Al Dios al que yo amo
no me castigará por amar,
ni por sentir,
ni por hablar,
pues Él me dio el corazón
sentimientos y boca.
La ley antitabaco prohibe fumar en espacios públicos cerrados (bares, cafeterías, restaurantes, centros hospitalarios, terrazas con cerramientos, escenarios de obras de teatro donde los personajes "deben" fumar, cercanías de centros educativos...) y lo permite a pacientes de centros siquiátricos, a habitantes de geriátricos -en su habitación- y en las cárceles.
A causa de esta legislación se han gastado océanos de tinta en los periódicos y toneladas de saliba de fumadores en la puerta de los bares y de no fumadores en la barra del local. Las cajetillas de cigarrillos traen casi un 50% de su espacio con avisos del tipo: "Fumar mata", "Fumar perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor", "Fumar acorta la vida", "Si desea dejar de fumar consulte a su médico"... Ahora traen imágenes explícitas de pulmones enfermos, gargantas cancerosas...
Y, por último, la imagen con la que me encontré ayer en la consulta de mi médico de cabecera (de la Seguridad Social). Me llamó la atención su cajetilla de Marlboro en el bolsillo de camisa. Que fume o no fume me da perfectamente igual. Pero lo que sí me da qué pensar es en lo que se monta en la mente de un paciente que, siguiendo el consejo de su supuesto último paquete que pensaba fumarse, va al médico a pedirle ayuda y lo primero que ve es que él también es un adicto. ¿Es él quien va a sugerirle un tratamiento?