jueves, 23 de agosto de 2012

El último trasteo (1)

Aquí, sentada en la poltrona roja, las cajas de cartón esparcidas desordenadamente alrededor, contemplo este recinto por última vez. Aún falta mi colección de campanitas por descolgar, la de bronce hindú, la de cerámica con su sonido cristalino y la de barro con su dejo a monte; también la jaula de bambú con los pajaritos de pauche y paja -unos caídos ya y cubiertos de polvo- y el origami taiwanés violeta que se mueve al lado del helecho enfrente del ventanal del comedor,

Al pie de la chimenea quedan las ollas y pailas de cobre y las cenizas y leños de la lumbre de anoche.

Dentro de las cajas ya han sido guardados cuidadosamente, en ese ritual que por destino he de repetir todos los septiembres (alguien me dijo que así estaba establecido en mi mapa astral) los tomos de la enciclopedia y los clásicos, los libros del abuelo, las cartas de mi madre y nuestras cartas y fotografías de doce años.. Aparte están sus cosas y las mías para facilitar el trasteo.

Las matas que abundan verdes en los rincones, la alfombra de hebra negra que encargamos a Cajicá, el juego amarillo de comedor sobre el cual reposan dos copas con restos de brandy, todo de alguna manera ha perdido su sentido, ha quedado vacío, como un monumento que albergaba algo que ha dejado de ser.

Anoche repartimos las sábanas, los manteles y las toallas y peleamos por unos ceniceros.

Ahora, al acercarse el adiós, recorren por mi mente, como en una película acelerada -y como dicen que ocurre en el momento de morir- todos los instantes alegres, dolorosos y tiernos y no puedo evitar el llorar.

El camión llegará en una hora. No sé a dónde voy; es uno de esos momentos en la vida en que estamos totalmente a la deriva del destino. De ahora en adelante, los trasteos tan solo serán míos, seguramente repetidos todos los septiembres.


Acabo de mudarme. Bueno, llevo una semana de mudanza. Y no he podido olvidar este relato que siempre me ha gustado. Porque uno cambia, o porque la vida lo obliga, he tenido que meter en cajas de cartón, en bolsas, mochilas y maletas, ocho años de objetos y recuerdos del apartamento al que me mudé después de una dolorosa ruptura. Y uno empieza, lentamente, como resistiéndose,  a guardar cosas, a encontrarse viejas fotos y cartas, a rememorar el Amor de aquellos Ojos Azules que tantas veces durmieron en mis brazos. Recuerdo tantas risas y lágrimas, tantas soledades y compañías, las campanitas y cometas de cristal colgadas del techo, que me regaló mi mejor amigo colombiano y que ahora no encuentro en la nueva casa. Doloroso el guardar los libros y los cuadernos de apuntes que me acompañan casi desde la adolescencia, las fotos de familiares y amigos. Uno se siente como congelando una parte de la vida, que deberá reanimar en un sitio nuevo.

Ahora no tengo que discutir por unas sábanas, un cenicero o un mueble. Ahora, como otras veces, tengo que recoger, guardar, limpiar y subir las cosas a un camión con otro destino. Llegué a este país con dos maletas llenas de ropa, algunos cedés y muchas ilusiones, y me he ido llenando de más cosas, adornos, utensilios, libros, música, aparatos... y no he aprendido a andar ligero de equipaje material.

Los trasteos sirven para reciclar, para tirar a la basura memorias inútiles. No pude evitar llorar al devolver las llaves. Quedaron menos de cincuenta metros cuadrados vacíos de mis vivencias. Ahora irán conmigo a otro sitio, a un barrio que tendré que re-conocer, a un sitio más grande, con más espacio, donde seguramente me ampliaré y luciré los objetos, a un sitio que tendré que habitar con todo lo que soy y lo que me identifica, donde deberé colonizar sus pasillos y habitaciones. Y donde tendré que poner otra vez mis ilusiones.

