martes, 29 de septiembre de 2009

Un año más

El 29 de septiembre de 2000 desembarqué de un avión de American Airlines en el aeropuerto de Barajas (Madrid). Traía conmigo dos gigantes maletas con mi ropa, parte de mi música, todos los cuadernos de apuntes personales de años (aún no había descubierto los blogs), algunos libros, la radio grabadora que me regaló mi madre el día de mi graduación como periodista y un montón de ilusiones y de sueños por alcanzar.

Llegué muy cansado del largo vuelo y del cambio de horario, pero eso no importaba porque venía a vivir a España, mi sueño de toda la vida, muy bien acompañado por una persona que entonces llenaba mi historia personal de felicidad y-ahora no estoy muy seguro-, creo que estaba en la misma línea y hoy no comparte caminos conmigo. Pasados los nervios del paso por inmigración y recibir la bienvenida a este país, lo primero que vi al salir del aeropuerto fue una escultura de Fernando Botero que me hizo sentir que no me había alejado mucho de Medellín. Y parodiaba la frase de la ópera rock Evita: "Hola, Madrid, ahora vas a ver de lo que es capaz una gran estrella/una gran estrella/en la ciudad".

Ya he contado mis comienzos de esta nueva etapa de mi vida. Los primeros días en casa de un amigo de toda la vida, los primeros trabajos, las rutas perdidas por la gran ciudad, los ojos abiertos ante el casco antiguo, los auditorios, los restaurantes. Acoplarse a nuevos modos de ser, de estar, de vivir y de sentir. Las ausencias físicas -mas no emocionales- de los antiguos amigos y de la familia. Los flash-back de calles y situaciones en Colombia. La primera Navidad, solo y en compañía. El despertar en la mañana preguntándome qué hago yo aquí.

Han sido muchas alegrías y muchos malos tragos. Luchas constantes, a veces tomando un respiro al pie del camino para recuperar fuerzas y seguir adelante. En estos años perdí a mi querida abuela y lo duro fue recibir la noticia por teléfono y recordar sus palabras al despedirme de ella aquella mañana del 28 de septiembre: "Nos volveremos a ver, pero en el Cielo". Supe de amigos que no lo eran. Gracias a internet mantuve y mantengo contacto con mis Mejores Amigos y supe de los que no lo fueron. Recuperé viejos amigos a los que había perdido el rastro y una Noche Vieja recuperé la risa y compañía inapreciable de Amneris. Luego de dos años en España perdí la amistad, amor y compañerismo de aquel con quien pensaba que iba a vivir hasta la vejez. Y esa fue mi peor vivencia, la causante de una profunda depresión que aún vive agazapada en lo profundo de mi corazón (aunque los médicos puedan decir que es en el cerebro).

Por razones desconocidas terminé viviendo en Zaragoza, una ciudad que solo conocía porque tiene una homónima en Antioquia. Una ciudad que he aprendido a querer porque es donde más he llorado. Aquí también he construido otra parte de mi vida. Aquí he trabajado y vivido más de ocho años y sigo añorando a Madrid y a Barcelona. Pero una de las lecciones aprendidas a la fuerza es que uno está donde quiere sino donde tiene que estar. Aquí he trabajado, me he independizado (aún más, si cabe), conseguí la nacionalidad española, he ejercido el derecho al voto en mi nuevo país, obtuve -después de siete años de tramitología- la homologación de mi título universitario, realicé la segunda exposición de fotografías (la primera fue en Madrid) y sigo trabajando como camarero porque parece que para mí no hay más opción (o al menos eso se creen algunos).

En Zaragoza he hecho un pequeño y entrañable mini grupo de amigos. Fernando, cercano, amoroso, sincero y siempre presto a echarme una mano en los malos momentos. Jordi, joven adulto con la palabra precisa y el juicio objetivo y certero. Amneris, la flaca risueña que con sus preguntas me orienta en el camino que a veces pierdo. Miguel-Ojos-Azules, el fiestero enamorado y malquerido que aún no sabe por qué no lo sacaré del corazón. Cristina, uruguaya, amiga fiel y señora donde las haya. John Jairo, paisa de pura cepa, que me respeta por sobre todas las cosas. Y muchos anónimos, pasajeros, temporales, que me han dado su cariño, han compartido sus penas y alegrías, han abierto su corazón y han marchado por los caminos que han elegido.

Son nueve años en los que aún me pregunto a veces si esto ha valido la pena. Si es necesaria la soledad para comprender la vida. Si algún día se me valorará en mi capacidad intelectual y profesional. Si algún amanecer aprenderé lo que tengo que aprender de esta elección.
Nueve años en los que he esperado lo que sé que ha de llegar.

Sigo aquí... deseando dejar alguna semilla que germine en el corazón de los demás.

Sigo aquí... esperando (te).

domingo, 27 de septiembre de 2009

La generación de los autistas

Los chicos de antes jugaban a la pelota, a tocar los timbres del vecindario y salir corriendo, a la vuelta en bicicleta con chapas de refresco sobre las líneas de la cancha de baloncesto, a rodar por un montículo de tierra sobre un cartón encerado, a competir con un carro de madera y ruedas de balines. Y hablaban, reían, inventaban historias. Y al hacerse adolescentes compartían juegos de coqueteo con las niñas del barrio o las colegialas que paseaban por alguna calle céntrica de la ciudad.


Hoy, pasmado, veo ante a mí a una generación de niños y adolescentes autistas. No saben hablar, leer ni comunicarse. Oír, sólo el sonido personal y exclusivo de sus IPod en sus auriculares. Hablar, solo por el messenger, aunque tengan a su interlocutor a menos de dos metros de distancia, o por ininteligibles mensajes de texto desde sus teléfonos móviles. El sábado pasado llegó a la bocatería donde trabajo un grupo de diez personas, dentro del cual había tres adolescentes. Al acercarme a tomarles el pedido, sus padres eligieron por ellos las respectivas hamburguesas y trabajo me costó que los chavales me pidieran por su propia voz las coca colas. La causa: sendas playstation por las que se encontraban absorbidos. No las abandonaron para comer. No dirigieron la palabra a nadie. No se enteraban de lo que comían o bebían. Eso sí, al menor de ellos se le abona a su favor que lo que llevaba entre manos era ¡una novela!

El mundo de las comunicaciones nos tiene incomunicados. El anterior es solo un ejemplo. Veo por las calles a caminantes, ciclistas, pasajeros de autobús y atletas aficionados inmersos en su música, como evitando el contacto con otros seres humanos. Jóvenes incapaces de hablar con el compañero de al lado si no es por el messenger, el Hi5, el Twiter, el Facebook o no sé qué otras mal-llamadas "redes sociales". Adolescentes abúlicos, con tendencia a la obesidad, una generación incapacitada para interactuar en el mundo real, cambiado por el virtual. Y padres dadores de aparatos tecnológicos, para que "se estén tranquilitos".