viernes, 30 de agosto de 2013

El romanticismo en los tiempos de Grindr


El siguiente post lo he tomado del blog de Jota Linares, Planeta Jota. Lo reproduzco aquí porque, aún con un lenguaje un poco más explícito del que yo usaría, comparto el fondo de lo que dice. Varias veces he escrito que prefiero los métodos "antiguos" del ligue de bar, del hola-cómo-estás, hasta el más que anticuado de-qué signo-eres, antes que comenzar una conversación preguntando la edad, el tamaño de los genitales o el papel que se asume en la cama. Por no tener, no tengo Facebook, Grindr... ni Iphone. Sí, debo ser muy retrógrado, pero si bien es cierto que la comida entra por los ojos, también me entusiasma el tono de la voz, una conversación inteligente, una sonrisa de verdad, y la energía que transmite un apretón de manos. Que muchas veces, al elegir un trozo de carne (del que puede presumir cualquiera) nos llevamos a la cama casa mucha bazofia... 

Cuando me compré el Iphone hace unos meses, todos mis amigos (gays) me dijeron lo mismo: "A ver cuánto tiempo tardas en instalarte el Grindr". Lo decían con sorna y cachondeo porque en los últimos años me había vuelto un poco Cospedal respecto a esa aplicación, sin llegar a entender la gracia  de que tu móvil te dijera a cuantos metros de distancia estaba el chulazo de turno, de la misma manera en que mi perro olfatea a las hembras en celo.
Sigo sin tener la aplicación de marras y en los últimos días me he parado a pensar: "¿Me estaré volviendo un retrógrado? ¿Un mojigato? ¿Un romántico? ¿Me estaré transformando en un guardián de la moral digno de pasear por calle Génova? Y reconozco que, entre pensamiento y pensamiento tan profundo, me encontré con el Iphone en la mano dispuesto a descargar el radar gay por excelencia y ver si de verdad sirve para algo más que para que el ciberespacio marica sepa cuánto me mide. Al fin y al cabo, muchos amigos me han dicho que habían conocido a gente genial a base de saber a cuantos metros estaba el chico de los 21 centímetros de rabo.
Pero no lo instalé, básicamente porque me di cuenta de que sigo siendo un romántico, un romántico al que le encanta no saber como va a ser la polla que se va a comer hasta que no baja el calzoncillo in situ, en el dormitorio (o vete a saber donde, que yo siempre he sido muy exótico para las bajas pasiones y los lugares donde practicarlas) y descubre si es grande o pequeña, si calza a la derecha o a la izquierda, si realmente le pega a la persona que la luce o no... si me encantaría comérmela toda la vida o voy a tener que usar trucos para despacharla pronto. Llamadme romántico pero no lo instalé porque descubrí que me encanta ver la cara del chico que me gusta e imaginármelo desnudo, sin saber ya de antemano como va a ser su cuerpo o si los centímetros que dice que tiene son reales o no.
El romanticismo en los tiempos de Grindr está ya casi extinto. Hace poco, en el metro, me sonrió un chico guapísimo. Yo, como un lerdo, miré a los lados hasta que me di cuenta de que me lo hacía a mi... e inmediatamente sacó su móvil de última generación, tecleó algo y pasó su mirada de la pantalla del teléfono a mi y viceversa... así un rato. Cuando se lo conté a mi amigo Paco, me dijo: "Te estaba buscando en Grindr, pedazo de mongolo". No me encontró, obviamente, y la verdad es que los dos nos bajamos en diferentes paradas sin dejar de mirarnos, a lo Shame. Una pena. Un hola hubiera bastado para llevarme al huerto. Así de fácil soy para la vida real y de difícil para la virtual.
Al final va a resultar que soy un retrógrado. Cospedal estaría orgullosa de mi. 

 

jueves, 29 de agosto de 2013

La mala racha






miércoles, 28 de agosto de 2013

Frase para un día melancólico




martes, 27 de agosto de 2013

Cualquier parecido con la realidad...







