lunes, 27 de septiembre de 2010

Lo que me interesa

Me encontré este texto en un viejo cuaderno de apuntes:

No me interesa lo que haces para ganarte la vida. Quiero saber cuál es tu dolor y ti te atreves a soñar que te permites encontrar lo que tu corazón añora.

No me interesa cuántos años tienes. Quiero saber si te arriesgarías a parecer un tonto por amor, por tus sueños o por la aventura de estar vivo.

No me interesan qué planetas hacen la cuadratura de tu luna. Quiero saber si has tocado el centro de tu propio dolor, si las traiciones de la vida te han abierto o si te has encogido y cerrado por el temor de sentir más dolor. Quiero saber si puedes sentarte con el dolor, mío o tuyo, sin moverte para esconderlo o para resolverlo.

Quiero saber si puedes estar con el GOZO, tuyo o mío; si puedes danzar salvajemente y dejar que el éxtasis te llene hasta las yemas de los dedos de las manos y de los pies, sin advertirnos que debemos tener cuidado y ser realistas, ni recordarnos las limitaciones de ser humanos.

No me interesa si es verdadera la historia que cuentas. Quiero saber si puedes desilusionar a otra persona para ser auténtico contigo mismo, si puedes soportar la acusación de ser un traidor y no traicionar tu alma. Quiero saber si puedes ser fiel y por lo tanto confiable.

Quiero saber si puedes sentir la belleza aún cuando no todos los días son bellos, y si puedes encontrar la fuente de tu vida en su presencia.

Quiero saber si puedes vivir con el fracaso, tuyo o mío, y a pesar de ello pararte a la orilla de un lago y gritar "¡Sí!" al plateado de la luna llena.

No me interesa saber dónde vives ni cuánto dinero tienes. Quiero saber si puedes ponerte de pie, después de una noche de dolor y desesperanza, agotado y golpeado hasta los huesos, y hacer lo que hay que hacer por los niños.

No me interesa quién eres ni cómo llegaste aquí. Quiero saber si permanecerías conmigo en el centro mismo del fuego sin echarte atrás.

No me interesa dónde has estudiado, ni qué has estudiado, ni con quién lo has hecho. Quiero saber qué es lo que te sostiene desde adentro cuando todo lo demás falla.

Quiero saber si puedes estar solo contigo mismo y si te agrada verdaderamente la compañía que buscas en los momentos vacíos.

Sin más "palabras",

Elizabeth

domingo, 26 de septiembre de 2010

Otra de soledades: Tristes Amaneceres

Por Mariana Jara
Metro

Toni dice que no le gusta llegar a su casa porque sabe que nadie lo está esperando, por eso dejó morir las plantas que alguna vez tuvo en su balcón, para evitarles el dolor a la soledad, me contó. Hace tiempo que su alma suena a tango triste y no levanta cabeza. Debe de ser por eso que escucha tanto a Gotham Project. En teoría tiene todo para ser feliz, un buen trabajo en una agencia de publicidad, mujeres no le faltan, una vida social divertida, un ático con terraza y todos los DVD que quiere, sin embargo algo le hace tirar para abajo. Creo que le gusta recrearse en el dolor. Lo quiero infinitamente, pero me da mucho miedo contagiarme de esa nostalgia inconcreta, que tiene que ver más con lo que no se hizo bien, con los errores que se cometieron en el pasado, que con la gente que ya no está. Cada vez que tiene la incierta posibilidad de ser feliz, prefiere el camino contrario.

Esta mañana, mientras escuchaba a Diana Krall, me llamó para contarme un sueño. "Siento que estoy durmiendo con una mujer que no sé quién es, pero estoy muy a gusto y todo es maravilloso, y de ponto, se da la vuelta y sus ojos ya no son los mismos y su cuerpo empieza a cambiar, igual que su rostro, y va cambiando mil veces, tanto, que van pasando cientos de mujeres y ya ni sé quién era ella al comienzo y me despierto angustiado, desesperado, porque ya no sé quién era". No hay que ser Freud para adivinar lo que hace tiempo tengo claro. Toni se acostumbró a la melancolía, no tiene a nadie a quien extrañar, sin embargo sigue extrañando. Su última relación seria fue a los 25 años y acaba de cumplir 34, a partir de entonces nunca más se ha querido enamorar. Prefiere estar siempre de paso en la vida de la gente, porque tiene ese medio generacional que todos los treintañeros, que andamos perdidos buscando algo que nos ayude a cruzar ese vacío que se abre como un abismo entre la felicidad y el vivir.

