viernes, 25 de abril de 2014

¿Cómo te enamoras?



jueves, 24 de abril de 2014

¿Fueron felices?


miércoles, 23 de abril de 2014

En el día del idioma


Qué tal que el Día del Idioma tuviese más de veinticuatro horas y se las dedicáramos todas a las palabras; a esas palabras que aún no nos hemos dicho vos y yo: ni vos a mí -qué nostalgia- ni yo a vos -qué desperdicio y qué remordimiento-; ni vos a vos, lo sé, ni yo a mí misma, no lo niego. Tal vez por eso se nos dio la guerra; la guerra grande, la enorme, la inmensa que es la nuestra; la más destructora aunque sin tanques y sin bombas y, los más desastroso, en este caso, sin armas, porque no dispusimos de ninguna para vencer al enemigo miedo, al enemigo envidia, al enemigo fiero; no dispusimos de ninguna tan fuerte que nos mantuviera unidos; la guerra entre vos y yo, esa que nos separó por siempre, que es distinto. Porque si un Día del Idioma llegase a tener más de veinticuatro horas, yo podría dedicarlo a las palabras, a esas palabras que me ayudarían a aclararte cosas, si no todas, por lo menos dos: que te sigo amando y que si no te lo he dicho antes, es porque todos los días lo deseo pero pienso que ciertas cosas es mejor callarlas; pero el veintitrés de abril considero que las palabras valen tanto y que a vos y yo nos hacen tanta falta, que necesitaría más de veinticuatro horas para pronunciar las mías y escuchar las tuyas, claro, si quisieras decirlas, luego de escucharme.


¡Qué tal que el Día del Idioma tuviese más de veinticuatro horas y vos y yo nos armáramos de valor y le rindiéramos un homenaje justo a la palabra!

martes, 22 de abril de 2014

Alégrame



sábado, 19 de abril de 2014

¿Casa de oración?

"Dios dice en la Escritura: Mi casa será casa de oración. 
Pero ustedes  la han convertido en refugio de ladrones." 
(Lucas 19, 45-46)

Jueves Santo. Uno de los días más importantes de la tradición católica. En otros tiempos, templos repletos de creyentes, piadosos, orando, asistiendo a la liturgia de la institución de la Eucaristía y del Mandamiento Nuevo del Amor. Y digo en otros tiempos porque ahora -al menos en la España que me tocó vivir- la Semana Santa es, para la mayoría, una manifestación del folclor. Reconozco que son emocionantes sus tambores, sus procesiones, las cofradías e imaginería religiosa que recorren las calles de ciudades y pueblos, pero no deja de sorprenderme ver los templos con tan pocos feligreses en el culto y la falta de respeto que se presenta en ellos. 

El templo es un lugar sagrado y  tanto  los practicantes como los que no lo son, deben mantener la compostura y el respeto. Asistimos a ceremonias de carácter político, académico o deportivo y mantenemos el protocolo y cierta solemnidad en ellas. Pero últimamente veo con sorpresa que eso no es así en la iglesia. He acudido al culto este Jueves Santo y me indignó el comportamiento de los presentes, hablando en voz alta, como en medio de una plaza pública. Y no me refiero a los menores, que guardaban la compostura mejor que cualquiera. Me refiero a personas adultas, muy adultas, hombres y mujeres, abuelos, conversando de cosas banales, aun en momentos muy sentidos de la celebración de ese día.

En otro momento, también esta Semana Santa, no pude resistirme y llamé la atención a unos cofrades que llevaban el hábito de San Francisco y a una mujer, muy compuesta y muy maja, con su mantilla y su peineta y sus ropas de luto, que hacían corrillo conversando en medio del templo, mientras unos pocos tratábamos de tener unos minutos de recogimiento y reflexión. 

