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martes, 15 de septiembre de 2015

Aylan



Comparto aquí la columna de Patricia Esteban Erlés, publicada en Heraldo de Aragón el pasado domingo 13 de septiembre. Sin más comentarios.

La foto te asalta, te sale al paso repentinamente en el muro de Facebook, como una enfermedad inesperada. Alguien la cuelga y obtiene a cambio varias docenas de "me gusta". Recuerdo entonces esa manía que tienen algunos de aplaudir frenéticamente tras un concierto, el tic de palmadas espasmódicas que roba al espectador el último instante de silencio y reflexión que se agradece tanto después de un violín sublime. Miro la imagen, quizás con la esperanza remota de que sea un fake. Pero no. Hay algo intensamente real en ese cuerpecito de medio metro clavado en la orilla de una playa, tendido boca abajo, quieto como nunca jamás puede quedarse un niño pequeño. Miro la cabecita indefensa, la camiseta y el pantaloncito baratos, las mini zapatillas caladas. Y sé que es verdad porque la muerte es una señora muy seria y deja su huella en cada uno de los seres que caen en sus manos. 

Aylan está muerto y solo, solo del todo, en la orilla de una playa que no lo vio jugar ni comerse un helado. La muerte lo ha dejado varado como a una cría desorientada de delfín, lo ha tintado de un azul pálido, lo ha inmovilizado para siempre, ha tomado al asalto y la devastado todo lo que Aylan podría haber sido y ya no será. No crecerá un centímetro más ni aprenderá una nueva palabra, no volverá a ver a la familia lejana que pagó para que él y sus padres y su hermano escaparan del destino que finalmente los atrapó en alta mar, en ese plácido lugar azul llamado olvido del que todos, los presidentes encorbatados, los países con fronteras y usted y yo misma somos copropietarios. 

Aylan se deja fotografiar con la mansedumbre de los muertos, ha cruzado el río de Caronte con una moneda de oro bajo su lengua de casi bebé. Miro la foto. Me obligo a saber. Y ante el cuerpo diminuto, inútil ya, pienso en la enorme vergüenza que tenemos que sentir todos los que abrimos un grifo y vemos salir agua, mucha más de la que necesitamos, los que pulsamos un interruptor y deshacemos las sombras sin saber la suerte que tenemos.

sábado, 20 de septiembre de 2014

¡Todo incluído!


Abundancia. Bufetes libres. Comer hasta hartarse. Comida para tirar, no para donar. A pocos metros, seguro, gente escarbando en las basuras. Mendigos pidiendo en la acera una ayuda para dar alimento a sus hijos. La crisis. Escasez y excesos. ¡Todo incluído!




martes, 27 de agosto de 2013

Cualquier parecido con la realidad...







 
¡Tú decides!
1- El ladrón vulgar te roba: El dinero, el reloj, el coche, el teléfono móvil y cualquier bagatela más.
2- El político te roba: La salud, la vivienda, la educación, la pensión, la recreación, el trabajo y hasta la conciencia.
1.-El primer ladrón te elige... ¡A TI!
2.- El segundo ladrón... ¡LO ELIGES TÚ!
¡Analiza y Piensa!
 

martes, 18 de junio de 2013

Réquiem por la cigarra

Reproduzco este post del blog de Pedro Simón, A simple vista, que he recibido de una excelente psicóloga-sexóloga, porque me parece de suma actualidad, porque son muy interesantes sus planteamientos, porque creo que soñar es gratis y porque también estoy hasta los cojones de tener miedo.

A los 30 mi chica me decía que le dolía la cabeza y ahora a los 40 me viene con el recorte del periódico.
"Anda, vístete y deja de saltar en la cama. Lee".
Y entonces uno deja de dar botes, se sienta en el cabecero, lee recuperando el aliento y todo se enfría: te acabas poniendo el esquijama de topitos y duermes culo contra culo.
Viene esto al caso porque en España el mejor método anticonceptivo hoy en día son las noticias. Ahora sabemos que además de nacer con el carrito pagado por la abuela y con unos botines que sólo se pondrá una vez, cada nuevo español viene a este mundo ya con una deuda de 20.000 euros bajo el brazo. O sea, que a ver quién se atreve por la noche a venirse arriba, con calzoncillos de la suerte o sin ellos. No vaya a ser que luego en el paritorio, una vez que la matrona nos entregue al crío, no salga el lado Tony Soprano y le susurremos bajito al oído, haciendo como que besamos al bebé:"Paga, mamón".
Así pasa que el gran drama no es que ellos nos vayan privatizando (que también), sino que nosotros mismos nos vayamos privando: uno empieza quitándose la caña de los domingos para no gastar y acaba quitándose de los hijos que no ha tenido pero querría, que de los otros ya no hay forma.
Que no gaste el que no tiene son matemáticas, pero que aquí gaste menos aún el que puede hacerlo empieza a tener algo de estoico postureo y de ciega automutilación. Que parece que hemos pasado todos radicalmente del apartamento en Calpe y del Mercedes Pocero a tiznarnos la cara con un corcho quemado nada más levantarnos, disfrazados de austeros, para parecer que gastamos menos que el vecino de al lado y ponerle las fotos a huevo al 'The New York Times'.
A todo esto el tiempo se nos va, esperando cruzados de brazos no se sabe muy bien qué. Como si fueran a regresar los treinta y tantos y todas sus mariposas en el estómago después de estos años de encierro. Como si fuera a ser eterno el ofertón del 'dos por uno' a los fiordos noruegos que veo yo en la agencia de viajes de mi barrio. Como si Montoro fuera a hacer los hijos por nosotros, que de solo imaginármelo dando botes en mi colcha me caigo de la silla.
A qué sabrá el homenaje que no nos dimos por culpa de ellos. Qué hemos ganado yendo de perdedores. Cómo amanecerá en todas esas ciudades a las que hemos renunciado a viajar. Qué habríamos aprendido de haber estado allí con el resto. Cuánto más claro habrías visto todo esto, o cuánto más lejos, o cuánto más feliz. Qué te diría el hijo que estás pensando no tener.     
Hazlo. Todo. Ya. Soñar es gratis. Por ahora. Cansado de hacer de hormiga, uno se reivindica cigarra, qué le vamos a hacer.
Aquí voy corriendo con el parapente, a sentir el viento y a tirarme en plancha. Voy a ver si viajo más, voy a ver si salgo más, voy a ver si me compro todos esos libros de viejo que se me van de precio, voy a ver si quemo el esquijama de topitos.
No sé ustedes, yo estoy hasta los cojones de tener miedo.