miércoles, 5 de mayo de 2010

Si te matas, me suicido

Por: Héctor Abad Faciolince


La historia es triste y muy simple. Sucedió hace 15 días en Bogotá. Ángelo González, un niño de 13 años, buen estudiante, tranquilo, alegre, para no tener que pagar el pasaje del Transmilenio, intentó colarse en el sistema saltando la barrera por un lugar prohibido. En ese momento llegaba el bus, que lo arrolló.

Su cuerpo quedó aprisionado debajo de las llantas, muerto. La falta fue del niño, no del conductor. Pero la falta del niño debe matizarse mucho cuando se piensa en lo que quería hacer: ahorrarle 1.600 pesos a su familia. Tres días después de la muerte trágica del hijo, su padre, Jorge González, enfermo de culpa y dolor, apuntó una pistola contra su pecho y disparó.

Si yo tuviera 13 años y viera que en mi casa hacen mucho esfuerzo para pagarme el pasaje del bus, intentaría colarme. Si yo fuera padre y un bus aplastara a mi único hijo porque él intentó ahorrarse el pasaje, que quizá yo le di refunfuñando por el alto costo del transporte, me darían ganas de matarme. Estoy de acuerdo con Ángelo y con Jorge: los dos hicieron algo que no es absurdo sino muy comprensible. Su historia me conmueve y lo único que espero es que esa tragedia sirva de algo.

Si Colombia creyera de verdad que la educación de todos los jóvenes —ricos y pobres— es fundamental para nuestro desarrollo, y para el pleno desarrollo de cada ser humano, tomaría una medida que no es impracticable para el presupuesto nacional: los estudiantes, todos los estudiantes matriculados en cualquier institución, entre los 5 y los 25 años, deberían tener subsidiado por el Gobierno su transporte. Estar matriculado debería equivaler a tener el transporte público pagado.

Echen números: si uno se gana 600 mil pesos mensuales y es padre de familia, la cuenta del transporte público para un hijo estudiante es la siguiente: 3.200 pesos diarios por cinco días a la semana: 16 mil. Por cuatro semanas: 64.000. Si tiene tres hijos (como era el caso de la familia González) en solo pasajes se van 192 mil pesos, y eso contando solo dos viajes al día y ninguno el fin de semana. Si los padres también toman el bus, la cifra sube hasta 320 mil pesos. Esta es una
familia colombiana corriente: tres hijos, padre y madre, salario mínimo. Si un tercio del salario mínimo se va en el transporte de los hijos, si más de la mitad del salario mínimo se va en el transporte de la familia, es imposible sobrevivir. Es como si una familia que gana 6 millones de pesos al mes se gastara en el solo transporte 3 millones: sería desesperante, imposible de aguantar.

¿Cómo financiar el transporte a los estudiantes? No soy político ni legislador ni economista. Pero creo que costaría menos de lo que nos gastamos en balas de fusil, en corbetas, aviones de guerra y helicópteros artillados. Menos de lo que se roban los paramilitares metidos en las empresas de salud. Hemos crecido con la mentira de que Colombia es un país muy pobre. No es tan pobre. Es un país saqueado por los ladrones y por los corruptos. Cuando haya un gobierno nuevo que no robe y que esté interesado en la educación, cosas como esta que propongo se podrían hacer. Tenemos con qué.

En estos días, conversando con un campesino que ordeña vacas a 9 kilómetros de la cabecera municipal, éste me dijo que, aunque era gratis, él no podía mandar a sus dos niñas a la escuela. ¿Por qué? Porque la cuenta no le daba: 8 mil pesos diarios, por 20 días al mes, son 160 mil pesos. Como trabaja por horas, gana menos del mínimo. Las niñas no se pueden ir a pie. Tiene un buen motivo para no mandarlas. El Estado tiene que asumir al menos parte de este costo de la educación: el transporte. ¿Cómo? Sacándonos a los ciudadanos más pudientes, a través de impuestos, el dinero para pagarlo. Los estudiantes, todos, deben tener asegurado algún transporte público subsidiado. Es un mínimo acto de justicia social. Indispensable. Para que niños de 13 años no se vuelvan a matar por ahorrarse el pasaje; para que padres de 53 años no se suiciden por la pena moral.

lunes, 3 de mayo de 2010

A propósito de un reportaje

Pirry:

Desde siempre lo he admirado y me ha gustado mucho cada uno de sus programas, de hecho en algunas ocasiones le he manifestado a través de correos mis felicitaciones por su gran labor y por el toque especial que le da a sus notas; sin embargo, triste y afectada por el programa de hoy, decidí expresarle mi desacuerdo.

