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martes, 19 de noviembre de 2019

A un corazón de distancia



"¿Cuántas ciudades hay adentro de una misma ciudad? Medellín es una palabra distinta según la voz que la pronuncia. Un sitio del que te sientes orgulloso y también del que te puedes avergonzar. Un lugar que amas con todo el odio del que sos capaz y un lugar que odias con todo el amor que puedes dar. Una misma calle es tantas calles a la vez: distinta para el tendero que ve la vida pasar frente al mostrador, distinta para el niño que la cruza cada día camino a estudiar, distinta para el que en la esquina dio su primer beso, distinta para el que ayer se tuvo que mudar, distinta para el que ha pasado toda su vida en la misma casa, distinta para el que nunca ha ido y le contaron historias sobre cómo es la vida por allá.

"Esta ciudad ha sido mi hogar y caminar sus calles, de alguna manera, es lo que otros llamarían ir a la oficina. Es aquí donde aprendí a ser y contar.

"Recuerdo que hace años salir a la calle a producir un programa de tv era también salir a vencer prejuicios: una cámara no es un detector de crímenes aunque el periodista, tantas veces, sea un detective. Los niños nos veían llegar a su barrio y pensaban que algo malo había pasado porque la última vez que habían visto micrófonos cerca era porque el noticiero venía de la mano de la policía. Ese fue el asunto que debíamos cambiar: demostrar que estábamos allí para escuchar la voz de la vida y no sólo las noticias de la muerte.

"Una clase de geografía distinta a la que nos dictan las tragedias también se puede contar en televisión. Es necesario.

"He conocido gentes que con sus manos hicieron un barrio. He conocido madres que cuidan como suyos los hijos de otros. He conocido maestros que enseñan más con el abrazo y el consejo que con su rastro en el tablero. He conocido también al que tiene todos los motivos para no levantarse de su cama y sale a la vida y sonríen. He conocido campeones mundiales de deportes que nadie nombra con el orgullo intacto. He conocido asombrosos bailarines a los que nadie les quita lo bailado. He conocido literatos que jamás han publicado una página y escritores que nos ponen un espejo frente a nosotros con sus libros. He conocido héroes armados de canciones empuñando un micrófono.

"Caminar Medellín también es recorrer el borde de una herida. Caminar Medellín también es acariciar una cicatriz. La ciudad no es una isla y hace parte de este continente que hoy llamaré país. Los problemas de Colombia, todos, están aquí. Pero también la semilla para solucionarlos, estoy convencido. Y lo digo porque lo he visto incluso cuando la cámara se apaga y sigue la conversación en casa de alguien que me trata ya como parte de su familia.

"Como cualquiera, he sentido miedo. También he sentido confianza, como cualquiera.

"Andar esta ciudad también es una aventura parecida a recorrer el lado oscuro de la luna. Incluso el paisaje puede ser el mismo y el frío también. Es posible sentir que todo está por construirse en ciertas esquinas de este valle: lugares altos que tienen al frente una panorámica preciosa sucesión de edificios distantes como promesa de lo que nunca van a alcanzar. Las manos de ellos construyen muchos de esos sitios a los que nunca regresan. Estás aquí, cuentas una crónica, y sabes que este lugar está lleno de causas perdidas por ganar: la primera es contra la inequidad. Así aprendí que la cámara debe estar a la altura de los ojos, ser la mirada del otro, para contar su historia con dignidad.

"Las cámaras me llevaron junto a los televidentes a lugares que jamás hubiéramos conocido si no hubiéramos estado juntos. Y puedo decir que esos lugares de no se han ido de mí. Ése efecto tiene esta ciudad. Las puertas se fueron abriendo, igual las ventanas de casas modestas y salas privilegiadas, hasta las cocinas han sido lugar de visita. Igual en pisos altos, estratos altos o barrios altos que en callejones bajos, estratos bajos y las necesidades básicas serán las mismas: necesitamos motivos para la alegría. Tiene razón aquel que dijo que la sonrisa es nuestro idioma universal.

