sábado, 29 de septiembre de 2012

Doce años ya

—¿Cómo se imagina el futuro, Adele?

—No lo he pensado. Cuando era pequeña sólo deseaba una cosa: crecer. Quería que sucediera de prisa, pero ahora no sé para qué ha servido todo esto. No sé para qué. Hacerme mayor. El futuro es... es como una sala de espera, como una gran estación con bancos y corrientes de aire, y detrás de los cristales un montón de gente que pasa corriendo, sin verme. Tienen prisa. Cogen trenes, o taxis. Tienen un sitio a donde ir, alguien con quien encontrarse. Y yo me quedo sentada, esperando.


—¿Qué espera, Adele?


—Que me ocurra algo.

La chica del puente, Patrice Leconte

Doce años ya. Doce años desde aquel aterrizaje en Madrid-Barajas, al lado de alguien a quien amaba y había aceptado vivir la aventura conmigo. Traíamos maletas cargadas de ilusiones, de ideales y de sueños por cumplir. Atrás quedaban las montañas de mi ciudad, la abuela que nunca más volví a ver con vida, la madre que siempre respetó y apoyó en silencio mis decisiones, los amigos con los que crecí, las calles que anduve, los besos en una esquina, la academia donde daba clases, los alumnos que lloraban por dejarlos. "Y bailé tranquilo, dentro de la fiesta de mi despedida, y las doce en punto, sin que nadie vea, aquí en este verso, quedaré escondido".
Doce años descubriendo un país y a su gente, aprendiendo de su modernidad, buscándome un sitio, bebiéndome las calles, conociendo a pocos buenos y a muchos malos, luchando contra imprevistos, sufriendo injusticias, sobre todo las del desamor y la traición, la muerte y las ausencias irreparables.

Doce años después, tengo media docena de amigos fieles, un gato como compañero de piso, 18 meses sin empleo, sensación de vacío, desgano, hartura, calles que no quiero recorrer, desazón, ansiedad... algo así como el cielo de otoño aplastándome el alma. A día de hoy no sé si, como decía María Mercedes Carranza, tirar las viejas fotografías, cambiar la cerradura, barrerlo todo y empezar de nuevo. ¿Volver, con la frente marchita, que doce años no son nada...? Es la alternativa última. La edad pesa y la soledad es muy mala consejera.

¡Doce años ya! Al fondo suena "¡Qué no daría yo por empezar de nuevo!"





martes, 25 de septiembre de 2012

Una reflexión sobre la muerte, en un cuento de Marguerite Yourcenar

"Voy a morir. No me quejo de una suerte que comparto con las flores, con los insectos y con los astros. En un universo en donde todo pasa como un sueño, sentiría remordimientos de durar para siempre. No me quejo de que las cosas, los seres, los corazones, sean perecederos, puesto que parte de su belleza se compone de esta desventura. Lo que me aflige es que sean únicos. Antaño, la certidumbre de obtener en cada instante de mi vida una revelación que no se renovaría nunca, constituía lo más claro de mis secretos placeres: ahora muero confuso como un privilegiado que ha sido el único en asistir a una fiesta que se dará sólo una vez. Queridos objetos, no tenéis por testigo sino a un ciego que muere... otras mujeres florecerán, igual de sonrientes que aquellas que yo amé, mas su sonrisa será diferente, y el lunar que me apasiona se habrá desplazado en su mejilla de ámbar la distancia de un átomo. Otros corazones se romperán bajo el peso de un insoportable amor, mas sus lágrimas no serán nuestras lágrimas. Unas manos húmedas de deseo continuarán juntándose bajo los almendros en flor, pero la misma lluvia de pétalos nunca se deshoja dos veces sobre la misma ventura humana. ¡Ay! me siento igual que un hombre arrastrado por una inundación y que quisiera hallar al menos un rinconcito de tierra seca donde depositar unas cuantas cartas amarillentas y algunas abanicos de marchitos colores...".

El último amor del príncipe Genghi.
En "Cuentos Orientales", de Marguerite Yourcenar

lunes, 24 de septiembre de 2012

La cama vacía


"Si no soportas tu cama vacía,
recuerda que no lo está si estás ahí".

Llamada de medianoche (T.V.)

domingo, 23 de septiembre de 2012

Evita una dieta

sábado, 22 de septiembre de 2012

Trabajar, trabajar, trabajar...

viernes, 21 de septiembre de 2012

Salud en tiempos de crisis

jueves, 20 de septiembre de 2012

Un apunte pijo

Para misses, modelos, pijas, chicas gomelas, hijas de papi, rubias de bote, cazamaridos con money, seudo "sanadoras" de gays, esclavas del marketing, del bótox y del cirujano estético... (el lector puede agregar las que faltan).

