jueves, 4 de octubre de 2007

Acercando orillas... "desde la puta mierda".3


Antes de continuar con mi relato de un emigrante en España, he de repasar las vivencias, sitios y personas que me emocionaron en Madrid, de las cuales guardo hermosos recuerdos, tesoros que llevo conmigo y que han hecho que todo valga la pena.

La casa de J., cálida y receptora, sobre todo aquella primera víspera de Navidad, con sus hermanas, hermanos, sobrinos y amigos. Para sentirse como en casa, con la música bailable, la comida típica, el baile, las risas.

Una mañana festiva de 12 de octubre, día de la Hispanidad, metidos en la cama con su hermana G., y sus hijos, todos viendo en la tele la transmisión del desfile militar.

La primera noche de víspera de la Inmaculada, encendiendo unas pocas velas en el marco de la ventana, con D., mi compañero, en el piso que compartimos por primera vez.

El Paseo y el Museo del Prado, el Museo Reina Sofía, la estación de Atocha, el Parque de El Retiro, El Escorial, la Plaza de Colón, los conciertos de música clásica en el Auditorio Nacional, cenas en el Tai Garden, copas en cualquier bar del centro, Chueca.

El primer curso de capacitación para un puesto de teleoperador (que tampoco resultó). Allí conocí a C., una amiga con la que conecté (conectamos) de inmediato y la conservo amorosamente.

Un empleo de sustituto de chico de las basuras en un Hospital. Lo gracioso era que había que ir dos veces al día, recoger los cubos de basura y dejarlos en un patio. Era diciembre, invierno, con frío y lluvia, y los turnos incluían 24, 25 y 31 de diciembre, 1 de enero y poco más. Cuando todos iban en el metro de regreso de la fiesta, con sus churros y su chocolate espeso y sus borracheras, yo iba fresquito recién bañadito después de las fiestas donde J.

Mi primer trabajo como camarero en un restaurante de la zona "fashion" de Madrid. Divertido, pesado... para aprender.... Aún me da risa el día que me estrenaron sirviendo mas de 15 cafés (¡casi acabo con la vajilla!)

Mi primer trabajo como dependiente en una tienda de objetos del mundo, cerca de la Plaza Mayor. Atravesar la plaza era mi alegría del día.

Los trabajos extras en el centro de la tercera edad. Lavar miles de platos (bueno, cientos) en fiestas de san Valentín, con las señoras sacándome a bailar y una noche, trepado con D., sobre una mesa, bailando La Bomba (de Ricky Martin).

La mano que me tendieron en Cruz Roja Española para mi primera exposición de fotografía en España. El asesor era un joven de Mauritania que me apoyó incondicionalmente para que pudiese exponer en la Librería Berkana en el barrio de Chueca.

La mudanza al piso compartido con el francés. Siete viajes en metro para llevar los "coroticos".

La pequeña habitación que nos ofreció J.J. en su casa. Con otro trasteo en metro llevando los "trapitos".

Las ofertas de trabajo más "salidas": Limpieza de un apartamento (pero debía incluir masajes al propietario). Teleoperador de una línea erótica.

La compañía y apoyo de D., quien se atrevió a compartir conmigo por algunos años. A pesar de todo lo que sucedería después, sus palabras, su energía, cariño y fuerza de voluntad fueron un ingrediente que no puedo negar en esta historia.

Son estas y muchísimas más. Algunas tristes, otras dolorosas; unas para crecer, otras para madurar; en su momento muchas parecían insuperables, en la distancia son recuerdos o anécdotas. Pero son experiencias de vida.

(Esta historia continuará).

miércoles, 3 de octubre de 2007

Filtro Solar


Estos días grises del otoño me ponen triste, cantaba José Luis Perales. Y ahora que comienza esta temporada, la de las hojas por el suelo con mil tonos de ocres, el cielo rabiosamente azul del verano se ha transformado en un cielo plomizamente pesado, cargado de nubes y de tormentas. Pero se encuentra uno, buzeando por los blogs amigos, con comentarios de 38ºC que reconfortan, como la sonrisa mañanera y la charla variada de la mujer a la que le sirvo a café con leche y la tostada con aceite de oliva y mermelada de melocotón a primera hora.