"En Planeación Municipal tienen un mapa con un número de barrios. Y tienen tanta razón sus datos como la tienen los despachos según la lógica y el reloj de las oficinas. Otro mapa tiene el que vive en un barrio que, sin planeación de por medio y sin reloj, ha visto levantar escaleras interminables para decir dos días después “esto eran mangas”. Comprendí, cámara en mano, que vivimos adentro de un ser vivo y cada uno de nosotros es una célula de esta Medellín que respira como respiramos vos y yo.

"Aquí siempre será posible el asombro: una biblioteca comunitaria adentro de la casa de un hombre que no puede salir de casa por una discapacidad pero que sale al mundo con cada libro que comparte, el restaurante comunitario de una mujer que no tenía nada en su nevera y decidió alimentar a los niños de los demás, la creatividad de las chicas que diseñaron cuadernos para zurdos, una cárcel que en un momento se la jugó entera por la no-violencia y lo lograron por largo tiempo, el arriendo de lavadoras a domicilio llevadas en moto, una urbanización con moneda propia, un barrio que después de existir veinte años se bautiza en votaciones hechas por televisión… es usual escuchar a los académicos decir que esta ciudad es un laboratorio, cabe la pregunta ¿hemos sabido contar el experimento?

"Medellín no es el cielo pero aquí he conocido a un coro de ángeles, de gente valiente, que nunca ha perdido la voz. Que pronuncian sus sueños en voz alta. Y con su trabajo lo hacen realidad. Para eso me ha servido una cámara: para ser su testigo. Porque delante de ella dicen Yo existo.

"También pierdo mis letras para escribir un silencio por los que no están. Por las madres sin hijos. Por los hijos sin padres. Por los hermanos sin hermanos. Porque ése silencio se tiene que escuchar hasta aturdirnos y no olvidarlos. Una cámara en Medellín sirve y es necesaria también para que la ausencia pueda hablar.

"Hace ya muchos años que no trabajo en televisión pero no olvido esto que ahí comprendí: antes de ser periodista siempre seré ciudadano. Urbanícola que aprendió a caminar por cada esquina y lugar, las historias que aquí he vivido están en mi manera de hablar. Mi acento está pleno de rostros que, si cierro los ojos, puedo verlos una vez más. Tantas cosas suceden a un corazón de distancia…"

*Comunicador social-periodista,  guionista y director de tv, ha trabajado además en prensa, radio y distintos proyectos sociales. Medellín es el lugar donde nacen muchas de sus palabras.


martes, 13 de septiembre de 2016

La droga que todos necesitamos

Leí en el diario El País, esta columna de Cecilia Rodríguez:

La droga que le voy a recomendar es mejor que morfina o cocaína.

No es para fumar o aspirar o inyectar. En realidad, no corresponde a la definición literal de “droga”. Lo que hace a nuestro cerebro sí corresponde.

Estos son algunos de los efectos: da una sensación de bienestar, ayuda a atenuar dolores físicos y reduce el nivel de cortisol, la hormona del estrés. También reduce el riesgo de contraer resfriados e infecciones del tracto urinario y de problemas cardiovasculares e inmunológicos.

Impresionante en verdad. Y esa “droga” maravillosa es ni más ni menos que los amigos.

Más y más estudios están demostrando que los amigos son buenos para la salud mental y física. Una gran investigación publicada en la revista ‘Scientific Report’, proveniente de la Universidad de Oxford, dice que mantener lazos amistosos fuertes y regulares es una fuente de producción de las famosas endorfinas, cuya capacidad analgésica es más fuerte que la morfina y cuyo efecto de bienestar es comparable al de otros opiáceos.

