martes, 7 de junio de 2016

Pequeños proyectos de vida

 publicado en el periódico El Tiempo (Bogotá, Colombia), 
el pasado 3 de junio.

Adolfo Zableh
Adolfo Zableh Durán
Estoy dedicado a los pequeños proyectos de vida, a las tareas de entrecasa. No se trata de ganarse un Nobel, ni siquiera un Simón Bolívar, sino de lograr triunfos pequeños. Labores en las que el rival es uno, no los demás, porque los retos interesantes no son con el resto del mundo.

Ayer arreglé la puerta del baño, que no ajustaba bien, e hice un arroz que no me quedó soplado. Hacer arroz es muy difícil, cualquier persona que haya tratado de hacer uno lo sabe. Lo curioso es que el mundo está lleno de arroz, todos los restaurantes y muchas de las casas lo preparan a diario, y no los ve uno celebrando semejante logro, como si hacer un arroz de fideos como Dios manda fuera sencillo.

La pequeña grandeza es mantener la barriga a raya, cuidarse la piel, no colgarse en los recibos, estar en contacto con las personas que significan algo y con las cosas que alguna vez fueron importantes. Uno vive procurando no perder amigos, prometiéndose volver a verlos, cuando si se alejaron fue por algo. Yo no soporto a mis viejos amigos, y aunque los recuerdo con cariño, creo que ya fue todo para ellos. La amistad, como el amor, no es eterna.

La otra noche pasaron por televisión 'Hechizo de un beso', una película de éxito moderado con Alec Baldwin y Meg Ryan. La vi después de 20 años y entendí que la tráquea de Ryan era preciosa, y que la gente no usa la palabra ‘preciosa’ porque le parece fea. De 'Hechizo de un beso' aprendí también que la vida es muy corta como para pasársela odiando, y que hay que cuidar los dientes. Yo empecé tarde y hoy veo como un pequeño triunfo cada vez que me pongo mi protector contra el bruxismo antes de dormir. La gente tiene los dientes disminuidos de tanto bruxar por las noches porque está llena de miedo.

Y cada mañana, cuando me despierto y los miedos de la noche anterior parecen poca cosa, digo que voy a ser mejor persona, que voy a leer más y a ver menos televisión, que voy a ser más considerado con los desconocidos, mejor hijo y mejor hermano, mejor amigo, mejor trabajador. Luego aparece algo para hacer y dejo todo para última hora, por eso las cosas me salen como me salen, que no me salen mal, pero sí ahí, y ahí es una forma de decir que son aceptables, pero que podrían ser mejor.

Otro pequeño gran proyecto de vida por estos días es reír. Reírse es el mejor plan. Tener sexo, irse de vacaciones y comer no está mal, pero son apenas excusas para la risa. Y lo bonito de reírse es que no es necesario ser feliz para hacerlo. Uno ve gente golpeada por la vida, gente que ha visto a sus seres queridos ser asesinados, gente caída en desgracia, y aun así se ríen. No tiene nada que ver con el dinero. El dinero no hace la felicidad; facilita la vida, pero no garantiza que te vayas a reír. La risa es tan poderosa que de una de ellas puedes enamorarte para siempre.

Otra conquista que me he procurado es no dejarme ganar del miedo. Es el miedo, no la pereza, lo que nos inmoviliza. Es lo que no nos deja hacer las cosas, por eso es más fácil quedarse en la casa comiendo y perdiendo el tiempo que salir a la calle a buscar lo que queremos, que ni idea de lo que sea. Y aunque en teoría queremos ser felices, ignoramos lo que sea tal cosa. Cuando buscamos la felicidad y fallamos, quedamos más tristes que antes.

Hasta hace años creí que la felicidad era viajar, por eso recorrí el mundo entero, pero no sirvió de mucho, más allá de ver muchas ciudades con las que soñé de pequeño. Consumí aviones sin filtro en una carrera que no podía ganar. Y aunque suene a un estilo de vida envidiable, terminó siendo un sinsentido. Yo me iba a morir en uno de esos aviones. Hoy entiendo que felicidad no es pasársela montado en un avión rumbo al próximo destino exótico, sino que el avión aterrice y tener a alguien a quién contarle que llegué bien.



2 comentarios:

niko dijo...

¿tener a alguien a quién contarle que llegué bien?

niko dijo...

Uno vive procurando no perder amigos, prometiéndose volver a verlos, cuando si se alejaron fue por algo. Yo no soporto a mis viejos amigos, y aunque los recuerdo con cariño, creo que ya fue todo para ellos. La amistad, como el amor, no es eterna.

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