miércoles, 17 de octubre de 2007

Acercando orillas... "desde la puta mierda".4

Ayer me hicieron una pregunta de esas que te caen como un cubo de agua fría y de momento no sabes responder sin titubear: "Y tú, ¿qué dejaste en Colombia?" Después de pensarlo unos segundos, contesté: "A mi madre, a mi familia, a los amigos..."

Y es curioso cómo esta respuesta merece profundizaciones. Cuando uno dice "dejé" se refiere a lo físico mas no a lo espiritual, a lo emocional. Allí está mi madre, pero yo la llevo conmigo en el corazón y la siento tan cerca que en varias ocasiones la he llamado y su saludo es "te estaba pensando en este momento" o "qué es lo que te pasa", con solo escucharme. En Medellín también está N., indiscutiblemente mi mejor amigo, pero está también conmigo todos los días aquí, cuando me llama, cuando me escribe, cuando me manda cosillas por correo.

En Colombia he dejado cosas. Como dije en otras entregas de este tema, dejé profesión y oficio, pero espero (estoy seguro) haber dejado huella. Tras 17 años de docencia, de una manera poco ortodoxa, aún hay alumnos que el día de su graduación como diseñadores gráficos publicitarios hacen mención a las clases que de mí recibieron. Todavía hay quienes, después de 7 años de haber abandonado aquellas aulas, recuerdan mis exigencias, mis chistes, los cuentos que les leía, mis fiestas de Halloween y las de fin de curso, mis disfraces, los foto-paseos, las exposiciones en el metro, los abrazos en el patio o en la cafetería o algún consejo académico o de vida.


En Medellín siguen estando la ciclovía, el gimnasio donde me reventaba a aeróbicos y clases de baile, las cinematecas, los cafés tertulia, los helados, los grupos de amigos en discotecas de malamuerte y de buengoce, las tardes de siempre (con intercambio de anécdotas, risas, experiencias y recuerdos) y las de despedida de los que se fueron a probar suerte en Estados Unidos y no han regresado. Allí sigo teniendo a familia y amigos que me llaman en el cumpleaños, que me escriben en Navidad, que me mandan un mail seriado y gastado pero que expresa que se acuerdan de mí.

De vez en cuando, qué digo, con frecuencia, me entra la "morriña", lo que llaman la nostalgia campesina, y tengo ansias inmensas de caminar por sus calles repletas de gente, de desorden, subir a su Cerro Nutibara con su Pueblito Paisa, a caminar por el Parque de los Pies Descalzos, tomarme un café en El Café de Suramericana, beber una cerveza en cualquier licorera de la Ochenta donde alguna vez me robaron un beso apasionado, cenar en un buen restaurante en cualquier barrio de estrato seis, o pasar la tarde tomando "el algo" en casa de mi mejor amigo.

Como decía Massiel, la cantante española (cuando cantaba), "dile que aunque viva en Nueva York, qué fácil es venir en un avión". Y como decía mi abuela,"lo mejor de salir, es regresar a casa". Y volveré, de vacaciones, de paseo, de paso, a ver a esas personas, a abrazarlas, a besarlas, a hablar con ellas hasta que mi voz no pueda más, a esa ciudad que me vio crecer, a ver los frutos que han dado las semillas que planté... a re-conocerme de nuevo...

(Esta historia continuará)

sábado, 13 de octubre de 2007

Virgencita del Pilar, "la que más altares tiene"

La víspera del 12 de octubre, la Plaza de las Catedrales, en Zaragoza (España) se prepara para la celebración del día de Nuestra Señora del Pilar, Patrona de la ciudad y de la Hispanidad. A pesar de ser otoño, de que el día se anuncia gris plomizo, de que todo parece vacío, la ciudad tiene otra cara. Son las fiestas de Zaragoza, unas fiestas en honor de una advocación de la Virgen María que distan mucho de ser religiosas. Pero lo central, lo llamativo, es que ese esqueleto de hierro (15 metros de altura y 16 de ancho) del que habla Tenmempie en su blog, al día siguiente estará repleto de flores que 400 mil personas, ante un sol brillante y un ambiente fresco y festivo, depositarán durante diez horas y media para tejer con ellas el manto de la Virgen.


