 3 de diciembre de 2025

El Tiempo

 

El Tiempo

Manuel Vicent

El País


El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada. Después de Reyes, un día notarás que la luz dorada de la tarde se demora en la pared de enfrente y apenas te des cuenta será primavera. Ajenos a ti en algunos valles florecerán los cerezos y en la ciudad habrá otros maniquíes en los escaparates. Una mañana radiante, camino del trabajo, puede que sientas una pulsión en la sangre cuando te cruces en la acera con un cuerpo juvenil que estalla por las costuras, y un atardecer con olor a paja quemada oirás que canta el cuclillo y a las fruterías habrán llegado las cerezas, las fresas y los melocotones y sin saber por qué ya será verano. De pronto te sorprenderás a ti mismo rodeado de niños cargando la sombrilla, el flotador y las sillas plegables en el coche para cumplir con el rito de olvidarte del jefe y de los compañeros de la oficina, pero el gran atasco de regreso a la ciudad será la señal de que las vacaciones han terminado y de la playa te llevarás el recuerdo de un sol que no podrás distinguir del sol del año pasado. El bronceado permanecerá un mes en tu piel y una tarde descubrirás que la pared de enfrente oscurece antes de hora. Enseguida volverán los anuncios de turrones, sonará el primer villancico y será otra vez Navidad. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama. 

No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. 

Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño.


lunes, 14 de abril de 2025

¡No desperdicies el milagro de estar vivo!


Nadie nos avisa cuándo será la última vez. 

No hay campana que suene, ni voz que advierta: "Esta es la última sonrisa que verás de él." Simplemente pasa… y uno sigue caminando cuando en realidad, la vida es un suspiro disfrazado de rutina. 

Hoy podrías estar viviendo el último café con tu madre, el último abrazo de tu hijo sin prisas, la última carcajada con ese amigo. 

Hasta que ya no está.

Y no lo sabes. 

Y no lo piensas. 

Y no lo agradeces. 

La costumbre nos anestesia. Y sin darnos cuenta, vamos tachando instantes que jamás volverán, como si tuviéramos repuestos de alma o tiempo en el cajón. 

Hoy estás usando por última vez ciertas palabras, recorriendo por última vez ciertas calles, mirando por última vez ciertos ojos. Pero sigues aplazando besos, posponiendo abrazos, guardando "te amos" para un momento más especial que tal vez nunca llegue.

Nos enseñaron a coleccionar cosas, pero no momentos. A trabajar por futuro, pero no a detenernos en el ahora. A planear el viaje pero no a saborear el trayecto. 

Y es que nadie piensa que lo cotidiano es, en realidad, sagrado. 

La vida no avisa. Solo arranca páginas. Y tú decides si las llenas con presencia o con excusas. 

Así que vive… Como si cada paso fuera la última danza, como si cada palabra fuera testamento, como si cada mirada fuera despedida y cada instante, un regalo que alguien más no tuvo.  

No esperes más a que la ausencia te recuerde que cada instante que pasa son las últimas veces de algo... No desperdicies más en la queja, la culpa o el vacío las últimas veces de amar a los que están y hacerles sentir el amor. 

Tú estás vivo... No desperdicies el milagro.  


Fernando D'Sandi.

domingo, 5 de mayo de 2024

El amigo imaginario de mi madre.

Relato de Pablo Castignani



Dicen que los niños suelen tener amigos imaginarios. Dicen también que algunos ancianos llegan a comportarse como niños. Mi madre ya muy ancianita, era como una niña, amable, tierna y cariñosa, por esa misma razón, siempre creí que ella había inventado a un amigo imaginario.

Desde que sufrió aquella caída y se fracturó la cadera, mi madre ya no fue la misma. Por su fortaleza y ánimo de vivir, logró caminar un mes después, pero apoyada en ese tipo de bordón de cuatro patas. La mayor parte del tiempo se la pasaba en su cama, mirando televisión o bordando.

Madre de ocho hijos, todos ausentes. Tuve que sacrificar mi trabajo y familia para estar con ella por temporadas. Yo era el único de los ocho que podía hacerse cargo de ella. Esos tres años viajé constantemente desde Mexicali a Zacatecas.

En uno de esos viajes, me encontré con una sorpresa. La visitaba todos los días un niño.

-Ah, vaya, ¿Así que te visita un niño?, le pregunté divertido.

-Sí, viene todos los días a que le cuente cuentos, me dijo mi madre emocionada. Mi madre había sido una excelente contadora de cuentos.

- ¿Y cómo se llama tu niño?