 
¡Tú decides!
1- El ladrón vulgar te roba: El dinero, el reloj, el coche, el teléfono móvil y cualquier bagatela más.
2- El político te roba: La salud, la vivienda, la educación, la pensión, la recreación, el trabajo y hasta la conciencia.
1.-El primer ladrón te elige... ¡A TI!
2.- El segundo ladrón... ¡LO ELIGES TÚ!
¡Analiza y Piensa!
 

jueves, 15 de agosto de 2013

Frase para un día de (mi) cumpleaños




domingo, 11 de agosto de 2013

¡Cuando los silleteros pasan es Antioquia la que pasa!



Era la frase promocional del Desfile de Silleteros, quizás el evento más popular de la Feria de las Flores de Medellín y el más arraigado en la cultura antioqueña. Estos hombres, mujeres y niños volverán a salir a las calles de mi amada Medellín, a recibir el aplauso de miles de nacionales y extranjeros, a sentirse orgullosos de sus ancestros campesinos, cargando a sus espaldas muchos kilos de flores y de tradición, seguramente bajo un sol de justicia. Es uno de esos días en que me ataca la nostalgia por volver a verlos, apretujado en alguna avenida, disfrutando del calor humano de los paisas, de la belleza de su gente, de la alegría de sus danzas, de un trago de aguardiente...

¡Quién pudiera volver!


sábado, 10 de agosto de 2013

Es posible escapar

En 1992, un contenedor se cayó por la borda en su viaje de China a Estados Unidos, liberando 29.000 patos de goma en el Océano Pacífico. Diez meses después, el primero de esos patos de goma llegó a la costa de Alaska. Desde entonces, se han encontrado patos en Hawaii, América del Sur, Australia, y viajando lentamente entre el hielo del Ártico.
Pero 2000 de los patos fueron atrapados por el Giro del Pacífico Norte, un vórtice de corrientes que se mueven entre Japón, Alaska, el noroeste del Pacífico y las Islas Aleutianas. Los objetos que son atrapados por el giro, normalmente permanecen en él, condenados a viajar por la misma ruta, dando vueltas para siempre por las mismas aguas. Pero no siempre. Sus rutas pueden ser alteradas por un cambio en el tiempo, una tormenta marina, un encuentro casual con un grupo de ballenas. 
Veinte años después de que los patos de goma se perdiesen en el mar, siguen llegando a las playas de todo el mundo y el número de patos en el giro se ha reducido, lo que significa que es posible escapar. Incluso después de años de dar vueltas por las mismas aguas, es posible encontrar el camino a la costa.
Hay 31,530.000 segundos en un año; mil milisegundos en un segundo; un millón de microsegundos, mil millones de nanosegundos.  Y la única constante, que conecta los nanosegundos con los años, es el cambio.  El Universo. Del átomo a la galaxia. Es un estado perpetuo de flujo. Pero a nosotros, los seres humanos, no nos gustan los cambios.  Luchamos contra ellos. Nos asustan.  Así que creamos la ilusión de éxtasis. Queremos creer en un mundo en reposo, el mundo del ahora. Y aún así nuestra mayor paradoja sigue siendo la misma: El momento que entramos como el "ahora", ese "ahora" ya ha pasado...
Nos aferramos a las instantáneas. Pero la vida son imágenes en movimiento. Cada nanosegundo es diferente al último. El tiempo nos obliga a crecer. A adaptarnos. Porque cada vez que parpadeamos, el mundo ha cambiado.
Todos los días, en cada momento, en cada nanosegundo, el mundo cambia. Los electrones chocan entre sí y reaccionan. La gente colisiona y cambia la ruta de los demás. El cambio no es fácil. Muy a menudo es doloroso y difícil  pero tal vez eso sea bueno. Porque es el cambio lo que nos hace fuertes. Nos mantiene resistentes. Nos enseña a evolucionar.

