lunes, 27 de febrero de 2012

¿Cuál es el origen de (mi) nuestra tristeza?



Foto de Frank Louis
Me pregunto, al igual que una lectora de XL Semanal, cuál es el origen de la tristeza que nos acorrala con tanta frecuencia. Y me encuentro con la opinión de Eduardo Punset, que comparto, porque coincido en muchos aspectos, sobre todo en ese sentimiento de desolación, de inmovilidad, de exceso de fármacos que después de algunas semanas no surten efecto (artificial además). Y aunque no pertenezco al grupo de los que no han recibido amor, cuidados y afecto en los primeros años de vida, aún no sé de dónde proviene esta dolorosa sensación de soledad y de no quererme.

Nota: Los subrayados son míos.

"Más de un veinte por ciento de las personas están aquejadas por una tristeza inexplicable. Se levantan con la cara compungida por un mal sueño; no saben qué hacer ellos solos durante horas en casa viendo la tele; no les quedan ganas de atisbar en otros países la posibilidad de una ida sin retorno.


Se nos dice, con razón, que la profusión de las redes sociales puede ayudar sobremanera. Yo mismo digo que es mejor la compañía de un buen amigo que un fármaco. Pero no quisiera compartir la tristeza profunda que puede seguir corroyendo el ánimo después de haber probado y conseguido aumentar los contactos en las redes sociales o de haber sustituido un fármaco por la compañía de un buen amigo, sin que los niveles de tristeza hayan descendido.


Lo que hemos aprendido después de tantos años de espera es que la tristeza no es la expresión de que nadie nos quiera, sino el impacto negativo de no quererse uno mismo; en la adolescencia y en la mayoría de edad, la tristeza es el resultado de odiarse a sí mismo sin saberlo, y no la falta de cariño de los demás. Estamos tristes y sin ganas de hablar porque los demás no comprenden lo que nos pasa por dentro, no entienden nada de lo que queremos decir; cuando les decimos algo es para acosarlos, intimidarlos, asustarlos y reprocharles, en definitiva, que no nos entienden, no nos quieren y que en el fondo nos odian o desprecian.


Lo que hemos descubierto es, sencillamente, que el origen de nuestra tristeza no es el odio de los demás, sino el desprecio de uno mismo; no nos queremos nada, nos despreciamos; eso es lo que nos pasa. La gran suerte es que ahora hemos descubierto el motivo de esos sentimientos autodestructivos.


En la mayoría de los casos, el origen de este mundo atormentado hay que buscarlo en la ausencia de cuidado, de afecto y de amor en los primeros años de nuestra vida. Basta con dar un paseo por la calle para ver ejemplos de situaciones radicalmente opuestas: es fascinante ver la cantidad de amor y sonrisas derrochados sobre los pequeños para que en ellos arrecie la autoestima necesaria, para consolidar en el futuro su curiosidad. La curiosidad suficiente para proseguir en la aventura del amor a los demás.


Arruga los sentimientos y destroza el corazón, en cambio, contemplar los ejemplos interminables de gritos, esperas sin resultado, abandono en el mejor de los casos y palizas inmerecidas a niños violentados, sin que hayan tenido tiempo ni ganas de cometer un delito. Hoy sabemos que la mala gestión de las emociones durante la infancia es el germen abonado para la droga y el comportamiento desvariado durante la juventud.


Lo extraño es que los sabedores de que esto ocurre no se manifiesten en la calle para reclamar que se aplique una solución. La existencia del problema está comprobada. Se ha investigado durante años con acierto la solución. Se ha experimentado en muestras piloto para que los gobernantes y los educandos pudieran enterarse. Pero están o parece que están todos ocupados en asuntos, supuestamente, más importantes.


Una mayoría desconcertante de los centros de decisión en nuestras sociedades no acaba de creerse uno de los descubrimientos más importantes de la neurología moderna. Hasta ayer mismo teníamos el debate infructuoso entre los partidarios de que los genes determinaban la conducta del promedio y aquellos que, por el contrario, creían que solo la experiencia individual contaba. Ahora se sabe que «estamos programados, es cierto, pero para ser únicos»."

3 comentarios:

davichini dijo...

Aprender a ser feliz con uno mismo debería ser materia obligatoria, porque no es nada fácil. Para sentirse bien con uno mismo, uno tiene que trabajar mucho su autoestima, sus puntos fuertes y débiles.

Y todo y eso, todos tenemos días de bajones, porque recordamos a alguien a quien no vemos y nos gustaría saber (eso me pasa a mí a temporadas).

Si ya es difícil ser feliz, imagínate mantener esa felicidad durante un tiempo.

Besazos!!

Anónimo dijo...

Yo es que a PUNSET le he perdido la credibilidad desde que me anuncia lo blandito que está el pan BIMBO.... Bromas aparte, yo creo que la mejor vacuna es el sentido del humor, como te dije en la carta que te mandé, si consigo arrancar a alguien una sonrisa, por breve que sea, se habrá olvidado de su propia pena por un momento...y a fuerza de insistir, con la gente de mi entorno, digo, como la gota de agua que cae, al final la roca se erosiona.... Creo que era San Bernardino el que decía, pues cito de memoria, "Un santo triste es un triste santo..."

Merche dijo...

Yo pienso que el origen de la tristeza no es el odio de los demás, sino el desprecio de uno mismo. Es un grave problema de AUTOESTIMA. Por supuesto que hay situaciones concretas en las que algo o alguien te entristece, pero en general si te sientes bien contigo mismo, no existe esa tristeza. Un abrazote

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