Este video (que alguien dice que es de una marca publicitaria) no tiene desperdicio y hace sentir el sol en la piel y en el alma con consejos como estos:

Disfruta de la belleza. No estás tan gordo como imaginas. Haz algo que te de miedo. Canta. Baila. No juegues con los corazones. No dejes que jueguen con el tuyo. No pierdas el tiempo con celos. Recuerda los elogios. Olvida los insultos. No te sientas culpable si no sabes qué hacer con tu vida. No te congratules ni te censures demasiado. Disfruta de tu cuerpo. Los amigos vienen y van pero unos pocos merecen conservarse. Viaja. Tú también vas a envejecer. Los consejos son una forma de nostalgia. Usa filtro solar.

lunes, 1 de octubre de 2007

Acercando orillas..."desde la puta mierda".2

Llegamos y fuimos bien recibidos. La casa de un amigo que emigró muchos años antes fue nuestro primer refugio: Un lindo ático en el Madrid de los Austrias. Pero este amigo, al día siguiente se iba un mes de vacaciones. Así que a buscarse la vida. Después de vivirlas, algunas anécdotas son de risa, pero en su momento angustiosas. Como pagar billetes de metro para andar cuadro calles, o que sólo te sirva de orientación la famosa valla de jerez Tío Pepe en la Puerta del Sol. Pero siempre aparece un angelito, que te va guiando, que te cuenta de los bonos del metro y del bus, que te dice dónde se pide trabajo, que te acompaña y te evita la angustia que se siente en las noches cuando despiertas y no sabes dónde estás o cuando la pesadilla te sobresalta porque estabas en un avión sin regreso.

Al principio son sólo buenas sensaciones. Una nueva ciudad, más grande, más cosmopolita. Otras caras, gente de todo el mundo andando por las calles, el cambio de clima por las estaciones, reencontrar los museos, las catedrales, los grandes conciertos. Cosas simples como la "necesidad" de tener un teléfono móvil. Es otro mundo. Ni mejor ni peor. Distinto. Al que estábamos dispuestos a comernos.

Pero el dinero se agota. Y los gastos no faltan. Así que a seguir consejos. Que en tal sitio dan trabajo de "ensobradores". Pues allí nos encerramos en una bodega cutre, sin ventilación, con dos docenas de inmigrantes ilegales. Varias horas al día a armar sobres, llenarlos con cinco folletos de publicidad, juntar 500 en una caja y "declararlos" a una mujer. Todo para que al final del mes recibiésemos cualquier mísero salario. Y lo peor de todo era ver todo el tiempo el slogan de la compañía: ¡"Tu libertad"!

Una tarde que no olvidaré es la del 7 de diciembre. Salíamos de lo de los sobres de la compañía de teléfonos móviles a llamar a casa. Es una fecha muy especial en Medellín, cuando todas las familias, los amigos, los centros comerciales, la ciudad entera comienza las celebraciones de la Navidad en las vísperas de la Fiesta de la Inmaculada. Es la noche de las velitas, del Desfile de Mitos y Leyendas, del encendido del alumbrado navideño. Y cuando se está a miles de kilómetros físicos de aquello, uno no hace más que llamar a Colombia a llorar por teléfono.

Ya vivíamos en otro lugar. No hay que ser muy listo para saber y comprobar aquello de que "muerto y arrimado al tercer día hiede". Ante una sutil insinuación de nuestro casero, mi amigo E., nos buscamos dónde vivir. Esta vez nos mudamos a un apartamento que compartíamos con un francés, que se gastaba su sueldo y el de nuestra cuota en fumar porros, beber y salir de putas. Cada vez pedía el alquiler con más prontitud. Cada vez se nos comía la comida con más frecuencia. Cada vez se encerraba con el televisor (de uso común) en su cuarto. Y sin previo aviso nos informó que en tres días entregaría el apartamento a su dueño y que nos buscáramos la vida.

Fuimos a parar a casa de un hermano de E., que amablemente nos brindó hospedaje. El "trasteo" fue en 8 viajes metro y nos acomodamos en una habitación pequeña, en una cama pequeña, tratando de molestar lo menos posible. Mi compañero iba a sus clases de especialización los sábados, limpiaba pisos, servía cafés en un centro de mayores (donde yo los días de eventos especiales me dedicaba a fregar platos). Yo, por mi parte, me ocupaba de camarero, de dependiente de una tienda de regalos, de recogedor de cubos de basura en un hospital (una suplencia entre Navidad y Reyes), todos trabajos temporales. Pero era feliz cruzando la Plaza Mayor cada mañana. Entre tanto, no dejamos un momento de ir a todos las entrevistas que E., me traía contactadas cada tarde. Tengo el dato, 62 en total, de las cuales sólo salía el consabido, "te llamaremos", tan común en Madrid para citas de trabajo o de amigos.

Lo mejor era que entretanto pudimos disfrutar de ese Madrid que tanto me gusta, de sus calles y avenidas, de sus restaurantes de toda clase, de los conciertos en el Auditorio Nacional, gracias a que E. nunca dejó de invitarnos. A él también le agradeceré siempre que esa primera Nochebuena y esa primera Nochevieja las pasáramos abrigados por las risas, la comida y los bailes colombianos en su casa con su numerosa familia.

Pero después de tantas peripecias, de estar casi a punto de tirar la toalla, de hasta vernos solicitando citas en las parroquias, de ver que ya que el billete de regreso había caducado, ya no había marcha atrás. Y una voz telefónica llamó desde Zaragoza y abrió una pequeña luz en ese túnel en el que estábamos.

(Esta historia continuará)