lunes, 16 de febrero de 2026

Un poco de felicidad


Manuel Vicent

El País, España


La primera regla para ser feliz consiste en no desear  ser el primero en nada.

A esta edad todavía aspiro a conseguir ciertas cosas, que a mi juicio se parecen mucho a la felicidad; por ejemplo, que me siga sentando bien lo que como cada día, que mi fisiología funcione correctamente en el cuarto de baño y aprovechando que estoy allí mirarme al espejo sin despreciarme; dormir con la seguridad de que mañana ningún acreedor llamará al timbre de mi puerta; llenar los insomnios con mis aventuras de niño o de chaval como aquella vez que en la escuela gané el primer premio en un concurso de cazadores de moscas al vuelo por lo que recibí los primeros aplausos de mi vida que todavía resuenan en mis oídos; también intento alcanzar un momento de felicidad cuando, despierto al amanecer, alargo la pierna hacia ese lado fresco de la cama y luego cambio el dial de la radio, dejo que la actualidad se vaya por el sumidero de la historia y que una sonata de Scarlatti me permita seguir soñando.

A estas alturas todavía aspiro a ponerme los calcetines sin gemir, a levantarme del sillón de golpe sin tener que acompañarlo con una blasfemia o una jaculatoria. He leído en alguna parte que un caballo muy sano vive más o menos alrededor de 30 años y que la vida de una persona longeva se compone de los tres caballos que uno lleva dentro; con el primero se va al galope, con el segundo se avanza al trote, con el tercero, que es mi caso, uno camina al paso. La primera regla de la felicidad consiste en no desear ser el primero en nada. Tarde o temprano con pasos cortos todo el mundo llega a su propia meta, pero hay que mirar dónde pones los pies para no pisar ningún charco.

La felicidad es un ideal de la imaginación”, dice Kant. Desde los presocráticos todos los filósofos y moralistas han tratado de dar respuesta a esta aspiración humana de ser feliz. A mi juicio, Schopenhauer ha dado tajantemente en el clavo. Dijo: “La felicidad consiste en no tener envidia”. Que ese vicio cruel e implacable no me ataque es la plegaria que elevo a los dioses todos los días.

martes, 10 de febrero de 2026

Momentos de eternidad

Muchas veces, en la vida terrena sentimos momentos de eternidad. Escuché el concepto esta semana de boca de una entrañable amiga de la adolescencia. Momento de eternidad es encontrarse y revivir historias de hace 50 años. Como lo es también ese concierto de música cubana al piano que te hace sentir a tu madre bailando cerquita, aunque ella ya esté en su eternidad definitiva.

Quizás no somos conscientes de esos momentos de eternidad que vivimos con frecuencia. Una cena entre amigos, la tertulia en el bar después de una sesión de cine.  Aquel beso robado -disimulado con las cervezas- en la ventana de una licorera de barrio. La escapada de casa para una clandestina celebración amorosa. Salir a ligar bailar con los colegas. Leer las viejas cartas de alumnos agradecidos por lo que aprendieron de uno. Una noche de eclipse lunar y de estrellas fugaces a la orilla de una playa virgen del Caribe. Un amanecer en cualquier parte. La sorpresa del cielo rabiosamente azul de Zaragoza. El verde de los Andes colombianos, las montañas de Medellín asomándose a la ventana. La canción que alguien te canta sólo para ti. 

Momentos de eternidad: una canción, una pintura, una fotografía o una escultura que te hacen asomar sonrisas o saltar las lágrimas. Una llamada inesperada. Una cara que habías olvidado y te la vuelves a encontrar. Que te den las diez y las once y las doce... Un te quiero a cualquier hora, sin saber por qué razón. Una copa de vino maridada con palabras dulces, sencillas y tiernas. Dos en una nochebuena. Un abrazo que te estruja el corazón. Una mirada azul o verde o marrón que brilla como su alma y te calienta el espíritu. 

Puede que no sean muchos minutos. Pero son eternos. Algo así como adelantos al concepto tradicional de la eternidad. Mientras llega la definitiva, la intangible, la desconocida, aprovechemos los que tenemos aquí y ahora. 

Gracias,
Vicky, por esta lección.
 

viernes, 30 de enero de 2026

Caliche


Años sin saber de él.

Pero en este mundo hipercomunicado no falta quien te informe novedades de personas de nuestro pasado, a las que casi no recordabas. -Te tengo una triste noticia, decía el mensaje de whatsapp. Pensé en cualquier otra persona, pero no, adjuntan esta fotografía de su esquela. Y uno se queda sin palabras, con emociones congeladas, con el cerebro en colapso.

Lo conocí a mediados de nuestras segundas décadas de vida.  Caliche era  un hombre muy luchador, un valiente que trabajaba más de la cuenta en una oficina bancaria y compaginaba el trabajo con sus estudios de derecho. Antes de las 6 de la mañana estaba en el aula y después de la jornada laboral empataba con más clases hasta las 10 de la noche. Sus fines de semana no se permitía más de dos horas de "ocio", porque se dedicaba a estudiar y estudiar. 

Pasamos algunos años juntos, compartimos amigos, risas, lecturas, emociones, migrañas, psicóloga y un fallido negocio de copas. Por razones que no viene al caso mencionar ni recordar, nuestros caminos se separaron. Solo una vez coincidimos por azar en una calle y no pasamos de un frio y educado "¿Cómo le va?", sin detener nuestros pasos. Sin rencores, sólo que la ruta en común la habíamos dado por finalizada. Pero siempre lamenté que se hubiera sentido herido por mi, aunque no fuese mi intención.

Por el maldito bendito internet, supe de sus logros, de sus ascensos en la carrera, de sus cátedras como docente y de su ejercicio de la abogacía. Y me alegró mucho. Por mi manía de guardar recuerdos escritos en papeles, aún tengo en una carpeta una de las cartas que me escribió. Alguna vez la he ojeado, disfrutando su letra, la intensidad de sus emociones y me pone una sonrisa tímida en la cara.

Aún no se ha demostrado aquello de que quienes han sido parte de nuestras vidas se despiden de alguna manera de nosotros. Pero no hace muchos días lo percibí hablándome de su abuela y de su tía y nos reíamos. Y ayer me cuentan de su partida al Cielo y sentí que debía escribir este post en su memoria. 

Descansa en paz, Caliche. En mi memoria y en la de todos aquellos que compartieron tu senda queda lo enseñaste y sembraste en el alma.