domingo, 24 de octubre de 2010

En el aniversario de tu ausencia, compañero.

Elegía a Ramón Sijé
Miguel Hernández
10 de enero de 1936
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
a quien tanto quería)
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

sábado, 23 de octubre de 2010

Mientras se lee esta columna

Por Paulo Coelho
(XL Semanal, 4 de octubre de 2010)


Me parece que esta columna mía se lee en aproximadamente tres minutos.

Pues bien: según las estadísticas, mientras transcurre este tiempo van a morir 300 personas y van a nacer 620.

Puede que yo le dedique media hora a su escritura: estoy concentrado en mi ordenador, con libros a mi lado, ideas en la cabeza, ruido de coches en la calle. Todo parece perfectamente normal a mi alrededor y, sin embargo, a lo largo de estos treinta minutos, 3.000 personas han muerto y 6.200 acaban de abrir los ojos, por primera vez, a la luz del mundo.

¿Dónde se encontrarán estos millares de familias que en los últimos minutos han comenzado a llorar una pérdida o a reír con la llegada de un hijo, un nieto o un hermano?

Me detengo a reflexionar un poco:
es posible que muchas de estas muertes pongan punto final a una larga y dolorosa enfermedad y que ciertas personas encuentren alivio en la visita del Ángel que ha venido a buscarlas.

Además, sin duda alguna, a centenares de estos niños que están naciendo los abandonarán al minuto siguiente y pasarán a engrosar las estadísticas de las muertes antes de que termine de escribir este texto.

Qué cosa. Una simple estadística, que vi por casualidad, y de repente me encuentro sintiendo todas estas pérdidas y estos encuentros, todas estas sonrisas y estas lágrimas.

¿Y cuántos están partiendo en soledad, en sus cuartos, sin que nadie sepa lo que les está ocurriendo?

¿Y cuántos nacerán a escondidas y serán abandonados a las puertas de orfanatos o conventos?

Sigo reflexionando: en su momento ya formé parte de la estadística de los nacimientos y un día también me incluirán en el número de los muertos.

Qué bien: soy plenamente consciente de que voy a morir. Desde que hice el Camino de Santiago, entiendo que, aunque la vida continúe y seamos todos eternos, esta existencia terminará acabando un día.

Aunque creamos en otras vidas,
lo que se nos ha concedido vivir es siempre el momento presente.

Las personas piensan muy poco en la muerte. Se pasan la vida preocupadas por cuestiones verdaderamente absurdas, dejando las cosas para más tarde, evitando toparse con los momentos importantes. No se arriesgan, porque consideran que es peligroso. Se quejan mucho, pero se acobardan a la hora de las resoluciones.

Quieren que todo cambie, pero ellas mismas se niegan a cambiar.

Si pensaran un poco más en la muerte, en ningún caso dejarían de hacer la llamada telefónica que les está faltando. Serían un poco más alocadas. No les daría miedo el final de esta encarnación, pues no se puede temer lo que es inevitable.

Los indios dicen: «Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para dejar este mundo». Y un brujo comentó en cierta ocasión:
«Que la muerte permanezca siempre sentada a tu lado. De esta manera, cuando necesites hacer las cosas importantes, ella te dará la fuerza y el valor necesarios».

Espero que tú, lector, hayas llegado hasta aquí y seas consciente no sólo de lo que dicen las estadísticas, sino también de la misión que tienes en esta Tierra. Sí, es cierto que todos nosotros, más tarde o más temprano, vamos a morir.

Pero aceptarlo es la mejor manera de estar preparados para la vida.

(Nota: Subrayados de Merlín Púrpura).

viernes, 15 de octubre de 2010

Nairí Grigorian, café solo y dúo a dos pianos

Toma café solo, negro, con sacarina. Le gustan las ensaladas y el picante. Siempre está perfectamente vestida, elegante, glamurosa. Y siempre lleva un perfume delicioso. Es alta, se impone su presencia amable y su voz fuerte, con acento del este de Europa.
De origen armenio, la he oído hablar con claridad y firmeza de sus ideas sobre la cultura española. Un día me contó, con una pasión envidiable, que daba clases de piano, y nos conectamos a hablar de música y de sus conciertos por el mundo, sin más presunción que la que puede tener el sencillo agricultor.

Siempre quise verla y escucharla en una sala de conciertos. Y hace poco, sin más, me entregó en la barra del bar donde le sirvo el café o la comida a ella y su preciosa hija adolescente, entradas para uno de ellos. Me acerqué al Auditorio de Zaragoza a escuchar su dúo a dos pianos con Antonio Pérez Roy. Y descubrí mucho más de lo que esperaba.

Salió al escenario segura, sonriendo, firme. Durante el concierto no pude dejar de mirar su cara mientras escuchaba a Rachmaninov, Lutoslawski, Milhaud y Piazzola. Era todo un poema ver cómo comunicaba en el teclado y en su expresión corporal su pasión por la música, su personal interpretación de los sentimientos que los compositores crearon en unas partituras. Mi impresión era que ella estaba como en una celestial posesión de los espíritus de la pasión, la ternura, la melancolía o la nostalgia.

He re-descubierto una vez más que los seres humanos somos múltiples personas en un solo cuerpo, que nos ponemos frente a los demás y nos exponemos a que se queden con la primera impresión, con un mínimo concepto de nosotros, tan mínimo como el que nos mira quiera que sea. A esta mujer del café solo, negro, con sacarina, quizás muchos la puedan ver solamente como la "extranjera" que toca al piano. Yo sabía, hasta anoche, que era una buena mujer, afable, inteligente y buena conversadora. Y en su concierto comprobé que es más que una intérprete o ejecutante del piano. Es toda una artista. Es pasión. Es sensibilidad. Es vitalidad.

Ah, no he dicho que es Nairi Grigorian, de quien me siento orgulloso y honrado de servirle un café.