sábado, 6 de junio de 2009

Esta mano que todos ven

Foto: Arturo Palacio. Primer Premio Salón de Arte Fotográfico UPB

Esta mano nerviosa y pequeña que todos ven,
esta mano de uñas pintadas y piel frágil
ha cometido sin temblar
oscuros asesinatos fracasados
y algún suicidio rencoroso
en el abandono de la almohada y las lágrimas.
Esta mano ha mentido en salones y calles
con ceremonias usadas y ajenas.
En habitaciones oscuras, esta mano
ha huido de la ternura,
pero lenta como ola de aceite
ha dado placer a los cuerpos.
Esta mano ha ordenado en fila las palabras
para llevarlas al abismo
y hacerlas decir ya sin aliento
del esplendor de las pobres emociones,
del desplome de las ruinas aún en pie,
de la sal vida en las pestañas.
Esta mano ha robado en duermevela
cosas que nunca se atrevió a hacer suyas
y ahora en su palma sólo tiene roces
y el vacío en el que estuvo otra mano.
Esta mano tiene atravesadas las líneas
de una vida que se perdió
porque no supo, no comprendió, no quiso.

viernes, 5 de junio de 2009

Los Ojos de la Ranita

No siempre la ranita tuvo los ojos tan grandes.

Todo comenzó una noche. El sapito se había enamorado de ella y se lo dijo y la ranita contestó que no había nacido para amar, sino para croar y saltar en el estanque.

El sapito insistió y aquella noche la invitó a bailar, y bailaron y bailaron hasta que la ranita se embriagó de tanto dar vueltas y amó al sapito.

Pero la noche tuvo que esconderse cuando apareció don sol.

A la mañana siguiente la ranita no quiso recordar lo que había pasado. "Cuestión de embriaguez", decía.

Pero el sapo supo que la ranita lo amaba y él la amó.

Y la amó siempre y ella también aunque siempre alegó cuestiones de embriaguez.

El sapito triste supo que debía conformarse con mirarla, y la ranita a su vez no pudo evitar mirarlo, y se miraron tanto, que sus ojos crecieron como crece el amor.

Hoy en día ambos ostentan enormes ojos pero no se aman, dice ella.

Y el sapito a veces llora y la ranita continúa jugando y croando en el estanque.

Fabulario. Roberto Gómez

jueves, 4 de junio de 2009

¿Hice lo que quería hacer?

Los familiares de los pasajeros del vuelo 447 deben abandonar las esperanzas de que alguien haya sobrevivido la caída del avión en el océano Atlántico según les informó el jueves Air France, mientras los socorristas continuaban la búsqueda de los restos de la aeronave.

El director general de Air France Pierre-Henri Gourgeon informó a los familiares en una reunión privada que el avión se desarmó en el aire o cuando golpeó la superficie del mar.

Gourgeon les dijo a las familias que no había sobrevivientes. La caída del vuelo 447 se convertiría así en la mayor tragedia de la historia de Air France y el peor accidente en vuelos comerciales en todo el mundo desde 2001. (Fuente: W Radio).

Esta quizás haya sido la noticia de la semana. Una dolorosa tragedia porque nadie se espera que suceda un accidente aéreo donde viajan sus familiares y amigos y en un segundo se pierden sus vidas, sus equipajes emocionales, sus palabras y sus voces. Pienso que allí viajaba el novio que poco antes, en el aeropuerto, besaba a su novia prometiéndole volver pronto a casarse con ella y vivir toda la vida juntos. El inmigrante que iba en búsqueda de un nuevo futuro a un país nuevo y extraño. El que volvía del funeral de un ser querido. O de sus vacaciones después de años de no ver a su familia. El que regresa a casa de su inolvidable experiencia en un país exótico. Alguno iría durmiendo y dormirá por siempre en el fondo del océano. ¡Cuántas palabras quedaron sin decir! Cuántos Te Quiero no se expresaron ni se sintieron. ¿Cuántos vivieron pensando que la vida son dos días? Cuántos estarán llorando un cadáver que no existe? ¿Alguno llegaría tarde al aeropuerto y perdió el vuelo final?

"Recuerdo haber leído algo que escribió un hombre -un autor famoso-; decía que si se anunciara que el mundo va a acabar dentro de una hora, se formarían largas colas en los teléfonos públicos (o los móviles se colapsarían), de gente que querría llamar a otra gente para decirles cuánto los querían.

Yo no creo en eso. Creo, en cambio, que la mayoría de nosotros pasaría la última hora lamentándose: "¿por qué no hice lo que quería hacer?". (Capitán Delaney. El Primer Pecado Mortal. Lawrence Sanders)