Las endorfinas son parte de nuestros circuitos de dolor y placer. Son los analgésicos naturales de nuestro cuerpo y encargadas de hacernos sentir bien. Además, promueven la vinculación social entre seres humanos y entre otros animales. A la vez, la interacción social dispara emociones positivas porque las endorfinas se unen a los receptores opioides en el cerebro y producen esa sensación de placer que obtenemos de ver a los amigos.

No es sorpresa, entonces, que el sistema de endorfinas se vea interrumpido en casos de depresión clínica, por ejemplo. Esa es, en parte, la razón por la que las personas deprimidas no encuentran placer y se aíslan. Personas con altos niveles de estrés tienen pocos amigos. Aún más interesante es que la gente que hace mucho ejercicio también tiende a tener pocos amigos. Probablemente porque tanto ejercicio no les deja tiempo para socializar o porque el ejercicio les da la necesaria dosis de endorfinas para sentirse bien.

El punto es que, como especie, los humanos somos animales sociales y hemos evolucionado para vivir en grupo. Es en nuestros genes. Por eso la cantidad y calidad de nuestras relaciones sociales afectan nuestra salud física y mental e inclusive nuestra longevidad.

Científicos de la universidad Carnegie Mellon encontraron que entre mujeres con cáncer de ovarios, las que cuentan con apoyo social de numerosas amistades responden mejor al tratamiento. Muy parecido a lo que ocurre con mujeres con cáncer del seno: las que tienen el soporte de amigos tienden a vivir el doble de las que no. Igualmente, la gente con pocos amigos o sin ellos tiende a morir más rápido después de un ataque al corazón que los que tienen amistades cercanas.

Los verdaderos amigos nos estimulan a cuidarnos mejor, se oponen a que hagamos cosas dañinas y su apoyo ayuda a prevenir depresión y a aumentar la autoestima.

Y ahora viene la sorpresa: la cercana relación que tenemos con hijos, padres y demás familiares, en contraste, tiene poco o ningún efecto en la producción de endorfinas.

Vale notar que los amigos de que estamos hablando son los de carne y hueso con quienes tenemos contacto directo frecuente y en vivo. ¿Cómo se aplica la teoría a los ‘amigos virtuales’? ¿Los de Facebook o Twitter o cualquiera de las muchas redes sociales? Eso es “harina de otro costal” y material para otra columna.

Vidas demasiado ocupadas, mucho tiempo frente a pantallas, dependencia de aparatos electrónicos se atraviesan en el camino de hacer y cultivar amistades. Esta columna es una invitación a darles prioridad a los amigos, la mejor droga para una vida sana, larga y feliz.

CECILIA RODRÍGUEZ
Luxemburgo

miércoles, 31 de agosto de 2016

"Nuestra Generación no Quiere Relaciones"

(Leído en PalabrasConCafe)

Queremos una segunda taza de café para las fotos que subimos a Instagram los domingos por la mañana, otro par de zapatos en nuestras fotos artísticas de pies. Queremos poner en Facebook que tenemos una relación para que todo el mundo pueda darle a “me gusta” y poner un comentario, queremos una publicación digna del hashtag #parejaperfecta. Queremos tener a alguien con quien ir de brunch los domingos, con quien quejarnos los lunes, con quien comer pizza los martes y que nos desee buenos días los miércoles. Queremos llevar acompañante a las bodas a las que nos inviten (¿Cómo lo habrán hecho? ¿Cómo habrán conseguido un felices para siempre?). Pero somos de la generación que no quiere relaciones. 

Buceamos por Tinder en un intento de encontrar a la persona adecuada. Como si tratáramos de hacer un pedido a domicilio de nuestra alma gemela. Leemos artículos como Cinco maneras de saber que le gustas o Siete formas de gustarle, con la esperanza de ser capaces de moldear a una persona para tener una relación con ella, como si de un proyecto de artesanía que hemos visto en Pinterest se tratase. Invertimos más tiempo en nuestros perfiles de Tinder que en nuestra personalidad. Y aun así no queremos tener una relación. 

