martes, 13 de septiembre de 2016

La droga que todos necesitamos

Leí en el diario El País, esta columna de Cecilia Rodríguez:

La droga que le voy a recomendar es mejor que morfina o cocaína.

No es para fumar o aspirar o inyectar. En realidad, no corresponde a la definición literal de “droga”. Lo que hace a nuestro cerebro sí corresponde.

Estos son algunos de los efectos: da una sensación de bienestar, ayuda a atenuar dolores físicos y reduce el nivel de cortisol, la hormona del estrés. También reduce el riesgo de contraer resfriados e infecciones del tracto urinario y de problemas cardiovasculares e inmunológicos.

Impresionante en verdad. Y esa “droga” maravillosa es ni más ni menos que los amigos.

Más y más estudios están demostrando que los amigos son buenos para la salud mental y física. Una gran investigación publicada en la revista ‘Scientific Report’, proveniente de la Universidad de Oxford, dice que mantener lazos amistosos fuertes y regulares es una fuente de producción de las famosas endorfinas, cuya capacidad analgésica es más fuerte que la morfina y cuyo efecto de bienestar es comparable al de otros opiáceos.

Las endorfinas son parte de nuestros circuitos de dolor y placer. Son los analgésicos naturales de nuestro cuerpo y encargadas de hacernos sentir bien. Además, promueven la vinculación social entre seres humanos y entre otros animales. A la vez, la interacción social dispara emociones positivas porque las endorfinas se unen a los receptores opioides en el cerebro y producen esa sensación de placer que obtenemos de ver a los amigos.

No es sorpresa, entonces, que el sistema de endorfinas se vea interrumpido en casos de depresión clínica, por ejemplo. Esa es, en parte, la razón por la que las personas deprimidas no encuentran placer y se aíslan. Personas con altos niveles de estrés tienen pocos amigos. Aún más interesante es que la gente que hace mucho ejercicio también tiende a tener pocos amigos. Probablemente porque tanto ejercicio no les deja tiempo para socializar o porque el ejercicio les da la necesaria dosis de endorfinas para sentirse bien.

El punto es que, como especie, los humanos somos animales sociales y hemos evolucionado para vivir en grupo. Es en nuestros genes. Por eso la cantidad y calidad de nuestras relaciones sociales afectan nuestra salud física y mental e inclusive nuestra longevidad.

Científicos de la universidad Carnegie Mellon encontraron que entre mujeres con cáncer de ovarios, las que cuentan con apoyo social de numerosas amistades responden mejor al tratamiento. Muy parecido a lo que ocurre con mujeres con cáncer del seno: las que tienen el soporte de amigos tienden a vivir el doble de las que no. Igualmente, la gente con pocos amigos o sin ellos tiende a morir más rápido después de un ataque al corazón que los que tienen amistades cercanas.

Los verdaderos amigos nos estimulan a cuidarnos mejor, se oponen a que hagamos cosas dañinas y su apoyo ayuda a prevenir depresión y a aumentar la autoestima.

Y ahora viene la sorpresa: la cercana relación que tenemos con hijos, padres y demás familiares, en contraste, tiene poco o ningún efecto en la producción de endorfinas.

Vale notar que los amigos de que estamos hablando son los de carne y hueso con quienes tenemos contacto directo frecuente y en vivo. ¿Cómo se aplica la teoría a los ‘amigos virtuales’? ¿Los de Facebook o Twitter o cualquiera de las muchas redes sociales? Eso es “harina de otro costal” y material para otra columna.

Vidas demasiado ocupadas, mucho tiempo frente a pantallas, dependencia de aparatos electrónicos se atraviesan en el camino de hacer y cultivar amistades. Esta columna es una invitación a darles prioridad a los amigos, la mejor droga para una vida sana, larga y feliz.

CECILIA RODRÍGUEZ
Luxemburgo

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Zaragoza, ciudad de las (in)culturas.

Palacio de la Aljafería

Llamada Ciudad de las Culturas, por su historia milenaria de judíos, cristianos, musulmanes y romanos; por la diversidad de nacionalidades que conviven en ella; por las distintas manifestaciones artísticas que llenan sus museos, plazas y calles; por ser habitual sede de congresos y convenciones; por la aparente hospitalidad de sus gentes... Zaragoza, la aragonesa, la de César Augusto, es también la ciudad inculta, incívica, sucia, maltratada (más por los propios que por los extraños).

Sí, me molesta, me fastidia, me enfada, me cabrea la gente que no sabe tener un mínimo de cortesía con los demás y con su ciudad. Me cabrea usted, que no duda en pararse sobre el asiento del autobús para abrir la ventanilla, dejando la asquerosa huella de su pie para quien se sentará después. Me cabrea usted, sea de la edad que sea y del nivel educativo que sea, que pone sus pies en el asiento del frente, dejando la mierda suciedad de sus suelas para las piernas de quien se sentará luego. Me cabrea usted, que parece sembrado en medio del pasillo, impidiendo que los demás pasajeros puedan acceder a la parte trasera del bus.

Me cabrea usted, que parece que fuera por primera vez a un espectáculo en el Auditorio, y madruga a sentarse en primera fila y a "reservar" puestos hasta para su prima la del pueblo, que además llega tarde a la función. Me cabrea usted, que impide que una persona mayor se siente a su lado "porque está guardando sitio" como en la primera fila de playa en Benidorm. Me cabrea usted, que habla a gritos desde la cuarta fila con la vecina del 5º, que está en la fila 9. 


Me cabrea usted, que tira los sobres del azúcar y los envoltorios de las galletitas de su café, al suelo del bar. Me cabrea usted, señora muy limpia en su casa, que sacude la alfombra por la ventana, sobre peatones, vecinos de abajo y ropa tendida... 

Me cabrea usted que llena aceras y portales de colillas de cigarrillos, de cáscaras de pipas y de cacas de su perro. Me cabrean todos ustedes, que llegan hasta el contenedor de basuras, pero no tienen fuerza suficiente para arrojar la bolsa dentro.

Me cabrea usted, que llega muy piadosa a misa, al templo, a la iglesia, a la casa de Dios, a hablar en voz alta con Conchita y con Purita, de las judías verdes de la comida... porque, total, la misa no ha empezado todavía.

Me cabrea usted, a quien no le importa apoltronarse en un corrillo en mitad de la acera o del pasillo del supermercado, ignorando a los demás que necesitan transitar. Y usted también, señora jubilada, que exige colarse en la cola de ese mismo super, porque tiene prisa de pagar una chorrada de macetero a las 9 de la noche, a punto de cerrar, porque, claro, no ha tenido todo el día para ir (que estaba viendo un programa de chismorreos en la tele).

Y me cabrea usted, que interrumpe cuando se le habla, que se mete en las conversaciones ajenas, que quiere ser el primero en ser atendido, por encima de los demás, que quiere que se le atienda cuando el establecimiento comercial está cerrado, que si le regalan un caramelo exige dos, que pone precio a un producto que no vende usted, que no saluda, que no contesta, que no da las gracias.


A estas alturas pienso que este post no debería titularse Ciudad de las Inculturas, sino Ciudad de las Habitantes Incultos. Pero es igual, ¡me he despachado a gusto!

jueves, 1 de septiembre de 2016

Tienes permitido irte...