Tengo 23 años y soy una Comunicadora social y Periodista Paisa. Toda mi vida he vivido aquí en Medellín y crecí en medio de la violencia traída por Pablo Escobar y por muchos otros que han querido dañar nuestra ciudad y nuestro país, incluyo aquellos politiqueros y presidentes que solo se han dedicado a pasear y a gastarse nuestras esperanzas de un mejor país.

En realidad nunca había sentido rabia ni dolor por aquellas notas que hablen mal de Medellín, no me da rabia de un “Capo” (de RCN) donde se recalcaba lo paisa y lo malo que era, no me da rabia de una Rosario Tijeras (de RCN) donde cada día se encochina más Medellín, simplemente porque yo sé que no es verdad, porque los años pasan y la ciudad ha cambiado, porque hay muchas personas que han hecho cosas realmente buenas, porque un buen alcalde como Fajardo le apostó a la educación y se crearon escuelas y parques bibliotecas en sitios muy marginados (en esas mismas comunas donde grabó su programa) pensando en aquellos niños y jóvenes que debían tener un mejor futuro; se pensó en potenciar sus talentos para que dieran lo mejor a la sociedad, lo mejor a Medellín.

Y ni que hablar de los Juegos Suramericanos, porque en su programa no se habló de la logística, de los voluntarios de todos los estratos que fueron capacitados para participar en este magno evento (entre esas mi mamá que tuvo 9 meses de preparación); de la convocatoria y preparación a los artistas callejeros que fueron quienes se lucieron en la inauguración (Circo Momo); de toda una ciudad que se transformó y se empoderó no solo mostrando su mejor cara; qué pesar de la gente y lo incluyo a usted, que dice que NO SE PUEDE TAPAR EL SOL CON UN DEDO, como sería que la Villa Suramericana para los deportistas se construyó en uno de los barrios más marginados de la ciudad, que tristeza que esto primero lo reconoció la periodista sueca Frida Bergsten antes que usted, que la ciudad se mostró tal cual como es, sin ocultar nada...y eso que usted dice querer a Medellín.

Pero violencia la hay en toda parte, qué decir de Ciudad Bolívar, del centro de Bogotá, del Distrito en Cali, de la parte del Norte en Bucaramanga, del Pozon y la Paz en Cartagena (donde le robaron su cámara), de la Chinita en Barranquilla… solo que éstas no dan tanto rating, o ¿qué nueva novela está preparando RCN? Maldad la hay y la va a haber en todo lado, lo que hace la diferencia es apostarle a cambiar esta realidad y de eso si no se habla.

Realmente dudo mucho que vea la segunda parte, porque no creo que en su investigación se haya dedicado a profundizar en lo bueno que sucede en Medellín, solo quienes vivimos aquí y quienes nos visitan saben que no es un cliché hablar de la amabilidad y la sinceridad de la gente y de los proyectos sociales que nacen cada día… como será que muchos de los atletas que visitaron nuestra ciudad pensaban que el metro había sido construido para ellos y no que llevaba 15 años de funcionamiento, porque para nosotros es toda una cultura, la cultura metro.

En fin, no terminaría las cosas buenas que tiene nuestra ciudad para ofrecer y nunca he sido regionalista, soy realista y muy optimista; lo invito a que salga de visitar las comunas y el Parque Lleras y que sus ojos no solo se dediquen a criticar.

Ah, y una última cosita, en el "Parlache" no se dice gorronea, se dice GONORREA y es un insulto que se refiere a la enfermedad de trasmisión sexual.