¿Los sacaría Jesucristo a latigazos, como hizo con los mercaderes en su tiempo?


viernes, 18 de abril de 2014

Se fue Gabo, el colombiano universal


Hoy es un día muy triste para la literatura universal. Se ha ido Gabriel García Márquez, el colombiano más universal, el creador del Realismo Mágico, que revolucionó las letras latinoamericanas y fue el ejemplo de excelentes escritores.  El hijo del telegrafista de Aracataca, un pequeño pueblo del Caribe, llevó a muchas generaciones de la mano de la palabra, por los recovecos de la memoria, esa que alguna vez se dijo que estaba perdiendo. Con él vivimos Cien Años de Soledad, le pusimos nombre a las cosas cuyo nombre olvidábamos en papelitos pegados a ellas, vivimos la ascensión de Remedios la Bella en medio de las sábanas tendidas en el patio; acompañamos  a coroneles y generales en sus batallas reales o imaginarias, esperamos con ellos a que alguien les escribiera o a que salieran de sus laberintos; rescatamos del océano al ahogado más bello del mundo y seguimos a una recién casada por los rastros de su sangre en la nieve en un país a miles de kilómetros de las playas de Cartagena de Indias. De la mano de Gabo, el literato y reportero audaz, vivimos amores, ausencias, memorias de putas tristes; dormimos en el avión de la bella durmiente, acompañábamos a un hombre muy viejo con una alas enormes  y nos desahogamos en una diatriba de amor contra un hombre sentado

Se ha ido el creador de las novelas con finales tristes y comienzos también tristes, el que se peleó con los adverbios de modo (esos que terminan en -mente), el que luchó contra el cáncer, el eterno enamorado de Mercedes Barcha, del Caribe, del cine, de las letras y del buen ron cubano. El que -aunque hubiese perdido la memoria- nos deja, para siempre, el milagro maravilloso de la palabra en sus cuentos, novelas, crónicas y reportajes. 

Gracias, Gabo, por contarnos como llegó el hielo a Macondo, por los José Arcadio, los Aurelianos, los pescaditos de oro y las mariposas amarillas, por los funerales de la mamá grande, por la cándida Eréndira y su abuela desalmada,  por el Amor en los tiempos del cólera, por hacernos ver que la luz es como el agua y por todas y cada una de tus creaciones.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. (Comienzo de Cien Años de Soledad, 1967).

El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.  (Crónica de una Muerte Anunciada, 1981).

El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre.  (El Coronel no tiene quien le escriba, 1961).

Durante el fin de semana los gallinazos de metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Solo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían. (El Otoño del Patriarca, 1975).

miércoles, 16 de abril de 2014

Miedo, me da miedo...

Yo le temo a los peces vivos o muertos, desde que pasó lo de las bailarinas que murieron y yo las encontré mirándome con sus grandes ojos, sin vida pero expresivos; desde ahí me desesperan cuando pasan rozándome en el mar. Sí, le temo a los peces, al igual que a los fantasmas y a ciertas historias de brujas, también a los murciélagos y a las cucarachas; le temo a las bombas, a la guerrilla y a los asaltantes; le temo a tirarme en paracaídas, a las culebras y a ciertas medidas del gobierno.

Fotografía: Merlín Púrpura
Yo le temo a la parte de mí que no conozco, que en ocasiones es la que más grita. De cierta forma le temo al rechazo y también a ser normal, a perderme en la masa y ser mediocre y también le temo a pensar esto. Le temo a tragarme un hueso y ahogarme, o ahogarme con un grito; le temo a que la gente que no me escuche, pero más aún a no escucharme a mi mismo.

Le temo al día en que mi mamá muera, al día en que me de cuenta que soy adulto y tenga que pagar la cuenta, sobre todo la del tedio, cotidianidad, aburrimiento. Si, le temo a que se muera el niño que llevo en mi, a que pierda su encanto el helado de fresa.

Temo que mi poesía se silencie, y a que me coja la luz de la cocina cuando estoy descalzo. Temo no estar haciendo lo correcto y, de no ser así, temo ser el que mejor miente.

Temo al maleficio que me echó la señora Pérez por romper su ventana. 

Temo a que me olviden los que amo, borrarme del recuerdo de aquellos que aún habitan en mí; también me dan miedo los temblores de tierra, el cáncer o amanecer un día y no poder ver el sol, no sólo por ser ciego sino, y peor aún, porque no lo quiera ver.

