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lunes, 27 de julio de 2026

Los caminos del tiempo

Por: José Luis Ricchetti. Escritor brasileño. 


Hay un silencio que llega con los años, y no es sólo la ausencia de ruido, sino la suave transición entre lo que éramos y lo que nos hemos convertido. A los 65 años, empiezas a sentir la sutileza del desapego. La sala que alguna vez palpitó con tus ideas ahora parece llena de voces que ya no piden tu opinión. No es un rechazo, es el ritmo de vida. Es entonces cuando aprendemos que nuestra contribución no está en el presente inmediato, sino en las huellas que dejamos en los corazones y las mentes a lo largo del camino, te das cuenta de que el mundo empresarial, que alguna vez fue tan vital, está en constante cambio. Él te sigue, indiferente a lo que hiciste o no hiciste. No es una derrota, es una liberación. Este es el momento de mirarte a ti mismo, despojarte de tu ego y revestirte de serenidad. Ya no se trata de demostrar, sino de enseñar, compartir, vivir. El verdadero logro no es lo que presumes, sino lo que inspiras.

A los 70 la sociedad parece olvidarte, pero lo que ocurre es que llegaste a otro estado del ser. Quizás sea sólo una invitación a reevaluar lo que realmente importa. Los jóvenes no te reconocerán por lo que eras, y eso es una bendición disfrazada: ahora puedes ser quien eres. Sin máscaras, sin títulos, sólo la esencia. Los viejos amigos, aquellos que no preguntan “quién eras” sino “cómo estás”, se convierten en joyas preciosas, diamantes que brillan en el ocaso de la vida.

Y luego, a los 80 ó 90 años, es la familia la que, en las prisas, se aleja un poco más. Pero ahí es donde la sabiduría nos abraza con fuerza. Entendemos que el amor no es posesión: es libertad. Tus hijos, tus nietos, siguen sus vidas, como tú seguiste la tuya. La distancia física no disminuye el afecto, pero enseña que el verdadero amor es generoso, no exigente.

Cuando la Tierra finalmente nos llame, no hay motivo para temer. Es el último baile de un ciclo natural, el cierre de un capítulo escrito con sudor, lágrimas, risas y recuerdos. Pero lo que queda, lo que nunca será realmente eliminado, son las marcas que dejamos en las almas que tocamos.

Por eso, mientras haya aliento, energía, mientras el corazón lata constantemente, vivamos intensamente. Abraza los encuentros, ríe a carcajadas, disfruta de los placeres simples y complejos de la vida; simplemente, ama. Cultiva tus amistades como quien cuida un jardín. Porque, al final, lo que queda no son los logros, ni los títulos, ni los aplausos. Lo que queda son los vínculos, los momentos compartidos, la luz que difundimos.

Sé luz, sé presencia y tendrás eternidad.

jueves, 28 de marzo de 2024

Llorad, llorad, valientes. Un texto de Irene Vallejo.

El duelo hay que edificarlo sin prisa, con ritmos arquitectónicos. Más y más, mes a mes. No es una enfermedad de la que curarse lo antes posible, sino la lenta reconstrucción de un mañana resquebrajado. Necesitamos consentirnos la tristeza, desahogarnos para evitar la asfixia. Nuestro mundo intenta jibarizar la huella de la muerte, mientras el pasado la proyectaba en gigantescos monumentos. Hace veinticinco siglos, Artemisia II hizo construir una imponente arquitectura de dolor. Destrozada por la pena, erigió una tumba para Mausolo, su marido y hermano -el poder era aún más endogámico que hoy-. Reclutó a los mejores artistas para trabajar el mármol de blancura más luminosa. El colosal sepulcro de Halicarnaso, una de las Siete Maravillas, se elevaba cincuenta metros en cuatro plantas, decoradas por relieves y estatuas tan llenas de vitalidad que la misma piedra parecía tensar los músculos. En adelante, las sepulturas más bellas se llamarían “mausoleos”. El desgarro de Artemisia aún habita nuestros cementerios.

Llevamos dentro, embalsadas y rebosantes, las lágrimas por nuestros muertos, pero está mal visto dejarlas correr. Todavía hay una profunda carga de vergüenza asociada al tabú del llanto. Los hombres no lloran. Y, si las mujeres nos quebramos en público, causamos incomodidad -has roto un veto- y levantamos cierta sorna -has confirmado un cliché-. Contrólate.