Nota: por supuesto que éste es solo un segmento de las féminas. Y muchos hombres no se quedan atrás.



miércoles, 19 de septiembre de 2012

¡Un grito pintado en la pared!


Visto en una ciudad colombiana.
¡Ejemplarizante!

sábado, 15 de septiembre de 2012

La leyenda de Zelda (La ocarina del tiempo)


Anoche asistí al estreno de La leyenda de Zelda, una obra de teatro musical que protagoniza mi amigo Edu. Quizás pueda ser tachado de subjetivo, pero no se puede negar que tiene muchísimo talento. Le vi grande en su papel de héroe, liberador de su pueblo de fantasía, de esos con hadas, dragones, brujas malvadas, gente buena, princesas y reinos por rescatar de la maldad.

Me sorprende gratamente ver a un grupo de menores de 30 años que se dedican a montar obras de teatro, por puro gusto, por una especie de divertimento que les implica escribir el guión, ensayar los domingos, diseñar su vestuario, cantar, bailar, buscarse los recursos, para presentarse ante amigos, familiares y seguidores de sus historias. Es lo que se llama, actuar y crear por amor al arte.

No todo está perdido. Gente como ellos devuelven la fe y la esperanza. No solo por su trabajo, sino porque con la obra dejan mensajes de solidaridad y humanidad, así sea en medio de historias inspiradas en los mundos de fantasía de los videojuegos que, al fin y al cabo, proceden del imaginario atávico del hombre.

Ahora sólo queda desearles "mucha mierda" y que no haya que esperar otro año para volver a verlos sobre las tablas. Que vayan por el mundo contando sus historias. Y que no pierdan la ilusión.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Reflexiones para una mañana de jueves





lunes, 10 de septiembre de 2012

Tarde (Sin daños a terceros)

Hay días en que llegamos tarde. A todo. Al Amor. A la vida misma. Hay días en que otros cantan y escriben por uno. Hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres (como decía el poeta)...




Justamente ahora interrumpes en mi vida
con tu cuerpo exacto y ojos de asesina
tarde como siempre
nos llega la fortuna

Tú ibas con él
yo iba con ella
jugando a ser felices por desesperados
por no aguardar el tiempo
por miedo a quedar solos

Pero llegamos tarde
te vi y me viste
nos reconocimos en seguida
pero tarde
maldita sea la hora
que encontré lo que soñé
tarde....

Tanto soñarte y extrañarte sin tenerte
tanto inventarte
tanto buscarte por las calles como un loco
sin encontrarte.
Y va uno de tonto
por desesperado
confundiendo amor con compañía
y ese miedo idiota de verte viejo y sin pareja
te hace escoger con la cabeza
lo que es del corazón
y no tengo nada contra ellos
la rabia es contra el tiempo
por ponerme junto a ti
tarde...

Ganas de huir
de no verte ni la sombra
de pensar que esto fue un sueño o una pesadilla
que nunca apareciste
que nunca has existido

Ganas de tocarte
ganas de rozarte
de acercarme a ti
y amarrarte en un abrazo
de mirarte a los ojos
y decirte bienvenida

Pero llegamos tarde
te vi y me viste
nos reconocimos enseguida
pero tarde
quizás en otras vidas
quizás en otras muertes

Que ganas de tocarte
que ganas de rozarte
de acercarme a ti
golpearte con un beso
de fugarnos para siempre
sin daños a terceros


Ricardo Arjona

domingo, 9 de septiembre de 2012

Una canción salsera para quien sufre un desamor



¡Cuánto me cuesta dejarte!
Hoy que se cumple la historia,
dicen que voy a olvidarte.
Yo sé que olvidarte es mi derrota.

 Para olvidarte requiero,
perder todas mis memorias,
y comenzar desde cero

a respirar el aire que te sobra.

Un adiós sin mirar atrás
es lo que queda de los dos

para volver a comenzar,
estar sin ti, amor, sin mirar atrás,
cueste lo que cueste

y cuánto me cuesta dejarte.

Pensando en el precio exacto,
que debo pagar por dejarte,
creo que pago la vida,
y no me alcanza aún para olvidarte.
Para olvidarte requiero,
nunca haberte conocido,
cómo me cuesta el destierro,
al que te arrojo a morir, cariño mio.


Un adiós sin mirar atrás
es lo que queda de los dos para volver a comenzar,
estar sin ti amor, sin mirar atrás,
Cueste lo que cueste

y cuánto me cuesta dejarte
cuánto me cuesta...
cómo me cuesta dejar tu amor, cómo me cuesta.


Me  paso la noche pensando
si fue amor o fantasía entre tú y yo...
Para olvidarte requiero, empezar desde cero
pa'lante sin mirar atrás
Cómo me cuesta dejar tu amor, cómo me cuesta
pasaré la cuenta al corazón,
que es el que manda en cuestión de amor,
cómo me cuesta dejar tu amor, cómo me cuesta
y cueste lo que cueste,
cueste lo que cueste, yo te olvidaré.


