
Esta escalera -o lo que fue en tiempos- me la encontré en las vecindades del barrio de La Magdalena, en Zaragoza. Una mañana de domingo se me cruzó en el camino y no podía resistirme a la tentación de grabarla en los megas de mi cámara. ¡Cuántos pasos habrán andado por allí! Zapatillas, sandalias, tacones altos y bajos, pies descalzos, rápidos y lentos... Besos furtivos, palabras fuertes y dulces y secretos en susurros. Me imagino a la chavala bajando de prisa a ver a su novio; a la abuela pisando con temor a caer; el chico escapando de los sermones de su madre... Historias que quedaron para siempre en esos escalones, en las paredes de aquella casa de la que hoy sólo quedan las huellas de una demolición y las arrugas del pasado... Pasos, hacia arriba y hacia abajo, a los sueños y las pérdidas. Un eterno subir y bajar.
