LA HORA DE DESAPRENDER

En la vida todos tenemos un secreto inconfesable, 
un arrepentimiento irreversible, 
un sueño inalcanzable 
y un amor inolvidable.


Harold Schlumberg,
 ingeniero químico.
Las mujeres y hombres maduros de ahora hemos llegado a una edad maravillosa en que emprendemos el camino del desaprendizaje. 

Fuimos criados con la creencia de que debíamos ser los mejores en todo: mejores estudiantes, mejores esposas, mejores esposos, mejores profesionales, mejores madres y padres, etc.

Fuimos educados con la creencia de que todo es pecado. 

Ha llegado la hora del desaprendizaje o lo que mi hija llama graciosamente el importaculismo ("Todo me importa un culo"). Ha llegado la hora de decir NO en muchas ocasiones, de mandar al carajo los compromisos y las obligaciones. 

Pasó la hora de las responsabilidades desvelantes. 

Ahora nos gusta estar solos, disfrutar de buenas conversaciones con gente que no nos insulta y que cree lo mismo que nosotros o no le importa que opinemos diferente.

El la hora de hablar de todo sin necesidad de sostenerlo como medio de defensa.

Es hora de ver películas, de estar en una finca, de ir a pescar (...) durante la semana, de leer, de escuchar, de sonreír y de burlarse de la mayoría de los mortales que viven pendientes de pendejadas.

Nosotros ya demostramos que las responsabilidades fueron bien atendidas por nosotros, que hicimos las cosas lo mejor posible, que dejamos huellas, que somos buenas personas.

Lo que nos queda de vida es para nosotros, para disfrutar, para cumplir el mandamiento divino de amarnos a nosotros mismos. Por eso vamos a hacer lo que nos da la gana. 

Viajar al máximo, tomando café con amigas y amigos, conversando con todo el que nos encontremos.

Ya pasó la época de los roles. Lo que fuimos, fuimos; ahora somos para nosotros mismos sin tener que rendir cuentas a nadie. 

Los demás seguirán su camino de responsabilidades y afanes, de preocupaciones y nerviosismos. Nosotros ahora estamos por encima del bien y del mal.

Vamos a museos, asistimos a conferencias y si no nos gusta nos salimos sin que nos importe, redescubrimos al Quijote y a Fernando González.

Ahora asistimos con mayor frecuencia a entierros y nos damos cuenta de que se aproxima el nuestro, pero estamos preparados pues al fin y al cabo vivir es mortal.

La vida es para nosotros una profunda experiencia interior, lejos de mitos, ritos, limosnas y pecados sin fin.

Es la hora de empezar a relajarnos y de conversar largas horas con uno mismo, que es el único que permanece siempre, ahora y después de que abandonemos la nave del cuerpo.

Nos rodean pocos seres a quienes amamos profundamente y que seguirán viviendo sus propias experiencias, estemos nosotros o no.  

Mandaremos para donde sabemos a la gente que nos molesta, la tóxica.

Quienes nos buscan sin egoísmos van a encontrar una sonrisa, una mirada tierna y comprensiva, un consejo acertado o no, afecto. 

Somos, ahora sí, libres de ataduras, de prejuicios, de creencias. 

Somos libres si no le tememos ni a la vida ni a la muerte.

Harold Schlumberg

Hoy, como hace nueve años...

Hoy, como hace nueve años, como todos los años y como casi todos los días, me acuerdo de él. De la primera vez que me miré en sus ojos azules, de la sonrisa y las lágrimas que puso en mi cara, de su andar sin prisas, de sus penas ocultas, de sus forzadas alegrías, de los dolores de su alma.

Reíamos sin censuras por las calles frías de Zaragoza,  bailábamos como si nadie nos estuviese viendo, y sus amigos, sus ex y su pareja actual girábamos alrededor suyo, obnubilados por su magnetismo hechizante.

Luego de nueve  años de su partida, no puedo dejar de pensar en todo lo que me regaló, como ese Amor que me revivió, me resucitó, por el que él pasaba de puntillas, sin precipitarse, y yo con intensidad, precipitándome... es que "uno no elige de quien se enamora, como tampoco puede elegir la velocidad" (como escribió el jurado de las gafas de sol en los talent shows de la tele). Tampoco me puedo olvidar de su honestidad, de su saber decir la verdad, aunque doliera, aunque quemara, aunque dejara marcas en la piel del alma. 

No me olvido de sus charlas ni de sus silencios. De su sentido de la fiesta y sus remordimientos dominicales. De sus ganas de beberse toda la vida de un trago y el dolor que le causaba esa misma vida. 

Y no olvido que un día como hoy tomó la decisión de irse, de dejarnos sin su presencia física. Pero cada uno de los que le quisimos bien, tenemos un espacio en el alma, a donde entramos con mucha frecuencia a reencontrarnos con sus ojos azules y con su espíritu trascendido, para convencernos de que valió la pena dicha haber caminado a su lado, sin importar ni la distancia ni el tiempo.

El móvil de Hansel y Gretel

Sirve para pedir la comida, comprar la ropa o conseguir un rato de (¿mal?) sexo. El mundo moderno no sabe vivir sin el móvil, suena en el cine o en misa. No lo apartamos de la cara ni cuando estamos en el concierto ¡en vivo! del cantante favorito. Nos ha convertido en "héroes perezosos", como dice Casciari, que no nos preocupamos de la conquista, de la seducción, porque hay cientos de aplicaciones del mercado de la carne que a golpe de clic enseñan genitales más que rostros y nunca personalidades porque para eso no hay photoshop (ni traductores). 



Ya no hay ligues de parque, miradas interminables en el metro, encuentros de biblioteca, salidas a la playa, ni coincidencias en el gimnasio. No importa si cantas bien, si lees mucho, si eres buen deportista. Tu personalidad no importa, porque es mejor la inmediatez; si no cumples sus escasos requisitos (como el rol en la cama o el tamaño de algún trozo del cuerpo), se pasa a otro perfil (este no, este no, este tal vez, este sí)  y "ciao que no te vi". 

Ahora es anticuado pensar en qué te vas a poner, porque ya no hay que salir. Como todo es a la carta y a domicilio, basta el clic. Para qué leer un periódico, ni qué decir un libro entero, o enterarse de lo que pasa en el mundo, si para intercambiar fluidos corporales eso no es necesario. En el universo de los zombies de las pantallas de doble cámara no hay más comunicación que los mensajes de texto, sin romance, sin aventura, sin misterio, sin esfuerzo. 


¿Qué tal acercarte y hablarle a quien te guste, rozarle la mano, mirarle a los ojos, invitarle a un café o a una copa... a ver qué pasa?. Dejar algo para la sorpresa. Como cuando se flirteaba con personas. Sí, entonces también se ligaba, también había sexo exprés, pero no se preguntaban tus medidas sino una buena charla iniciada con "¿estudias o trabajas?".

(Gracias Javee, por Lo Imprescindible, por inspirar este post)