Hace ya diez años que publiqué la primera entrada de este blog. Venía de otra red en la que también escribía y comentaba cosas que (se) me ocurrían. Descubrí Blogger, lo intenté, con valiosas asesorías, críticas y ayudas y con frecuencia o sin ella, aquí sigo escribiendo.
De mis estudios para homologar el título universitario en España, recuerdo haber leído que el blog (si no es un medio de subsistencia) no debe convertirse en una pesada carga ni en una obligación. Para mí es un divertimento, un medio de expresión, de catarsis, de desahogo. Aquí he acudido presuroso cuando he tenido una pérdida humana (de esas que tanto duelen), cuando he alcanzado metas, cuando me han fastidiado... he conocido personas maravillosas, en la vida real y en la virtual, se me han apuntado 100 seguidores (cosa que en el mundo de las redes parece una nimiedad), seguidores que se han ido, que no han vuelto y otros que se han quedado. Da igual. Como que decía aquel escritor: "Uno publica para no pasarse el resto de la vida corrigiendo originales."
Cierto es que a veces pienso en dejarlo. Así tal cual, sin despedidas ni ceremonias. Pero cuando pasan cosas como la muerte de los seres que amé y nos amaron (Ojos Azules, Marisa, Cristina), cuando necesitas gritar lo que te arranca jirones del alma; cuando quieres compartir la alegría que te causan un ser humano, un paisaje, una ciudad; cuando quieres protestar, quejarte o simplemente desahogarte... ahí tengo un teclado, un par de fotos y el milagro de la palabra que puedo dejar en el blog.
Puede que el ser "bloguero" esté venido a más, con tanto "influencer" y "experto" en chorradas varias. O puede que esté venido a menos, cuando la moda es hacerse 60 "selfies" por minuto. Pero yo sigo creyendo en la palabra. Y, de momento, cuando quiera, pueda o me dé la gana, publicaré, principalmente para mí, lo que (se) me ocurra.



