jueves, 25 de diciembre de 2008

Tras las huellas de los Reyes Magos

Por Massimo Oldoni
Profesor de Literatura Medieval
Universidad de Salerno (Italia)
Traducción de Humberto Barrera Orrego

Cuando sobre el Monte Vaus, el día del nacimiento de Jesús, se vio remontarse una estrella más resplandeciente que el sol, los tres Reyes Magos se pusieron en marcha por rutas distintas: aquella fue la primera peregrinación de la historia cristiana. En el centro de la estrella se distinguía la imagen de un niño debajo de una cruz; desde dentro del astro se oía una voz: "Hoy ha nacido el Rey de los judíos, aquel que es la esperanza y el Señor de los gentiles. ¡Id a buscarlo y adorarlo!" El Monte Vaus se identifica con el Sabalán, la cima más alta del Azerbaidján, en el noroccidente de Persia. La tradición latina medieval llama al Vaus "Monte de la Victoria" y fue sin duda una victoria aquel encuentro de reyes y pastores, de desposeídos y potentados, que en el camino de Belén descubrieron que eran iguales.

Partió Melchor, rey de Nubia y Arabia. De los tres era el de estatura más baja, no tenía esposa ni concubina y permaneció virgen toda la vida. De los reinos de Godolia y Saba partió Baltazar, de estatura mediana, también virgen de por vida. Por último partió Gaspar, el más alto de los Reyes Magos, de piel oscura como los etíopes, virgen también y carente de reina o concubina, era rey de Tarsis y Egriseula, la isla donde crece la mirra en forma de espigas tostadas por el sol. Los tres Reyes Magos, salidos de sus reinos, iban en pos de la estrella que avanzaba al par que aquellos y su séquito, y se detenía cuando ellos lo hacían.

Siguiendo caminos diferentes, los Reyes Magos atravesaron aldeas y ciudades. Era un tiempo de paz y la gente no cerraba las puertas de sus casas. Los veían acercarse en medio de una claridad casi diurna, y todos quedaban asombrados de la imponencia del cortejo. Los caminos ignorados, las corrientes de agua, los desiertos, los pantanos, las montañas, todo se trasformaba a su paso en carreteras allanadas. Y en la encrucijada del Monte Calvario, a dos millas de Jerusalén, los Reyes Magos vieron unos a otros al desvanecerse la niebla que se había levantado.

Hablaban lenguas distintas, venían de países remotos, pero se entendieron y comprendieron que tenían la misma meta. Al despuntar el día buscaron al Niño: "¿Dónde está el Rey de los judíos?". Se dieron la vuelta y, siguiendo la estrella, llegaron a Belén sin necesidad de alimento o bebida y sin darles forraje a los animales. Allí, los Reyes Magos se encontraron con los pastores, la primicia de los judíos, y conocieron a otros reyes, la primicia de los gentiles. Para todos llevaban los Reyes Magos dones provenientes del Palacio de Salomón y de su templo, dones que habían pertenecido alguna vez a Alejandro de Macedonia y a la reina de Saba: vasos preciosos, oro, plata, pedrería. Entraron a Belén hacia la hora sexta, es decir, a mediodía. el viaje había durado trece jornadas. La estrella se había detenido sobre un tugurio e iluminaba la cueva que servía de establo a los animales. Y allí estaba Jesús, un rollizo recién nacido de trece días, en brazos de su madre. María, florida de cuerpo y de piel morena y pelo negro estaba tocada con un paño de lino. En cuanto vio a los reyes Magos se cubrió con un manto blanco.

Los Reyes Magos, apeados de sus dromedarios, besaron la tierra trémulos de emoción, sintiéndose invadidos de un ansia ferviente, y de todo cuanto habían llevado cogieron al azar lo que encontraron al alcance de la mano; pero como reyes de la India, Persia y Caldea, supieron así mismo ofrecer dones especiales al rey de los judíos. Melchor ofreció el oro, símbolo del tributo y signo de la divina majestad y realeza; Baltazar ofreció incienso, símbolo del sacrificio y signo del poder divino; Gaspar ofreció la mirra, símbolo del entierro de los muertos y signo de la fragilidad humana. Pero el don de Melchor, el oro, aludía a historias remotas...