- Ah, pues no sé. No le he preguntado. Pero al rato que venga le pregunto.

Me platicó que es rubio y muy bonito. Siempre llega corriendo, sonriendo y salta a la cama donde está acostada. A veces le esconde los hilos de su costura o sus cigarros. Es porque quiere que le cuente un cuento. Cuando ella come, siempre le pide, dame, dame, dame…por eso ella come bien, porque nunca come sola. Cuando se duermen, se abrazan mutuamente y ella ya no siente frío porque el cuerpecito de su niño le brinda calor. Ambos se dan mucho cariño.

Por la tarde me dijo mi madre.

-Hace rato que vino mi niño, le pregunté cómo se llama. Me dijo que Emanuel.

-Muy bien por Manuelito ¿Y ahora en dónde está?

-Pues mira. Aquí lo tengo, bien dormidito, mira que chulo se ve. Tenía su cobija arropándolo, según ella.

-Ah, vaya, sí que está hermoso, le dije siguiéndole el juego. ¿Cuál cuento le contaste?

-Torcuato y Canuto. Ese también era tu favorito, ¿te acuerdas?

-Sí madre, cómo olvidarlo. Bueno, ahora yo te voy a leer otro capítulo de Las rosas no aprenden geografía. Todas las tardes le leía.

-Muy bien, te quedaste en donde el profesor Mario Luján por fin se va a enfrentar a Ramiro, el comisario, en un duelo de dominó; bien que le da lata siempre que jueguen, a ver quién gana.

Y le leí en voz baja para no despertar a su niño. Ese niño que en su imaginación, vino a suplir a todos los hijos ingratos que no la acompañaron cuando más los necesitaba.

Pero ¡el ángel de mi madre era real!

Mi madre, por un problema en los riñones requería de hemodiálisis para que me durara un poco más de tiempo. Ella le tenía miedo a esa curación, me suplicó que por nada del mundo la fuera a torturar con ese proceso. Obvio, le obedecí. Se me fue acabando poco a poco. Ya no pudo caminar y si íbamos a cualquier parte, tenía que ser en una silla de ruedas. Se le acabaron las fuerzas.

Una tarde me sentía muy cansado. Mi madre ya no abría los ojos y pedía constantemente agua. En su cuarto estaba una hermana de ella y su hija. Le pedí que la cuidaran un rato, yo tenía que mandar una tarea a la universidad donde estudio literatura.

Me fui a un cuarto contiguo y abrí mi computadora, apenas iba a empezar a leer cuando escuché aquella vocecita:

-Hola

Volteé a la puerta para ver quién era y ahí en el dintel estaba aquel niño, muy hermoso, vestido de blanco. Me miraba sonriente. “Seguramente ha llegado alguien a visitar a mi madre y este niño viene con ellos”, fue lo que pensé; en ese pueblito toda la gente es muy solidaria y visitan mucho a los enfermos.

-Hola, le respondí. No pasaría de tener tres años de edad, pero hablaba con mucha claridad.

-¿Me cuentas un cuento?, me dijo, entrando al cuarto y parándose junto a mí.

-¿Te gustan los cuentos?, le respondí divertido.

-Si, Cuquita me cuenta muchos, pero ahorita está dormidita, ella no me lo puede contar. ¿Me cuentas un cuento?

-¿Así que mi madre te cuenta cuentos? ¿Cómo te llamas?

-Me llamo Emanuel, y sí, ella me ha contado muchos cuentos. Todos sobre su vida.

-Ah vaya, cuentos sobre la vida de mi madre. Por ejemplo ¿Cuál? Conozco a la perfección el enorme repertorio de cuentos que contaba mi madre.

-Por ejemplo, mmmm, el príncipe Amed. Cuquita fue igual de viajera, le gustaba mucho conocer otras partes del mundo. También Torcuato y Canuto, ella lograba superar todos los problemas aunque a veces se sintiera ciega. Aaaah la cenicienta, como trabajó toda su vida para que nada le faltara a sus hijos…así fue Cuquita, una historia de fantasía.

Yo lo escuchaba asombrado. Vaya que aquel niño sabía expresarse para su edad.

-Mira nada más, si sabes las historias de mi madre. Bien, dime, ¿Cuál cuento quieres?

-Por ahora ninguno. Pero ya volveré un día para que me lo cuentes.

-¿Por ahora ninguno? Entonces ¿Cuándo? O ¿Por qué?

Me contempló con una mirada muy profunda, en sus ojos había un brillo especial cuando me dijo.