Los protagonistas masculinos de la ficción contemporánea afrontan la embestida del dolor o la pérdida con una máscara inexpresiva, hieráticos y fríos: cowboys y superhéroes consideran el llanto como un signo de debilidad. Las lágrimas resultan impúdicas, y por eso nuestros rituales fúnebres parapetan los ojos tras unas gafas oscuras. Sin embargo, los guerreros legendarios del pasado heroico solían llorar a moco tendido. En una de las primeras epopeyas descubrimos que Gilgamesh, al morir su mejor amigo, “gimió como un pichón” durante toda la noche. Con la primera luz del alba, gritó: “Que los senderos del bosque te lloren, que te lloren los ancianos, que te llore el oso, la hiena, la pantera, el chacal, la gacela, que te llore el río Éufrates, que te llore el granjero y el cervecero que te elaboraba la mejor cerveza”. En la épica antigua, muchos héroes desencadenan sin rubor una tromba de lágrimas. Aquiles lloró junto al mar en una memorable escena de la Ilíada; también Ulises, cuando su fiel y viejo perro lo reconoció en Ítaca y murió estremecido, meneando la cola. Los ojos de Eneas se humedecen una y otra vez en la Eneida. El caballero Tristán, del ciclo artúrico, llevaba la pena inscrita en el nombre –era tradición bautizar ‘Tristán’ a los niños cuyas madres morían en el parto–. Incluso el Cantar de Mio Cid, epítome de hombría, arranca presentando así a Rodrigo: “De los sus ojos tan fuertemente llorando”. En los buenos tiempos de la caballería andante, si uno tenía ganas y motivos, sollozaba e hipaba con la cabeza alta. Lo canta Nick Cave en The Weeping Song, “desciende al mar, hijo, mira a las mujeres llorando; después sube a las montañas, los hombres están llorando también”.

Homero hubiera observado atónito la promoción de Los puentes de Madison, donde nos ofrecían la oportunidad -única- de ver a Clint Eastwood, el tipo duro, derramar lágrimas en la lluvia. La cancelación del llanto es reciente: los campeadores de antaño sollozaban con frecuencia, sin necesidad de un oportuno chaparrón para camuflar su desconsuelo.

Los psicólogos señalan que el aprendizaje social de contener el llanto tiene dudosa utilidad práctica. De hecho, conviven mejor con la adversidad las personas que aceptan sus emociones sin prohibirse exteriorizarlas. En cambio, el duelo negado amenaza con convertirse en fractura irreparable, en grave desequilibrio. Quien da rienda suelta a su pena en público demuestra seguridad y una rara independencia frente al qué dirán. Como escribió Julio Ramón Ribeyro: “Nada me impresiona más que los hombres que lloran. Nuestra cobardía nos ha hecho considerar el llanto como cosa de mujercitas. Cuando solo lloran los valientes”.

lunes, 1 de agosto de 2022

La Igualdad también es cosa de hombres



El Ministerio de (des)Igualdad de España y el Instituto de las  mujeres se meten en unos berenjenales impresionantes y parece que no le gusta salir de ahí. Acaban de publicar una campaña en redes sociales, dizque para "sensibilizar contra los estereotipos de género basados en los cánones de belleza femeninos, dirigida a todos los públicos"·.

El cartelito en mención, donde aparecen varias mujeres, con diferentes físicos (como es natural en cualquier playa del mundo mundial)  ha metido las piernas hasta el cuello con varios detalles: En primer lugar, la modelo Nyome Nicholas ha denunciado en sus redes que el Ministerio ha usado una imagen suya sin su consentimiento;  en segundo lugar,  La modelo británica Sian Green-Lord ha denunciado que se ha utilizado su imagen sin permiso y además ha eliminado la prótesis de su pierna (irónico en una campaña de respeto por el cuerpo); y, en tercer lugar,  la tipografía de la campaña no es de uso libre, por lo cual la agencia que diseñó copió la misma cae en el plagio o violación de derechos de autor. 

Los autores han pedido disculpas por "inspirarse" en las imágenes de otras personas y por usar una tipografía sin licencia. Pero la campaña ya se ha vuelto viral, la autora del poster ya cobraría sus 5000 euros por el diseño original fusilado, todo el mundo habla de ello... ¡y se quedan tan contentas!

Se quedan tan contentas las feministas-defensoras de la igualdad... las que solo hablan de mujeres. Yo pensaba que Igualdad se refería a hombres y mujeres, a niños y niñas, a homosexuales y heterosexuales, a transexuales y binarios, a gordos y flacos, a fofisanos y cachas, a musculados y tirillas, a jóvenes y mayores. Pero no, las comentaristas de la tele, radicalistas anti-todo-lo-que-venga-de hombres se empecinan en predicar que las mujeres no pueden exhibir sus cuerpos en las playas porque son "víctimas" de miradas y críticas (pero olvidan decir que también de sus complejos). Yo pensaba, es más, he visto muchas playas con gente de toda clase y condición física, y jamás he oído ni visto que haya prohibiciones o restricciones para las modelos que no cumplen los cánones que la misma publicidad en los medios masivos de comunicación ha creado en las mentes de tantos. Y lo que no he visto nunca es playas solo para mujeres, como las de esta campaña. ¡Y hablan dizque de igualdad!

Tampoco de habla de la salud, sólo de la apariencia. Estar obeso no es malo para la salud. Según ellas, las defensoras a ultranza de ser como a uno de la gana, ser obeso (o ser anoréxica) es una decisión y nadie puede decir ni mú. Y tampoco de habla del cuerpo de los hombres. Vamos, que es una campaña de igualdad ¡solo para mujeres!


Menos mal que los hombres, parece, aunque no seamos el modelo de cualquier publicidad de colonia (otro prototipo creado y manipulado) nos preocupamos muchísimo menos por los michelines del vecino de toalla en la playa. Para eso es grande y cabemos todos, en la arena o en el océano.