Touch, episodio 11: Gyre 

jueves, 8 de agosto de 2013

Elogio de la piedad

Del libro
Tratado de culinaria para mujeres tristes
De Héctor Abad Faciolince

Niega, niega, niega, di que no, que jamás, que no se te ha pasado por la mente. No, no estoy haciendo un elogio de la mentira, sino de la piedad. El hombre, como tú, prefiere no saber de una aventura que sólo fue casual. No lo tortures con una sinceridad y una franqueza innecesarias. No te confieses ni te sientas culpable, Y aunque haya indicios ciertos, niega, niega, que es mejor dejar una duda por la que el hombre pueda treparse hasta el olvido. 
Para no declarar virtudes inútiles, ya lo sabes, tómate a sorbos largos una de esas bebidas escocesas, con rocas o sin ellas.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Plato para la melancolía


Del libro
Tratado de culinaria para mujeres tristes
De Héctor Abad Faciolince.

Haces volteretas con el cuerpo y la imaginación para evadir la tristeza. Pero, ¿quién te ha dicho que se prohíbe estar triste? En realidad, muchas veces, no hay nada más sensato que estar tristes; a diario pasan cosas, a los otros, a nosotros, que no tienen remedio, o mejor dicho, que tienen ese único y antiguo remedio de sentirnos tristes.
No dejes que te receten alegría, como quien ordena una temporada de antibióticos o cucharadas de agua de mar a estómago vacío. Si dejas que te traten tu tristeza como una perversión, o en el mejor de los casos como una enfermedad, estás perdida: además de estar triste te sentirás culpable. Y no tienes la culpa de estar triste. ¿No es normal sentir dolor cuando te cortas? ¿No arde la piel si te dan un latigazo?
Pues así mismo es el mundo, la vaga sucesión de los hechos que acontecen (o de los que no pasan) crean un fondo de melancolía. Ya lo decía el poeta Leopardi: "como el aire llena los espacios entro los objetos, así la melancolía llena los intervalos entre un gozo y otro". 
Vive tu tristeza, pálpala, deshójala en tus ojos, mójala con lágrimas,  envuélvela en gritos o en silencio, cópiala en cuadernos, apúntala en tu cuerpo, apúntala en los poros de tu piel. Pues sólo si no te defiendes huirá, a ratos, a otro sitio que no sea el centro mismo de tu dolor íntimo.
Y para degustar tu tristeza he de recomendarte también un plato melancólico: coliflor en nieblas. Se trata de cocer esa flor blanca y triste y consistente en vapor de agua. Despacio, con ese olor que tiene el mismo aliento que desprende la boca en los lamentos, se va cociendo hasta ablandarse. Y envuelta en niebla, en su vapor humeante, ponle aceite de oliva y ajo y algo de pimienta, y sálala con lágrimas que sean tuyas. Y paladéala despacio, mordiéndola con el tenedor, y llora más y llora todavía,  que al final esa flor se irá chupando tu melancolía sin dejarte seca, sin dejarte tranquila, sin robarte lo único tuyo en ese momento, lo único que nadie podrá ya quitarte, tu tristeza, pero con la sensación de haber compartido con esa flor inmarchitable, con esa flor absurda, prehistórica, con esa flor de col que nadie pone en los floreros, con esa melancolía, con esa tristeza florecida, tu misma tristeza de coliflor, de planta triste y melancólica.

martes, 6 de agosto de 2013

El dolor dura menos que el amor

Del libro
Tratado de culinaria para mujeres tristes
De Héctor Abad Faciolince.