Hablamos y escribimos mensajes de texto, mandamos fotos o vídeos por Snapchat y tenemos conversaciones subidas de tono. Salimos y aprovechamos la happy hour, vamos a tomar un café o a beber cerveza; cualquier cosa con tal de evitar tener una cita de verdad. Nos mandamos mensajes para quedar y mantener una charla insustancial de una hora solo para volver a casa y seguir manteniendo una charla insustancial mediante mensajes de texto. Al jugar mutuamente a juegos en los que nadie es el ganador, renunciamos a cualquier oportunidad de lograr una conexión real. Competimos por ser el más indiferente, el de la actitud más apática y el menos disponible emocionalmente. Y acabamos ganando en la categoría el que acabará solo. 

Queremos la fachada de una relación, pero no queremos el esfuerzo que implica tenerla. Queremos cogernos de las manos, pero no mantener contacto visual; queremos coquetear, pero no tener conversaciones serias; queremos promesas, pero no compromiso real; queremos celebrar aniversarios, pero sin los 365 días de esfuerzo que implican. Queremos un felices para siempre, pero no queremos esforzarnos aquí y ahora. Queremos tener relaciones profundas, pero sin ir muy en serio. Queremos un amor de campeonato, pero no estamos dispuestos a entrenar. 


Queremos alguien que nos dé la mano, pero no queremos darle a alguien el poder para hacernos daño. Queremos oír frases cutres de ligoteo, pero no queremos que nos conquisten... porque eso implica que nos pueden dejar. Queremos que nos barran los pies, pero, al mismo tiempo, seguir siendo independientes y vivir con seguridad y a nuestro aire. Queremos seguir persiguiendo a la idea del amor, pero no queremos caer en ella. 

No queremos relaciones: queremos amigos con derecho a roce, “mantita y peli” y fotos sin ropa por Snapchat. Queremos todo aquello que nos haga vivir la ilusión de que tenemos una relación, pero sin tener una relación de verdad. Queremos todas las recompensas sin asumir ningún riesgo, queremos todos los beneficios sin ningún coste. Queremos sentir que conectamos con alguien lo suficiente, pero no demasiado. Queremos comprometernos un poco, pero no al cien por cien. Nos lo tomamos con calma: vamos viendo a dónde van las cosas, no nos gusta poner etiquetas, simplemente salimos con alguien. 

Cuando parece que la cosa empieza a ir en serio, huimos. Nos escondemos. Nos vamos. Hay muchos peces en el mar. Siempre hay más oportunidades de encontrar el amor. Pero hay muy pocas de mantenerlo hoy en día... 

Esperamos encontrar la felicidad. Queremos descargarnos a la persona perfecta para nosotros como si fuera una aplicación nueva; que puede actualizarse cada vez que hay un fallo, guardarse fácilmente en una carpeta y borrarse cuando ya no se utiliza. No queremos abrirnos; o, lo que es peor, no queremos ayudar a nadie a abrirse. Queremos mantener lo feo tras una portada, esconder las imperfecciones bajo filtros de Instagram, ver otro episodio de una serie en vez de tener una conversación real. Nos gusta la idea de querer a alguien a pesar de sus defectos, pero seguimos sin dejarle ver la luz del día a nuestro auténtico yo. 

Sentimos que tenemos derecho al amor, igual que nos sentimos con derecho a un trabajo a jornada completa al salir de la universidad. Nuestra juventud repleta de trofeos nos ha enseñado que si queremos algo, merecemos tenerlo. Nuestra infancia rebosante de películas Disney nos ha enseñado que las almas gemelas, el amor verdadero y el felices para siempre existen para todos. Y por eso no nos esforzamos ni nos preguntamos por qué no ha aparecido el príncipe o la princesa azul. Nos cruzamos de brazos, enfadados porque no encontramos a nuestra media naranja. ¿Dónde está nuestro premio de consolación? Hemos participado, estamos aquí. ¿Dónde está la relación que merecemos? ¿Dónde está el amor verdadero que nos han prometido? 