Paulina Lugo Alzate.

domingo, 2 de mayo de 2010

Medellín vista por una periodista sueca

Suramericanos con mirada sueca

La sinceridad de los organizadores de los Juegos Suramericanos con la situación de la ciudad es asombrosa. El solo hecho de hospedar a los deportistas en la Villa Suramericana gana medalla de oro, porque no oculta la pobreza de un amplio sector de Medellín.

Frida Bergsten Medellín Publicado el 28 de marzo de 2010

Más segregacionista es Malmö, la tercera ciudad más grande de Suecia. Más indiferente es Malmö. Allá no se destaca lo feo y mucho menos se enorgullecen de ello. La sinceridad en los Juegos Suramericanos en Medellín es asombrosa, admirable. Los deportistas se hospedan en la Villa Suramericana, que está ubicada en la estación Aurora, al final de la línea J del metro cable. La subida allá es impresionante, un paisaje con mucha pobreza y casas nunca vistas en Suecia.

Pero el solo hecho de hospedar a los deportistas en esta montaña muestra confianza y respeto por la gente de la zona, a la cual no había subido, por miedo, por ignorancia, o porque los extranjeros, como yo, supuestamente no deben subir allá.

Lo ignoramos, así uno se olvida que existe. Ese sería el pensamiento y la actitud en cualquier otra esquina del mundo, de cualquier ciudad con el honor de ser anfitriones de unos Olímpicos, un mundial, unos juegos Suramericanos. Pero ni a Suecia, mi país natal, que es uno de los más seguros y desarrollados del mundo, se le habría ocurrido hospedar a los deportistas en "Rinkeby", la Aurora de Estocolmo. A los suecos les daría un paro cardíaco donde "Rinkeby" fuera la imagen de Suecia. Ojalá aprendan de Medellín, aunque el primer paso es que se enteren de la existencia de los juegos, de los cuales ni se habla. Y ojalá que la próxima vez sí me dejen entrar a la Villa Suramericana, porque ni eso pude, no me habían alcanzado a acreditar, y el hecho que era periodista sueca no importó.

Durante mi visita en Medellín en septiembre del año pasado me contaron sobre los grandes juegos que vendrían a la Ciudad de la Eterna Primavera. Nunca los había escuchado, jamás los había visto en la televisión y nunca había leído un artículo sobre el tema en la prensa sueca. Los juegos "olímpicos" de Latinoamérica, un continente entero, son completamente ignorados en Suecia y seguramente en los otros países nórdicos y me atrevería a decir en los demás países de Europa.

Barra de amor para todos

Medellín: ¿Cómo se describe la ciudad con solo una palabra, corta y concreta al estilo sueco? ¿Moda, narcotráfico, clima, inseguridad, rumba, metro? No, amor. Amor por la ciudad, y amor por los demás, por los brasileños, peruanos, venezolanos, suecos, franceses, tailandeses, nigerianos, la lista es infinita. Nunca he conocido una ciudad con tanto amor por los extranjeros, ya es tanto que da miedo invitarlos a Colombia porque el mayor peligro es que se queden, como dice alguna campaña publicitaria. Tanto es el amor de esta ciudad, que Bienestar Social de la Alcaldía creó un programa de barras deportivas, conformadas por 200 habitantes de calle con discapacidad cognitiva y miembros de grupos juveniles de la comuna 13, que eligió apoyar a Brasil y a Argentina.

Se prepararon pompones y porras, y ánimo para gritar como locos. El pasado jueves fueron 30 de estos héroes a un partido de baloncesto entre Uruguay y Argentina, uniformados con camisetas rojas y pintados de carnaval en el rostro. "Argentina, Argentina, que la metan", exclamaban eufóricos al ritmo de un tambor y una guacharaca.