Hay pesadumbres que hunden, sin remedio, en el más hondo desconsuelo. Y el pesar es tan completo que tú misma te asombras de sufrir tanto y poder soportarlo. Sólo con él podrías aguantar tanta desdicha, pero es él quien se ha ido.
¿Se ha muerto quien amabas y puedes resistirlo. ¿Ha muerto el que te hacía soñar y sonreír, y sin embargo aguantas? Antes, cuando él estaba, la vida era otra cosa, tú eras otra. Ahora sientes que has perdido lo que te hacía palpitar, sin darte cuenta, alegre. 
No puedo consolarte. No tengo receta alguna que se apiade de tu tristeza y la modere. Al contrario, sólo puedo decirte que sufras a tus anchas, que sufras todo lo que puedas, hasta que sientas que tanta tristeza ya no cabe en un cuerpo. No ahorres lágrimas, chapotea en el dolor con tanta intensidad como antes en el goce.
Porque hay una regla ineluctable que, ahora que la oirás, te hará incluso más triste: con el pasar del tiempo ya no sufrirás tanto; querrás sufrir como antes y no serás capaz. Es imposible sufrir y sufrir por mucho tiempo. Incluso a él, a él, acabarás olvidándolo. Pésele a quien le pese y pase lo que pase: si al cabo de treinta y seis meses sigues sufriendo como ahora, no sufrirás por él, sufrirás por la culpa de no seguir sufriendo. Aunque fuera sin límites el amor que sentías, el dolor es avaro: dura menos.

lunes, 5 de agosto de 2013

Receta de cocina para disolver el recuerdo de un mal amor pasado

Del libro
Tratado de culinaria para mujeres tristes
De Héctor Abad Faciolince

Creíste haberlo amado alguna vez. Mejor dicho, lo amaste. Pero ahora, sólo pensar en él te produce escalofrío, repugnancia. Fue como amar un guerrero en armadura de la que sale, de repente  la floja gelatina viscosa de un ser abominable. ¿Cómo fue posible que yo, esta de ahora, haya querido a semejante...? ¿Cómo vivir con este recuerdo perfumado de rabia?
Lo malo es que todavía, de vez en cuando, te vuelve a la memoria su coraza vacía, su carne de molusco. Y tù quisieras poder sumar todas las miserias y pequeñeces de ese mequetrefe disfrazado de héroe para adquirir la perfecta indiferencia, para no pensar ya nunca más en él o pensarlo como se piensa en que se te olvidó comprar la jalea para el desayuno. Sin odio, sin temblores, sin ganas de venganza.
Una hechicera de los páramos del altiplano, una altiva hechicera, me dio una vez la receta para disolver el recuerdo disgustoso de un mal amor pasado. Para cancelar esta oprobiosa memoria, al parecer, se requiere volver a la sevicia de los rituales salvajes y, como en ellos, es necesario hacer violencia a un animal inocente pero, como el recuero, repugnante.
Habrás de conseguir una babosa, un caracol sin concha, mejor dicho. Una de esas que después de la lluvia se pasean parsimoniosas por el suelo, dejando una estela de baba espumosa que da bascas, como el recuerdo de aquel. Pondrás la babosa sobre un pañuelo de lino de color pastel y cogerás un puñado abundante de sal fina. Echa la sal sobre la babosa y aprecia cómo empieza a retorcerse y entre retortijones a disolverse en nada. No mires más, ata el pañuelo y entiérralo veinte metacentros bajo tierra. Con la babosa disuelta en sal se disolverá también ese asqueroso recuerdo.
 

viernes, 2 de agosto de 2013

Frase de telenovela



-Yo no quiero terminar con el corazón destrozado...

-¡Y yo no quiero terminar con el corazón intacto!

Mirada de Mujer
Bernardo Romero Pereiro 
Mónica Agudelo

jueves, 1 de agosto de 2013

¿El Amor es una casualidad?



Por lo que ahora sé (...) el amor es una casualidad que, si te ocurre una vez en la vida, ya te puedes justificar. Pero es una lotería, un milagro: lo viví como compenetración, como asentimiento, como una telepatía que ahorraba palabras, como una simbiosis que unificaba las sensaciones eróticas hasta un largo delirio que nos hizo inalcanzables y sabios para hacer el amor.
Hoy, a estas alturas, cercenada, herida, malamada y desqueriente, me siento incapaz de enamorarme otra vez. Son tantas las llagas de la declinación de tan desaforada peste, que dudo si la felicidad de un momento alcanza a compensar las heridas del otro.

Cartas Cruzadas.

 
 
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