miércoles, 4 de marzo de 2015

Si la muerte pisa mi huerto... (2)


Unos se van sin hacer ruido, otros sin apenas darse cuenta. Unos descansan de lo mucho que les dolía la vida y el alma, de heridas que no sabían por qué tenían de soportar. Mientras unos se apagan de repente, como decidiendo el cómo y el cuándo, otros esperan días, semanas y meses, rendidos a los designios vitales. A muchos los lloran, los extrañan, duelos y dolientes visibles, sociales, comprendidos, aceptados. A otros los lloran falsas lágrimas que duran hasta la repartición de una herencia. Otros sólo dejan un lugar para visitar los domingos... una lápida que quizás sí miren los verdaderos duelos, esos que nadie consuela ni les da un pésame, esos que no hubieran tirado a la basura las pipas, los libros, los apuntes en los viejos cajones, y no tienen con quién compartir su ausencia.

Ojalá pudiéramos marcharnos de este paréntesis entre dos grandes sueños sin apenas apegos, sin dolores físicos ni morales, sin dejar envidias, egoísmos, corazones rotos ni lágrimas ocultas en la soledad del cuarto de quien nos extraña. Ojalá pudiésemos saber quién se pondrá nuestro abrigo, recogerá los cajones, ojeará nuestros libros y nos cerrará los ojos. Ojalá no doliéramos tanto a otros. Ojalá no doliéramos a tan pocos.





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