Pero en este mundo hipercomunicado no falta quien te informe novedades de personas de nuestro pasado, a las que casi no recordabas. -Te tengo una triste noticia, decía el mensaje de whatsapp. Pensé en cualquier otra persona, pero no, adjuntan esta fotografía de su esquela. Y uno se queda sin palabras, con emociones congeladas, con el cerebro en colapso.
Lo conocí a mediados de nuestras segundas décadas de vida. Caliche era un hombre muy luchador, un valiente que trabajaba más de la cuenta en una oficina bancaria y compaginaba el trabajo con sus estudios de derecho. Antes de las 6 de la mañana estaba en el aula y después de la jornada laboral empataba con más clases hasta las 10 de la noche. Sus fines de semana no se permitía más de dos horas de "ocio", porque se dedicaba a estudiar y estudiar.
Pasamos algunos años juntos, compartimos amigos, risas, lecturas, emociones, psicóloga y un fallido negocio de copas. Por razones que no viene al caso mencionar ni recordar, nuestros caminos se separaron. Solo una vez coincidimos por azar en una calle y no pasamos de un frio y educado "¿Cómo le va?", sin detener nuestros pasos. Sin rencores, sólo que la ruta en común la habíamos dado por finalizada.
Por el maldito bendito internet, supe de sus logros, de sus ascensos en la carrera, de sus cátedras como docente y de su ejercicio de la abogacía. Y me alegró mucho. Por mi manía de guardar recuerdos escritos en papeles, aún tengo en una carpeta una de las cartas que me escribió. Alguna vez la he ojeado, disfrutando su letra, la intensidad de sus emociones y me pone una sonrisa tímida en la cara.
Aún no se ha demostrado aquello de que quienes han sido parte de nuestras vidas se despiden de alguna manera de nosotros. Pero no hace muchos días lo percibí hablándome de su abuela y de su tía y nos reíamos. Y ayer me cuentan de su partida al Cielo y sentí que debía escribir este post en su memoria.
Descansa en paz, Caliche. En mi memoria y en la de todos aquellos que compartieron tu senda queda lo enseñaste y sembraste en el alma.

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