Queremos a un suplente, no a una persona. Queremos un cuerpo, no una pareja. Queremos a alguien que se siente a nuestro lado en el sofá mientras navegamos sin rumbo fijo por las redes sociales y abrimos otra aplicación para distraernos de nuestras vidas. Queremos mantener el equilibrio: fingir que no tenemos sentimientos aunque seamos un libro abierto; queremos que nos necesiten, pero no queremos necesitar a nadie. Nos cruzamos de brazos y discutimos las reglas con nuestros amigos, pero ninguno conoce el juego al que estamos intentando jugar. Porque el problema de que "Nuestra Generación no Quiere Relaciones" es que, al final del día, sí que las queremos.

 Marco Guerrero Peralta

martes, 27 de marzo de 2012

¿Censura? ¡Ni de coña!

Leí en el blog Sin la Venia, del abogado gijonés Fernando de Silva-Cienfuegos, un interesante post sobre la censura en los tiempos modernos. A propósito de una fotografía de Robert Mappelthorpe censurada en Facebook por considerar -no se quién- que es "inapropiada y excesivamente explícita", dice el autor:


"La red social más famosa de nuestros tiempos no entiende de arte, y sus directivos demuestran tener una mente enferma para sentirse “provocados” por esta imagen.

Robert Mappelthorpe, fallecido en 1989, es un fotógrafo que provoca con sus imágenes, pero resulta curioso que sea una de sus fotos más inocentes la que ha conseguido el privilegio de ser censurada.

Esta fotografía, que retrata la baja espalda del bailarín clásico Peter Reed, muerto en 1986, había sido elegida por la banda neoyorquina Scissor Sisters para promocionar su nuevo álbum Night Work. Entendían que ilustraba perfectamente el espíritu del disco al reflejar el esfuerzo y el sudor, la sensualidad y la parte física, el trabajo y la danza. La censura impide su promoción en Facebook, pero ha conseguido una publicidad gratuita que recorrerá el mundo, y hará famoso a un grupo para muchos -entre los que me incluyo- desconocido..."

Esta información me recuerda algunos incidentes que he tenido con mis trabajos fotográficos, y aclaro que nunca me he considerado lo que llaman "provocador". No entiendo que el cuerpo masculino sea más "transgresor" en su desnudez que el de la mujer. No comparto la idea de que la representación masculina en un desnudo frontal, en la fotografía o en el cine, sea "agresivo" y el de la mujer, sin embargo, sea "estético". Me indigna que Google, Facebook, Blogger o cualquier otra red ponga avisos acerca de las imágenes religiosas -clásicas o modernas- donde aparezcan desnudos, trátese de San Sebastián, de Jesucristo (que según la Biblia fue despojado de sus vestiduras en el Calvario) o de un deportista.
El culo no es agresivo
Y tampoco entendí y por ello armé "la de Dios" cuando en el Instituto de Bellas Artes trataron de impedir que exhibiera una fotografía de un semidesnudo frontal y no la del trasero. Ni la cara de sorpresa de un rector que recién posesionado puso una cara de sota (o de seta) en la inauguración de una exposición donde yo, como profesor, participaba con tres imágenes de desnudos masculinos. Ni que otro de los directivos casi se fuese de espaldas por otra en la que toda la exhibición, titulada "Es el cuerpo lo que quiero decir", todos los modelos eran hombres (25 para ser exactos).  

Ellos, profesores y directivos de una academia de formación de artistas, los que se suponen deben expresarse con libertad, hubiesen pretendido que no exhibiera la foto de la discordia. Pues no. ¡O exhiben las dos o no exhiben ninguna! Me negué, y me niego ahora, a no expresarme libremente, digan lo que digan Facebook, Google, Blogger o cualquier junta de censura, liga de la decencia o mentes retorcidas. Mejor la pongo a dormir en mis archivos, hasta que haya cabezas más libres.  

La foto de la discordia