-Porque ahora… aún te escucha la gente, voy a volver, cuando ya seas una sombra, cuando necesites de consuelo y compañía, cuando los seres que amas ya no te hagan caso, cuando tu voz no sea escuchada, cuando tu soledad sea tan abrumadora que te será lo mismo si es de día o es de noche. Entonces vendré y te daré la alegría de volver a ser un cuenta cuentos. Entonces me contarás sobre tu vida y te volverás a sentir importante... siempre es importante saber que eres importante.

-¿Quién eres?, le pregunté sumamente intrigado.

-Soy el niño que doña Cuquita ha visto desde hace tiempo y que ustedes consideran una fantasía de ella. Soy real, soy esperanza, soy compañía en la triste soledad, soy el recuerdo de la infancia de sus hijos, soy alegría en su cansado corazón.

No tenía palabras para responder a aquello. Un nudo se atoró en mi garganta y empecé a llorar.

-¿Por qué puedo verte hoy?, pregunté temeroso.

-Porque vengo a decirte que hoy doña Cuquita tomará camino con rumbo a la ciudad de Irás y no Volverás. Sentí como un golpe en el pecho. Te voy a pedir que ya no se lo impidas. No quiero que ella siga sufriendo, porque ahí donde la ves, está sufriendo. Su destino ya está escrito, igual que el pájaro que habla, el árbol que canta, ella es la fuente de oro. ¿Recuerdas el cuento de la capa que hacía invisible a la gente? Pues así estará ella, como si tuviera la capa puesta, no la vas a poder ver, pero siempre estará presente.

Ella no se irá, pues seguirá estando en ti mientras sigas contando cuentos, mientras en tu mente haya un halo de fantasía, mientras ella viva en tu recuerdo.

Ahora ve, ella te necesita, ve como el príncipe que le da un beso a la reina, sólo que ella no va a despertar, sino al contrario, con tu beso iniciará ese camino que ya no tiene regreso.

Cerré la computadora y corrí al cuarto de mi madre. Ahí seguía su hermana y otros familiares que habían llegado. Todos callados contemplaban a mi viejita que con la boca abierta respiraba difícilmente. Me acerqué a ella y sentándome en la orilla de su cama la abracé con mucho cariño. Le dije al oído: Vino Emanuel a verte. Luego tomé un algodoncito y lo empapé de agua, mojé sus labio. Ella seguía respirando con mucha dificultad. Le di un beso en su frente y luego la abracé mientras le decía:

-Vete mami, vete a gozar del reino de los cuentos, vete a conocer la montaña del imán y el mundo de las princesas, vete a donde seguirás siendo una reina, porque aquí y allá, para mí siempre serás una reina.

Su respiración se fue tranquilizando.

-Vete mami, ya cumpliste y cumpliste muy bien. Vete mi reina, es fácil, vuela como vuelan las hadas. Vete a su mundo.

Simplemente lanzó un suspiro largo, muy largo y ella, la contadora de cuentos, la mejor contadora de cuentos del mundo, se fue a la ciudad de Irás y no Volverás.

Yo me sentí muy tranquilo, con tanta paz en mi alma que no salió ni una lágrima de mis ojos. Escuché los llantos angustiados de mis familiares al darse cuenta que ella moría, sus gritos desesperados, pero ni eso me hizo salir de mi letargo, pues tenía mi conciencia cien por ciento tranquila, hasta el último momento estuve con mi viejita. No existía dolor ni remordimiento alguno, simplemente la ley de la vida estaba cumplida.

jueves, 28 de marzo de 2024

Llorad, llorad, valientes. Un texto de Irene Vallejo.

El duelo hay que edificarlo sin prisa, con ritmos arquitectónicos. Más y más, mes a mes. No es una enfermedad de la que curarse lo antes posible, sino la lenta reconstrucción de un mañana resquebrajado. Necesitamos consentirnos la tristeza, desahogarnos para evitar la asfixia. Nuestro mundo intenta jibarizar la huella de la muerte, mientras el pasado la proyectaba en gigantescos monumentos. Hace veinticinco siglos, Artemisia II hizo construir una imponente arquitectura de dolor. Destrozada por la pena, erigió una tumba para Mausolo, su marido y hermano -el poder era aún más endogámico que hoy-. Reclutó a los mejores artistas para trabajar el mármol de blancura más luminosa. El colosal sepulcro de Halicarnaso, una de las Siete Maravillas, se elevaba cincuenta metros en cuatro plantas, decoradas por relieves y estatuas tan llenas de vitalidad que la misma piedra parecía tensar los músculos. En adelante, las sepulturas más bellas se llamarían “mausoleos”. El desgarro de Artemisia aún habita nuestros cementerios.