¡Volver a empezar!

domingo, 5 de agosto de 2012

Las amargura vuelven a ser amargas: Ya no las canta Chavela Vargas

Chavela no ha muerto. Se fue. Ha trascendido. Ella misma decía: "Yo no me voy a morir porque soy una chamana y nosotros no nos morimos, nosotros trascendemos". Hace poco comentaba que estaba viendo a la Vida y a la Muerte, ahí junto a ella. Y que no les tenía miedo. ¿Cómo habría de temerles esta mujer que caminó por el mundo terrenal durante 93 años y se bebió la Vida a golpe de tequila (contaba que se bebió toda la producción de México), de alegrías y penas de amor? Esta mujer llenó el corazón de nostalgias de más de tres generaciones, no cantaba simplemente, más que interpretar dejaba jirones de su corazón en cada tono.

Costarricense de nacimiento, mexicana por adopción, universal por su canto, Chavela amó sin reparos ni falsas leyes de los tradicionalistas del siglo XX, buscó y encontró la pasión, interpretó a los grandes, no negó nunca lo que su corazón le hacía sentir. "Yo nunca me he acostado con un señor. Nunca. Fíjate qué pureza. Mis dioses me hicieron así. Por algo es". No presumía de lesbiana pero no lo negaba. Se enfrentó a la sociedad de su tiempo, a la Iglesia que dice que malditos los homosexuales. "Yo no estudié para lesbiana. No me enseñaron a ser así. Yo nací así. Desde que abrí los ojos al mundo. Esa es la verdad de cuando se es homosexual puro y limpio. Me iré con los chamanes que han purificado mi alma; me emociona saber que estoy conforme conmigo. Que me aman. En mi alma hay armonía. Para ser como soy yo hay que ser demasiada mujer. Presumo de eso".

Volvió a España, "la hembra de Europa", en sus últimos 20 años,  como pidiendo que no la olvidemos nunca. Se obstinó en dar un último concierto el mes pasado en homenaje a Federico García Lorca. Fascinó a anónimos y famosos, mayores y jóvenes, que la habían conocido a través de los discos de vinilo que sus padres escuchaban durante el franquismo. A los dos días de su concierto ingresaba en el hospital después de tamaño esfuerzo de 13 horas de vuelo, concierto y visita a la Residencia de Estudiantes de Madrid.  Por decisión propia regresó a su México lindo y querido, donde se elevó  ayer.

Hoy también recuerdo cada una de las canciones de esta dama de poncho rojo, pelo de plata y carne morena. Esas que acompañaban tardes de juegos de cartas y aguardientes en casa de mi abuela. Hoy no tengo que decirle Ojalá que te vaya bonito, porque sé que así será. Esta día se fue "de a de veras" y si pudiera pedirle algo es que le cante a esos otros seres mios inmortales en su cielo con sabor a tequila. Chavela, como el chile verde, llorona, picante pero sabroso, qué difícil tener que olvidarte. Ojalá podamos seguir viviendo, sin brindar con extraños y sin llorar por los mismos dolores.

Marilyn Monroe, la eterna deseada

Marilyn Monroe
Fotografía de Richard Avedon
"Sola. Estoy sola.
No entiendo porque estoy sola
cuando he querido a tanta gente...".

Norma Jean Baker, conocida como Marilyn Monroe, (1 de junio de 1926 - 5 de agosto de 1962), una de las mujeres más deseadas de la historia,  sigue siendo, cincuenta años después de su trágica muerte, el mito erótico para ser amada y deseada, el ícono eterno del imaginario colectivo. Hermosa, curvilínea, triste, depresiva, vulnerable, de seductora mirada miope, buscó el amor sin descanso, amó y se casó varias veces. Exigente con su carrera, de temperamento tímido y divertido, a veces se le veía indefensa. Fotografiada hasta la saciedad, la cámara la amaba y los fotógrafos no lo tenían difícil para retratar su espíritu. Y aunque fuese adorada en aquellos mundos oscuros del famoseo cinematográfico, nada pudo levantar su ánimo. Sus deseos de pasar inadvertida no se han cumplido hasta hoy. Le dolía la vida, murió joven y, sin duda, fue un bonito cadáver. Y con ello nació el mito. La eterna deseada.

"A veces siento...¿es que no tengo piel?
¿Le falta una capa? Todo duele.
Como una quemadura de sol".