Melchor regaló a Jesús una manzana de oro y treinta denarios del mismo metal. La manzana había pertenecido a Alejandro Magno. La habían fundido con pequeñas contribuciones provenientes de todas las provincias del Imperio, y Alejandro la sostenía en una mano como el mundo del cual era señor, pero cuando había salido de Persia, la manzana había quedado allá. Aquel globo precioso representaba en su esfericidad sin principio ni fin el poder de aquel que gobierna el universo con su virtud y su unidad extraordinaria. En cuanto el Niño Jesús sostuvo entre sus manos la esfera, ésta se desintegró reduciéndose a un puñado de polvo de oro que parecía esparcirse por todas partes, para sgnificar que la humildad de Jesús y la irrepetible unidad de su presencia harían pedazos las cosas viejas del mundo. Los treinta denarios de oro que Melchor ofreció al Señor eran los mismos que Abraham había llevado consigo de Ur de Caldea a Hebrón, y con ellos había comprado el terreno para su sepulcro, el de su mujer y los de sus hijos. Teraj, padre de Abraham, los había mandado a acuñar para el rey de Mesopotamia, y por aquellos mismos denarios José fue vendido por sus hermanos a los ismaelitas. Muerto Jacob, los treinta denarios fueron enviados a la reina de Saba para comprar los aromas con que fueron embalsamados Jacob y José, y después fueron depositados en el tesoro real. En tiempos de Salomón, la reina de Saba los donó al Templo de Jesuralén. Cuando los árabes conquistaron a Jerusalén, en tiempos de Roboam, los denarios de oro fueron guardados en el tesoro del rey de los árabes. Melchor los tomó de allí. Pero, durante la huída a Egipto, María perdió los treinta denarios que, junto con los otros dones ofrecidos por los tres Reyes Magos, había envuelto en un paño de lino. Un pastor beduino los encontró y, como estaba atormentado por un mal incurable, fue a Jerusalén, donde Jesús lo curó y lo convirtió. El pastor le ofreció el envoltorio con los preciosos dones y Jesús ordenó que todo fuera depositado en el Templo. Allí el sacerdote quemó el incienso de Baltazar sobre el altar e hizo guardar en la estancia del tesoro los treinta denarios junto a la mirra. Tres días antes de la pasión del Señor, los príncipes de los sacerdotes tomaron los treinta denarios del tesoro del Templo y de los dieron a Judas en recompensa por traicionar a Jesús. De la mirra, se sabe que una parte fue mezclada con el vinagre que se le ofreció a Jesús en la cruz, y otra parte la agregó Nicodemo a otros aromas para embalsamar el cuerpo del Rey de los judíos.

Una vez que hubieron presentado sus dones y adorado a Jesús, los Reyes Magos volvieron a su tierra, pero ya no estaba la estrella para guiarlos: habían bastado trece días para llegar a Belén, pero hicieron falta dos años, guías e intérpretes para hacer el camino de vuela a sus reinos. Herodes hizo quemar sus naves y trastornó en su búsqueda las provincias que atravesaban.

Pasó el tiempo... Los Reyes Magos conocieron por las narraciones que circulaban todos los hechos de la vida de Jesús, sus obras, sus milagros, su predicación. El apóstol Tomás los encontró todavía sanos y ancianos cuando fueron a buscarlo con todo su pueblo para hacerse bautizar. Los reyes Magos, entonces, difundieron la palabra de Cristo. En compañía del apóstol Tomás consagraron en el Monte Vaus una capilla al Rey de los judíos, y decidieron encontrarse allí cada año. Al pie de la montaña los Magos hicieron edificar una ciudad, Saba, la más noble y rica de la India y de todo el Oriente, al sudoeste de Teherán y al Noroeste de Qom. Allín, en Saba, estaba la morada del Preste Juan, señor de los hindúes, pastor de gentiles convertidos que había heredado su nombre de Juan el Bautista y de Juan el Evangelista. Por último, el apóstol Tomás consagró arzobispos a los Reyes Magos y ellos, a su vez, ordenaron obispos y sacerdotes en toda la India, país donde vivieron largamente.

2 comentarios:

  1. No conocia esta historia.

    Su detalle me conmueve sobremanera y me enriquece el espíritu.

    Gracias por publicarla. Felices fiestas mi mago hermoso.

    Tu, además de mago, eres rey?

    ResponderEliminar