Llevamos dentro, embalsadas y rebosantes, las lágrimas por nuestros muertos, pero está mal visto dejarlas correr. Todavía hay una profunda carga de vergüenza asociada al tabú del llanto. Los hombres no lloran. Y, si las mujeres nos quebramos en público, causamos incomodidad -has roto un veto- y levantamos cierta sorna -has confirmado un cliché-. Contrólate.

Los protagonistas masculinos de la ficción contemporánea afrontan la embestida del dolor o la pérdida con una máscara inexpresiva, hieráticos y fríos: cowboys y superhéroes consideran el llanto como un signo de debilidad. Las lágrimas resultan impúdicas, y por eso nuestros rituales fúnebres parapetan los ojos tras unas gafas oscuras. Sin embargo, los guerreros legendarios del pasado heroico solían llorar a moco tendido. En una de las primeras epopeyas descubrimos que Gilgamesh, al morir su mejor amigo, “gimió como un pichón” durante toda la noche. Con la primera luz del alba, gritó: “Que los senderos del bosque te lloren, que te lloren los ancianos, que te llore el oso, la hiena, la pantera, el chacal, la gacela, que te llore el río Éufrates, que te llore el granjero y el cervecero que te elaboraba la mejor cerveza”. En la épica antigua, muchos héroes desencadenan sin rubor una tromba de lágrimas. Aquiles lloró junto al mar en una memorable escena de la Ilíada; también Ulises, cuando su fiel y viejo perro lo reconoció en Ítaca y murió estremecido, meneando la cola. Los ojos de Eneas se humedecen una y otra vez en la Eneida. El caballero Tristán, del ciclo artúrico, llevaba la pena inscrita en el nombre –era tradición bautizar ‘Tristán’ a los niños cuyas madres morían en el parto–. Incluso el Cantar de Mio Cid, epítome de hombría, arranca presentando así a Rodrigo: “De los sus ojos tan fuertemente llorando”. En los buenos tiempos de la caballería andante, si uno tenía ganas y motivos, sollozaba e hipaba con la cabeza alta. Lo canta Nick Cave en The Weeping Song, “desciende al mar, hijo, mira a las mujeres llorando; después sube a las montañas, los hombres están llorando también”.

Homero hubiera observado atónito la promoción de Los puentes de Madison, donde nos ofrecían la oportunidad -única- de ver a Clint Eastwood, el tipo duro, derramar lágrimas en la lluvia. La cancelación del llanto es reciente: los campeadores de antaño sollozaban con frecuencia, sin necesidad de un oportuno chaparrón para camuflar su desconsuelo.

Los psicólogos señalan que el aprendizaje social de contener el llanto tiene dudosa utilidad práctica. De hecho, conviven mejor con la adversidad las personas que aceptan sus emociones sin prohibirse exteriorizarlas. En cambio, el duelo negado amenaza con convertirse en fractura irreparable, en grave desequilibrio. Quien da rienda suelta a su pena en público demuestra seguridad y una rara independencia frente al qué dirán. Como escribió Julio Ramón Ribeyro: “Nada me impresiona más que los hombres que lloran. Nuestra cobardía nos ha hecho considerar el llanto como cosa de mujercitas. Cuando solo lloran los valientes”.

jueves, 15 de febrero de 2024

Deja ir. Déjalo ser.

 Comer, rezar, amar”, Elizabeth Gilbert



Deja que las cosas se rompan, deja de esforzarte por mantenerlas pegadas.

Deja que la gente se enoje.

Deja que te critiquen, su reacción no es tu problema.

Deja que todo se derrumbe, y no te preocupes por el después.

¿A dónde iré? ¿Qué voy a hacer? Nadie se ha perdido nunca por el camino, nadie se quedó sin refugio.

Lo que está destinado a irse se irá de todos modos. Lo que tenga que quedarse, seguirá siendo. Demasiado esfuerzo, nunca es buena señal, demasiado esfuerzo es signo de conflicto con el universo.

Relaciones, trabajos, casa, amigos y grandes amores. Entrega todo a la tierra y al cielo, riega cuando puedas, reza y baila pero luego, deja que florezca lo que debe y que las hojas secas se arranquen solas.

Lo que se va, siempre deja espacio para algo nuevo: son las leyes universales. Y nunca pienses que ya no hay nada bueno para ti, solo que tienes que dejar de contener lo que hay que dejar ir.

Sólo cuando tu viaje termine, entonces terminarán las posibilidades, pero hasta ese momento, deja que todo se derrumbe, deja ir, déjalo ser.