Cómo me cuesta dejar tu amor, cómo me cuesta,
porque uno se está lleno de esperanzas
del amor que nunca tendrá
cómo me cuesta dejar tu amor (como me cuesta)
y seguiré, y seguiré mi camino
sin mirar atrás


Del álbum Willy Colón-Hecho en Puerto Rico, 1993.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Anciana bajo la lluvia


Fotografía: Merlín Púrpura

Le llovía desde adentro a esa mujer, encorvada por la lluvia y por el tiempo. Era la imagen del desamparo. Llevaba un paraguas esmirriado, pudiera decirse que se hubiera mojado menos sin él, y los pasos muy cansados, unos pasos de mujer de ochenta años, o eso, más o menos, revelaba. Arrastraba los pies. Sujetaba, con la otra mano, un bultico a medio llenar, que se deslizaba por la joroba.

Nadie hubiera dicho que caminaba. No. Naufragaba bajo una lluvia grande. A esa hora del crepúsculo, la sombra se regaba por Ayacucho arriba, más allá de Las Mellizas. Exactamente frente a una enorme casa de ejercicios de jesuítas. Empezó a pasar la calle, muy ancha para ella. Llegó hasta el separador y se detuvo. La lluvia le bajaba por la accidentada espalda. ¡Cómo dolía ese aguacero!

Ella, pese a todo, iba. Pasaban los carros, caían las gotas numerosas, se escuchaban los truenos, el rumor de las aguas corrientes, la música mojada del asfalto, y ella mirando el piso, midiendo cada paso, tal vez pesando mucho el saco a su espalda, tal vez recordando años de antes..., bueno, lo que hubiera sido, esa mujer iba.

No pudiera decirse que fuera ésa la imagen de uno que se está ahogando. No había desesperación. Era, más bien, como una cansada resignación. Siguió por el separador, y, en diagonal, comenzó a atravesar la otra calle, hacia una acera lejana. Era largo el tiempo. Y muy ancha la lluvia. No había, en todo caso, apariencia de dolor en ella. ¡A cuántas lluvias como esa habría sobrevivido! Y a cuántas lluvias como esa, en sus horas jóvenes, le sacaría partido: quizá corrió muchas veces bajo los chorritos de los aleros, metió los pies en los arroyos, tal vez tomó un viejo cuaderno de tareas y fabricó barquitos de papel.

Pero ahora ella era la que llovía. Una lluvia interior la inundaba, y le salía por la espalda, por el paraguas, por cada paso parsimonioso que daba, mientras Ayacucho anochecía. ¿A dónde iba esa mujer-diluvio? En realidad, ¿tendría alguna parte donde llegar?, ¿quién la esperaba?, ¿quién le prendería fuego para calentar sus manos?

Desde el otro lado del mundo (porque mundo, en esos momentos era una calle doble, bajo la lluvia), se veía a la mujer como un cuadrito impresionista, como pintada a pinceladas recias, gruesas. Las gotas diagonales, un paraguas impotente, un agua sin un Vallejo que lo poetizara. La lluvia le dolía a ella; le dolía al observador, también parecía otro náufrago.

Cuando llegó a la otra orilla, la lluvia había crecido, y la calle era un río, y la anciana la imagen de un silencio viejo. Iba. Como contando cada paso hacia ninguna parte. Ningún jueves de ese año había llovido tanto en Medellín, o, por lo menos, en esa calle. Ella, la mujer, no parecía angustiada, no parecía tener frío. Era sólo una dama muy vieja bajo un unánime aguacero.

Dobló por una esquina, y era como si alguien se estuviera hundiendo. Lo último que se vio de ella fue el bultico, cansando su espalda. Desde una acera lluviosa, alguien tenía ganas de llorar.

Reinaldo Spitaletta

jueves, 6 de septiembre de 2012

Veinticinco centímetros (2)


Foto: Jony Jones

Hoy me apiado de los que sólo
se fijan en el cuerpo.
¡Qué falta de olfato!

El cuerpo no es más que un cadáver
que se las arregla para no oler mal.

Raza de necrófilos.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Del libro Veinticinco Centímetros



No voto por el corazón ni por el alma.
El primero es un egoísta de primera:
sólo se entrega de verdad a su dueño.
Con la segunda no se puede contar:
vive en estado de coma.

El cuerpo, en cambio, quiere ser de la crema y la basura.
Es el demócrata de la casa.
Y si no lo hace es porque no le queda tiempo
o le han puesto una camisa de fuerza
o los otros cuerpos no lo encuentran comestible...

¿Cómo no decidirse por un candidato que odia las distancias?

Además, tiene la costumbre de apartarse de todas las consignas
a altas horas de la noche.