Por eso sus relaciones nunca duran más de un mes y tiene todo un decálogo de normas: no le gusta llevarlas a casa, no llamarlas todos los días, no pasar nunca un día con ellas después de hacer el amor, nunca planear viajes juntos y no conocer a sus amigos. Así no engaña, ni se engaña, dice él. Después de 20 minutos de oírlo quejarse de que era el ser más infeliz de la tierra, me atrevía a contarle que hace algún tiempo la melancolía duerme en su cama. "Son esas mañanas en que le temo a la vigilia, porque en mi duermevela siempre pasa lo mismo. Él, que es el mismo de siempre, se levanta, como lo hacía antes, y ronda por la casa como un león controlando su territorio, para volver con todo su cuerpo a mi lado y buscar el calor de mi espalda, en un fuerte abrazo que me transmite la seguridad que emana del cariño. En mi sueño, los dos soñamos los mismos sueños, hasta que suena el despertador. Sólo que ahora cuando suena, ya no está, ni siquiera queda su olor y mis ojos se abren con una cortina de lágrimas. Y con un té con leche empiezo a resucitar y comienzo a encaramarme nuevamente arriba del mundo para que vuelvan a existir los minutos, las prisas, las reuniones, los proyectos y las nuevas conquistas".

Toni quedó algo sorprendido con mi confesión. "Hostia, tía, por qué no me lo habías dicho, y yo aquí dándote la lata con mis tonterías". Uno a veces ayuda a sus amigos sin quererlo.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Para una amiga que no se acostumbra a la soledad



"No, no, nunca estoy solo cuando estoy con mi soledad...
no, no, nunca estaré solo, estaré con mi soledad...
ella es mi más dulce costumbre...", canta Georges Moustaki.


Pero, por supuesto, llegar a nunca sentirse solo, nunca sentirse sola ni estar sola con la soledad es un duro aprendizaje; hacer de ella su más dulce compañía es también un aprendizaje que no se hace en unos días. Y mi amiga hace muy poco se separó después de una relación de más de quince años... Ella me dice a menudo: "Florence, yo quisiera saber vivir la soledad, pero no puedo, no puedo pasar un fin de semana sola sin desesperarme y ponerme a llorar... no puedo ni siquiera pasar un día sola".
Yo trato de explicarle entonces que ese aprendizaje se hace poco a poco y que la única receta es aprender y comprender que uno, una, nunca está sola consigo misma. Es decir, uno puede estar sola pero no sentirse sola porque la soledad permite confrontarse con uno mismo, permite descubrir alguien lleno de potencialidades, de posibilidades que nunca habían podido manifestarse. La soledad permite aprender poco a poco a amarse, amarse lo suficiente para nunca más sentirse sola y entonces la soledad se vuelve una soledad habitada, constructiva, creativa, generosa con una misma, con uno mismo; una soledad que consiente, que desarma, que posibilita llegar a esta casa interior que todos y todas tenemos dentro pero que dejamos tanto al abandono por la ansiedad de estar siempre rodeados, rodeados de otros, de otras.

La soledad es un regalo que uno se hace a sí mismo, a sí misma. Ese regalo me lo hice hace tiempo y, como dice Moustaki, mi soledad habitada se ha vuelto mi más dulce compañía. Toma todo el espacio en mi cama pero nunca me siento sola con ella. Pasar de vez en cuando un fin de semana sola en el apartamento es un goce, un regalo, una alegría sin nombre. Comer cuando uno tiene hambre, vestirse de vacaciones, ponerse los viejos suecos negros de los años setenta, disponer del tiempo al ritmo del seseo, escuchar una cantata de Bach o una canción de John Lenon a todo volumen y sin permiso, no responder al teléfono y no sentir el tiempo pasar.

La soledad permite el juego de la memora, el juego de los espejos y el encuentro con este otro yo desconocido que siempre me habita. La soledad permite también la pereza, el sueño e incluso facetas desconocidas del erotismo. Mi piel para mí; mi deseo para mí; mi placer para mí. ¡Qué regalo para una mujer! Pero no hay duda, es un lento aprendizaje; me acuerdo de los primeros meses, tal vez los dos o tres primeros años de mi separación, cuando todo era bueno con tal de no estar sola, cuando cualquier cosa, cualquier evento servía para tratar de conjurar la soledad. La soledad habitada, la soledad gozosa es una compañía difícil que hay que merecer porque ella no se regala. Con ella, las palabras ya no mienten, el tiempo tampoco y la vida se vuelve densa y a la vez más transparente.

Gracias a ella, he aprendido muchas cosas, he aprendido a escribir, a leer y a mirarme en el espejo sin miedo; he sabido también cuánto quería a la gente, a la gente que yo amo porque solo gracias a ella, a la soledad, conocí el precio de la compañía. A veces la traiciono pero siempre vuelvo a ella y sé que esta mujer amiga mía, cuando logre asumir la soledad, respirará mejor y sabrá con más claridad cuánto la queremos y cuán querida es.