viernes, 18 de abril de 2014

Se fue Gabo, el colombiano universal


Hoy es un día muy triste para la literatura universal. Se ha ido Gabriel García Márquez, el colombiano más universal, el creador del Realismo Mágico, que revolucionó las letras latinoamericanas y fue el ejemplo de excelentes escritores.  El hijo del telegrafista de Aracataca, un pequeño pueblo del Caribe, llevó a muchas generaciones de la mano de la palabra, por los recovecos de la memoria, esa que alguna vez se dijo que estaba perdiendo. Con él vivimos Cien Años de Soledad, le pusimos nombre a las cosas cuyo nombre olvidábamos en papelitos pegados a ellas, vivimos la ascensión de Remedios la Bella en medio de las sábanas tendidas en el patio; acompañamos  a coroneles y generales en sus batallas reales o imaginarias, esperamos con ellos a que alguien les escribiera o a que salieran de sus laberintos; rescatamos del océano al ahogado más bello del mundo y seguimos a una recién casada por los rastros de su sangre en la nieve en un país a miles de kilómetros de las playas de Cartagena de Indias. De la mano de Gabo, el literato y reportero audaz, vivimos amores, ausencias, memorias de putas tristes; dormimos en el avión de la bella durmiente, acompañábamos a un hombre muy viejo con una alas enormes  y nos desahogamos en una diatriba de amor contra un hombre sentado

Se ha ido el creador de las novelas con finales tristes y comienzos también tristes, el que se peleó con los adverbios de modo (esos que terminan en -mente), el que luchó contra el cáncer, el eterno enamorado de Mercedes Barcha, del Caribe, del cine, de las letras y del buen ron cubano. El que -aunque hubiese perdido la memoria- nos deja, para siempre, el milagro maravilloso de la palabra en sus cuentos, novelas, crónicas y reportajes. 

Gracias, Gabo, por contarnos como llegó el hielo a Macondo, por los José Arcadio, los Aurelianos, los pescaditos de oro y las mariposas amarillas, por los funerales de la mamá grande, por la cándida Eréndira y su abuela desalmada,  por el Amor en los tiempos del cólera, por hacernos ver que la luz es como el agua y por todas y cada una de tus creaciones.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. (Comienzo de Cien Años de Soledad, 1967).

El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.  (Crónica de una Muerte Anunciada, 1981).

El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre.  (El Coronel no tiene quien le escriba, 1961).

Durante el fin de semana los gallinazos de metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Solo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían. (El Otoño del Patriarca, 1975).

1 comentarios:

Tere dijo...

A pesar de que era una "muerte anunciada", la partida de Gabo me ha dolido mucho y me ha traído muchos recuerdos. Él ha dejado a una inmensa comunidad universal de habitantes de su mundo mágico que aprendimos a amar la literatura con sus obras y a leer sus libros una y otra vez, pues cada lectura es nueva. Un fuerte abrazo en el dolor de la orfandad de Gabo,
Tere

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