Le temo a quedar encerrado, a los toros bravos y, de cerca, a las cercas de electricidad. Le temo a lo frío que puedo ser, lo cruel, o lo idiota; le temo a los estados de inconsciencia, a las armas, a las masas y a que me extraigan la cordal que falta.

Le temo a las bromas de doble filo, a llegar a casa y no encontrar a nadie, a no reconocerme con los años. Le temo a mi oficio, aunque es más respeto que temor; le temo a las fuerzas del cosmos y le temo a estar enfermo.

Le temo a no reconocer en otro su dolor, temo hacerle daño a la gente y a los locos tirapiedra; temo quedarme sin frenos, desbocarme; le temo a dormir más que a morir y no me refiero a dormir siete horas diarias, sino dormir mientras me pasa la vida de largo. Le temo a cierta variedad de ranas venenosas y a ciertas lenguas igualmente venenosas.

Yo le temo a perder el sabor de los labios en los besos, le temo a no poder estar en el escenario. Temo a mi tristeza, aunque sé que de allí sale la felicidad; entonces también le temo a lo perfecto, a las aguas mansas, a envejecer solo. Le temo a tener que dejar de hacer el ridículo; que mi memoria mienta, que cada vez y siempre (puesto que he cambiado) cambie lo que he perdido.

Aldebarán

Natatia Solano Bonnett
Sícologa, actriz, escritora, voluntaria
(y amiga en otros tiempos).

martes, 15 de abril de 2014

La memoria del cuerpo

Fotografía: Merlín Púrpura.
Modelo: Eduardo Tamayo

"El destino de todo cuerpo es otro cuerpo. Para amarlo o para destruirlo (...) La memoria del tiempo queda en el cuerpo. Son las cicatrices, las arrugas, las sombras en el rostro, las manos ajadas, los ojos que huyen de otra mirada, las huellas de todo lo vivido, amado, gozado y perdido...

Porque habrá un día en que desaparecerán los espejos y ni siquiera la luna se proyectará en las aguas. Entonces cada persona sólo podrá reflejar su cuerpo o reconocerse en el cuerpo del otro."

De un reportaje de Germán Santamaría 
Revista Diners, Colombia, 
enero de 2000.

lunes, 14 de abril de 2014

Infección

Odio a todas las putas
por andar vendiendo añoraciones falsas
en todas sus casas y sus calles.
Odio las misas mal oídas...
odio todas las mías.
Me odio, por no saber encontrar
mi misión verdadera. Por eso 
me odio...
Y a ustedes ¿les importa?

Sí, odio todo esto, todo esto, todo.
Y lo odio porque lucho por conseguirlo;
unas veces puedo vencer, otras no.
Por eso lo odio,
porque lucho por su compañía.
Lo odio porque odiar es querer
y aprender a amar. ¿Me entienden?
Lo odio, porque no he aprendido
a amar, y necesito de eso.
Por eso,
odio a todo el mundo,
no dejo de odiar a nadie,
a nada...
a nada,
a nadie,
¡sin excepción!

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Andrés Caicedo




"Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, luchar por todo, y aún así, seguir con el heroísmo de continuar amando."

sábado, 12 de abril de 2014

Morir sólo es morir

Hoy cumplirías un año más en esta parcela en la que tantos dolores de alma tuviste. Y me acuerdo de ti, como todos los días. Y me consuela la esperanza de que ya has visto la Luz y has encontrado lo que tanto buscabas, sin llanto, ni dolor, ni enigmas.


Y entonces vio la luz. La luz que entraba 
por todas las ventanas de su vida 
Vio que el dolor precipitó la huída 
y entendió que la muerte ya no estaba.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva. 
 Es cruzar una puerta la deriva
 y encontrar lo que tanto se buscaba.


Acabar de llorar y hacer preguntas; 
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
 descansar de vivir en la ternura;


tener la paz, la luz, la casa juntas 
y hallar, dejando los dolores lejos,
 la Noche-Luz tras tanta noche oscura.