A mis ojos foráneos, desde que vivo en Zaragoza, siempre les ha sorprendido esta manifestación cultural y religiosa. Primero, por la cantidad de personas que no dudan en vestirse con el traje típico aragonés: Hombres, mujeres y niños hacen cola para depositar la ofrenda y luego deambulan por las calles, por su bares, cafeterías y restaurantes en una estampa casi surrealista. Mujeres al estilo de otros siglos, acompañadas de hombres de jeans, con niños en cochecitos de marca, modernos, hablando por sus teléfonos móviles.

Aparte de esos centenares de baturros y baturras camino al altar de la Pilarica, por toda la ciudad circulan jóvenes y no tan jóvenes, por casetas, recintos feriales, parques, estadios, avenidas, discotecas... en busca de diversión, conciertos, risas, jolgorio, alcohol, drogas... de todo un poco, y no de todo en todos. Si a las siete de la mañana iban los "ofrendantes" hacia la plaza, también entraban a los portales parejas de enamorados, y por el centro iban jóvenes caminando como zombies, con los ojos desorbitados preguntando con voz pastosa si hay algún lugar abierto donde seguir la marcha.

Una semana en la que se duplica la población de la ciudad. Una fiesta que pocos saben por qué se instituyó, una Virgen que pocos saben por qué lleva el nombre que lleva. Un contraste pagano-religioso. Una necesidad de manifestar artificialmente la alegría.

martes, 9 de octubre de 2007

En todas partes

En su novela El Túnel, Ernesto Sábato explica que

las personas afines se encontrarán siempre, en cualquier lugar del mundo donde estén, porque comparten los mismos intereses, mientras que jamás coincidirán con alguien en su ciudad con quien no tengan nada que ver.

Me he movido miles de kilómetros, me he mudado de ciudad, de país, de casa, de afectos. He roto cartas, escritos, fotos, dibujos. He escrito párrafos como para publicar una novela. He grabado almas en la mía. He conocido a muchas personas y desconocido también a muchas que creía conocer. Y a la vuelta de cualquier esquina de este mundo que he recorrido, he conocido a esos "afines" de que habla Sábato. Unos seres humanos que teníamos que encontrarnos. Y aunque ahora hay mucha tierra y agua en medio, sigo siendo afín a alguno(s) que se han quedado en su ciudad.

Al otro lado del Atlántico se quedó un amigo, de los de toda la vida, con el que coincidí hace no sé cuántos años, tantos que ya perdí la cuenta, en aquel salón de clase de fotografía en el ático del Palacio de Bellas Artes. Fueron las clases, la literatura, el cine... las confidencias mutuas, las historias de amor compartidas, las semillas de una Amistad (con mayúsculas) que ha superado todos los avatares de la vida. Aunque no vivamos en la misma ciudad aún hoy coincidimos y nos encontramos siempre. Nos basta sentir que nos necesitamos para que tomemos el teléfono y nos hablemos y nos demos la compañía, el abrazo y la palabra del amigo que nos quiere.


A este lado del Atlántico, a miles de kilómetros del Caribe y de las montañas de los Andes he coincidido con otro maravilloso ser humano, ecléctico, diletante, buscador de equilibrios, justo, analítico y creativo, que sabe llenar sus vacíos y los míos con pequeños detalles que son gigantes porque sólo se encuentran en la grandeza de su alma. Una ensalada, una siesta, una palabra, una imagen, un grafitti, un cielo azul o plomizo, la pereza de una tarde de domingo, un concierto o una exposición... Tres años, más o menos, en los que he ido conociendo lo que vale su humanidad, con sus dolores y sus alegrías, con quien tengo la dicha de compartir tantos momentos vitales.

Cuánta razón tiene Sábato. "Si somos afines de verdad seguro que nos encontramos". Con el del otro lado del Atlántico y con el de este lado. Porque amigos, lo que se dice amigos, con los que coincidimos, pocos. Pero que los hay, los hay. Y yo tengo la fortuna de tener a estos dos.

(Para N., en el corazón de la Capital de la Montaña, y para F., a los pies de la Magdalena, con todo mi Amor).