Era el grupo del coliseo que más bulla hacía: imposible que los argentinos no percibieran su presencia. Hasta los uruguayos estaban felices con la barra, que realmente iba por los dos equipos y se gozó todo el partido. "Yo le tengo mucho cariño a Argentina desde el fútbol, Colombia es mi país y le hemos hecho mucha barra, pero hoy hago fuerza por Argentina", contó una mujer de la barra en voz alta tratando de ganarle a las porras de sus compañeros. Otra del combo narró que había quedado ronca de tanto gritar el día anterior en otro partido.

Televisores y perros

Pinchos de butifarras, perros con un equipaje increíble, piñas rellenas de helado y salsas, mango biche con sal y obleas. Colombia es una locura, con muchas cosas deliciosas. Pero me quedo sin las solteritas, nunca había probado algo tan extraño.

El sitio de rumba donde se celebran los triunfos deportivos es "Möllan", parecido a la 70 de Medellín, la zona rumbera antigua donde también los aficionados van a festejar los triunfos.

En esta larga calle, en una esquina, está un puestito de perros y hamburguesas, que ya porque los he visto varias veces no me asombran tanto. Debajo de la plancha grasosa tienen un mini televisor, esto es suficiente para ganarse el premio de fantasía. Este aparato no es precisamente para uso de sus dueños, existe para que los transeúntes interesados en los juegos puedan verlos. Una muestra más por el ingenio paisa, y de su amor por los demás.

El paseo por la 70 continúa, es impresionante la transformación que ha tenido la zona, y toda la ciudad de hecho. La gente se ve muy calmada y contenta, más alegre porque la acera por fin creció al doble. Wembley´s fútbol, un sitio con canchas sintéticas de fútbol tenía muchas esperanzas en los juegos. Todo el sitio fue reformado, por obligación, y les sugirieron aprender inglés.

"Los juegos no han cumplido la expectativa en mi negocio, la villa queda muy lejos de acá. Pero no importa, estamos en Medellín, y si la ciudad está contenta yo también", contó el administrador Edgar Alejandro Rivas Duque mientras le vendía unos chicles a un futbolista bañando en sudor.

Saliendo a coger el metro hay un grupo de brasileños con sonrisas más grandes que una media luna, y con razón- Augusto Dutra, de solo 19 años, acaba de ganar medalla de oro en salto con garrocha. "Estoy feliz de estar acá, muchas felicitaciones para la ciudad por ser tan agradable y limpia", anotó en un "portuñol" que enamora.

Un metro a imitar


Me parece muy bonito ver los diferentes acentos y los diferente tipos de personas reunidos en Medellín. Al escuchar el "cantadito" chileno fácilmente creo que estoy parada en una calle común y corriente de Suecia, pues allí viven muchos chilenos. Pero me desinflo cuando trato de hablar con unos deportistas de ese país en el metro y me tratan como una hormiguita, ignorada completamente.

Después de la larga jornada, se hace tarde, en Suecia el peor enemigo sería el clima que invita a encerrase en la casa; en Medellín, por el contrario, el clima es el mayor amigo e invita a quedarse fuera. De todas formas era hora de irme a casa y cogiendo el metro fue una sorpresa más. Con organización y limpieza impecable, mejor que la del metro de Paris, Estocolmo, Londres, Madrid, Budapest y el de Oslo. Continué el regreso a casa tomando un taxi, con temor por la hora tan avanzada. Y finalmente una sorpresa más: el taxista, me trató como si fuera un papá, y esperó cuidándome durante 10 minutos mientras me abrían la puerta de la casa. Esto es una prueba más del amor de Medellín y su gente.


Contexto

Rinkeby no es una Villa Suramericana. Rinkeby es un barrio de Estocolmo que queda al este de la capital, y es uno de los más pobres de Suecia.

El barrio tiene aproximadamente 15 000 habitantes y la mayoría son inmigrantes. Estadísticas del 2008 mostraron que casi 90 por cientos son de otros países, la mayoría de Asia y África.

Con toda certeza, al gobiero sueco nunca se le ocurriría organizar un evento como unos Olímpicos o un mundial en un barrio como Rinkeby. Y menos, hospedarían a las grandes estrellas en una zona tan pobre, todo por no mostrar una imagen afectada.