José Luis Martín Descalzo

lunes, 7 de abril de 2014

¡Qué curvas!


Me encuentro en cada esquina, en la parada del autobús, en los carteles publicitarios de Mango, a esta bella mujer. Me ha parecido siempre un modelo de feminidad, de sensualidad; sexy y atractiva. Es Vicky Martín Berrocal, diseñadora española, que esta vez presta su imagen para la línea "Violeta", de tallas grandes, que yo llamaría tallas para la mayoría de las mujeres. 


De todos es conocido el debate que se arma cada que hay una Pasarela Cibeles o Madrid Fashion Week (o como quieran llamarla), con respecto al Índice de Masa Corporal considerado saludable para las modelos, que son precisamente eso, modelos que otras personas quieren imitar. Y claro, la inmensa mayoría de las mujeres no son talla 8. Casi todas las que veo por la calle, son más reales, con sus curvas de talla "hasta la 52" como la de esta campaña. Y me alegra saberlo, por las "gorditas, rellenitas, carnosas y rollizas".



Porque coincidencialmente recibo esta imagen de Alejandro Velásquez con un diseño de Alejandro Uribe y tardé un buen rato en fijarme en la ropa. La foto es muy buena, la escenografía un poco traída de los cabellos (cosas de los creativos publicitarios -imagino-), pero la modelo está demasiado delgada, como para gritarle por la calle la manida frase de: "¡Flacaaaa, tírame un hueso!". Hablé con el diseñador colombiano y salió en defensa de la modelo: "ella no es flaca, es talla 8, como la mayoría de las modelos de aquí" (Colombia). Y yo me pregunto si esa chica pasaría los cánones para una pasarela europea. Pero lo que quiero decir, lo importante, aparte de que para gustos los colores, es que me quedaría con Vicky, con cuerpo de mujer madura y cuidada, a la que seguramente, al abrazarla, se sentirían sus carnes y no la fragilidad de los huesos de la segunda.

viernes, 4 de abril de 2014

Encesta que no cuesta

¡No creí vivir para verlo! Por fin alguien se ha dado cuenta en España de que no es sana, saludable ni cívica esa arraigada costumbre de tirar al suelo de los bares las servilletas, palillos, cáscaras de cacahuetes y de pipas, cabezas de gambas y sobres de azucarillos (colillas ya no se ven en el suelo, por la prohibición de fumar). El Ayuntamiento y la Asociación de Hosteleros de Bilbao ha iniciado la campaña "Encesta que no cuesta", con el objetivo de concienciar sobre la necesidad de no lanzar estos elementos al suelo, ya que no generan una imagen positiva, especialmente para el turista.


La primera vez que visité a España (como turista), esa fue, quizás, la primera impresión negativa que me llevé, concepto que comparten muchos extranjeros: la suciedad de los suelos de los bares. Años después, como camarero de oficio en estas tierras, más de una vez me ha llamado la atención el dueño del bar o cafetería, por ponerme a barrer mientras no había clientes. "¡No! -decían- si la gente ve servilletas y restos en el suelo, es señal de que aquí vienen muchos clientes". Es más, en alguna ocasión, en tiempos de bajas ventas, vi a la impresentable dueña del local, arrojar ella misma las servilletas al suelo. 

Para el extranjero es chocante esa imagen. Cuestión de inculturas, dirán algunos. Pero para los de otras zonas del globo terráqueo, la pregunta es: ¿también son así en sus casas? 

Aplaudo la idea, que llega tardíamente, en pleno 2014. Y aun queda mucho civismo por inculcar a esta sociedad. Espero, por ejemplo, que muchos usuarios de transporte público o de cines, comprendan que las sillas no son para poner los pies, que los turnos de atención deben respetarse, que dejar salir del metro es mejor que entrar en manada haciendo atascos, que las aceras no son para hacer corrillos de tertulianos impidiendo el paso de los peatones o que los pasillos del autobús no son para plantarse como árboles en medio de ellos, que... 

¿Es por ello que dicen que "Spain is different?