y en el sendero que conduce a la luna
se ve salir, como todas las noches,
al Amor.
Lleva a cuestas su tedio milenario,
las cadenas coloniales alrededor del cuello,
-¿por qué será que el Amor,
como todos los fantasmas,
arrastra cadenas, son su estigma,
son el marcador que sella su clase?-
vaga incansablemente por su ruta,
recrea recuerdos para distraerse,
campea sobre sus dominios,
cada cierto tiempo se reporta
mascullando un aullido
emitiendo luces como una vulgar luciérnaga
escupiendo sobre el compromiso
pisoteando la avaricia que sin atenuantes
lo condenó a ser un eterno enamorado y noctámbulo.
Durante siglos se ha pellizcado
para saber si sueña
o para saber si su deambular
es solo producto de una broma de mal gusto.
¡Pero no!
Está mortalmente despierto
las caricias y los besos no fueron suficientes
no ha conseguido quien se enamore de él
en realidad casi todos le han utilizado
sólo algunos lo sienten de verdad,
sólo ellos se inquietan ante su etérea presencia.
Se le niega el elemental derecho a ser reconocido.
Está tan lejos de todo
que ya no aspira a que sus deseos sean ocultados.
Sufre ante la evidencia de ser mediocre
aun después de ser descubierto
No se siente ni siquiera un buen fantasma...
No ha logrado llenar del todo a alguien
muy pocos le han fabricado una leyenda;
sobre él se han escrito algunas crónicas
y muchísimos intentos de poemas
tratando de reivindicar a un aspecto proletario
condenado irremediable e intemporalmente
a los terribles flagelos
de la soledad y el aburrimiento...
hasta que un día surja una nueva oportunidad
de visitar uno, dos u otro corazón más con la esperanza, la certeza
de no salir de allí
jamás.
Mario Andrés Alzate
(escrito en 1997, como un ejercicio de mi clase de Técnicas de Comunicación. Mario, además, es el modelo de la fotografìa).


